Vicente Rojo, el general intelectual que logró frenar a Franco.

El general Vicente Rojo en una foto de archivo de la Guerra Civil española.

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Vicente Rojo, el intelectual de la guerra que logró frenar a Franco

Historia 125 años de su nacimiento

Vicente Rojo, el intelectual de la guerra que logró frenar a Franco

Si la Guerra Civil no acabó en noviembre de 1936 se debió en gran medida al esfuerzo de un militar que por lealtad hizo suyo el lema del "no pasarán"

A Vicente Rojo aquel reconocimiento le llovió como un regalo envenenado. El lema de «no pasarán» bullía por las calles de Madrid, pero claro que pasarían, ¿quién podría impedírselo? Los pocos más de tres meses de guerra habían sido suficientes para comprender que el Ejército de África, punta de lanza de la ofensiva sublevada, era una apisonadora ante la que las desorganizadas e inexpertas milicias republicanas eran incapaces de ofrecer resistencia.

Lo sabía el Gobierno de Francisco Largo Caballero, que optó por refugiarse en Valencia y lo sabían los líderes franquistas, que ya tenían planeados los festejos tras la conquista. Por la prensa internacional se extendía la noticia de la inminente caída de Madrid y a las dependencias gubernamentales llegaba alguna que otra felicitación diplomática para el general Francisco Franco.

Frente a ese destino aparentemente inevitable, el Gobierno republicano recurría a un militar con una hoja de servicios más bien modesta y con un compromiso con el régimen que aún generaba algunos recelos.

Hasta la Guerra Civil, la carrera militar de Rojo había estado enfocada al estudio y la enseñanza

Rojo acababa de cumplir 42 años y, frente al historial bélico de sus oponentes, repleto de acciones supuestamente heroicas en tierras africanas, apenas tenía experiencia en el campo de batalla; él era un militar académico, un estudioso de la guerra que se veía forzado ahora a plasmar sobre el terreno sus conocimientos en el momento más crítico.

«En lo que el general Rojo destacaba sobre casi todos era por su labor intelectual y su dedicación al estudio, con lo que se había forjado una sólida reputación», comenta Juan Blázquez Miguel, en un artículo escrito en Historia 16.

Cuando fue designado como jefe del Estado Mayor del general José Miaja, y, por ende, responsable de la defensa de Madrid, una misión casi suicida, por la cabeza de aquel hombre nacido en la localidad valenciana de Fuente la Higuera debió pasar la idea de que él podía ser uno de los que estuviera del otro lado.

Al fin y al cabo, no habían pasado ni dos meses desde su visita a los militares recluidos en el Alcázar de Toledo, con la misión de conminarles a la rendición. Allí estaban algunos de sus más íntimos amigos, como Emilio Alamán, agarrados aparentemente a una causa -la de la patria, la del catolicismo, la del orden frente a la revolución- a la que un hombre de hondas convicciones conservadoras como él bien podía sentirse atraído.

«Eran muchos y muy hondos los sentimientos que me ligaban a aquella casa solariega y a aquellos hombres y muy pocos y muy débiles los que había dejado al otro lado de la Puerta de Carros», escribiría años después, explicitando la intensa angustia a la que se enfrentó en aquellos momentos, cuando sus hasta entonces compañeros de armas rechazaron su oferta y le animaron a sumarse a su lucha. «¡Viva España», gritó con evidente emoción antes de regresar al campo republicano.

Pero lo cierto es que Rojo no se mostró nunca arrepentido de aquella decisión que había adoptado por lealtad a un régimen que había jurado defender. Una lealtad que, cierto es, hubo de enfrentarse a momentos complicados, por las continuas pugnas políticas que debilitaban los esfuerzos bélicos de la República, por las interferencias políticas, la desconfianza hacia el ejército y la indisciplina de las milicias, por los desmanes en la retaguardia…

Todo eso a lo que Rojo denominó «el fango» (sin dejar de ser consciente de que fango había a ambos lados del frente) y que por momentos le generó tal desgaste que le llevó a solicitar en varias ocasiones su relevo.

«Me siento físicamente deshecho y solo por un esfuerzo de voluntad inmenso que me impone el deber, pero que no sé cuánto tiempo más podré sostenerlo, logro mantenerme en mi puesto», llegó a escribir al entonces ministro de Defensa Indalecio Prieto, al que rebeló que padecía un «abatimiento moral provocado por este ambiente de lucha política apasionada en el que veo prevalecer intereses secundarios o personales sobre los problemas de guerra».

Para entonces, ya había sido ascendido al cargo de jefe del Estado Mayor Central. Fue, sin duda, un merecido premio al éxito cosechado meses antes en la defensa de Madrid.

La llegada de material de guerra soviético y la captura del plan de ataque favorecieron su trabajo para defender Madrid

Su labor fue favorecida por las circunstancias: la llegada por aquellas fechas de material de guerra soviético y, especialmente, sus aviones, los famosos «chatos»; la entrada en liza de los voluntarios internacionales, en muchos casos más experimentados que los milicianos republicanos; el incombustible espíritu de resistencia que prendió en la ciudadanía de Madrid y al que Rojo se refirió como «la fuerza mayor que teníamos en la mano»; así como la captura del plan de ataque de las fuerzas franquistas, que favoreció una defensa con la que no contaban sus rivales.

Pero sin duda nada de aquello habría sido posible sin el trabajo incansable de Rojo, quien, a partir de los retales de un ejército desmoralizado y sin cohesión, consiguió ir dando «a los efectivos que guarnecían Madrid la moral y la eficacia de un ejército regular», tal y como escribió el entonces director de El Socialista, Julián Zugazagoitia.

Aquellas jornadas pusieron de relieve sus dotes de mando, su preparación técnica y sus capacidades organizativas, y, como resaltaría el aviador Ignacio Hidalgo de Cisneros, «su gran valor como jefe militar» y «su sangre fría en situaciones gravísimas».

Comenzó entonces lo que Blázquez Miguel ha calificado como «la carrera más fulgurante del ejército español», pues aquel casi anónimo militar encadenaría cuatro ascensos en apenas año y medio, que le llevarían a alcanzar el generalato con 45 años. Y, lo que es más importante, se convertiría en pieza clave de la resistencia militar de la República, en la última esperanza para detener a Franco y sus poderosos aliados.

Rojo era consciente de esa misión no podría lograrse en lucha abierta. La preparación y los medios del ejército franquista sobrepasaban, con mucho, las posibilidades del ejército republicano de plantarle cara en una lucha de igual a igual. Aquella lucha había que librarla a partir de la sorpresa y la estrategia, con el único fin de ganar tiempo hasta que las democracias europeas se dignaran a brindarles algún tipo de ayuda.

Fue esa la ambición de sus maniobras en La Granja, en Brunete o en Belchite y más tarde en Teruel. Desviar al enemigo de sus objetivos, entretenerle e ir ganando tiempo a la espera de ese auxilio que se antojaba esencial para no sucumbir a un enemigo constantemente respaldado por la Alemania nazi y la Italia fascista.

Y lo cierto es que cada una de estas maniobras fue resultando exitosa en ese sentido, al forzar a Franco a detener sus operaciones principales para responder al desafío que Rojo le lanzaba en otro lugar del tablero. «Franco, ciertamente, se pasó la guerra bailando al son que tocaba Vicente Rojo», considera Carlos Blanco Escolá en su obra Vicente Rojo, el general que humilló a Franco (Planeta, 2003). No obstante, una vez reorganizadas sus fuerzas, los nacionales no tardaban en hacer prevalecer su mayor poderío militar.

Sin duda, la más llamativa de aquellas ofensivas fue la de Teruel, donde el ejército republicano pudo disfrutar del éxito de conquistar una capital de provincia por primera vez en la contienda. «El Ejército Popular vivió unas jornadas de gloria que hicieron concebir grandes esperanzas. Logró detener el nuevo avance sobre Madrid que proyectaba Franco y lanzó hacia el exterior la imagen de una República que había disciplinado a un ejército que era respetuoso con sus enemigos», señala José Andrés Rojo, nieto del general, en Vicente Rojo: retrato de un general republicano (Tusquets, 2006).

A través de pequeñas maniobras en frentes secundarios, Rojo trató siempre de entretener a Franco mientras ganaba tiempo

Pero también en esta ocasión, el éxito resultó efímero y la contundente respuesta del Ejército franquista provocó tal desmoronamiento que por un momento pareció que, esta vez sí, la República estaba al borde del colapso. Pero el trabajo de Rojo resultaría nuevamente esencial para reorganizar sus fuerzas y detener la ofensiva de los militares sublevados a las puertas de Valencia.

Y no sólo eso, con sorprendente arrojo aún se animaría a plantear a orillas del Ebro una de las maniobras más osadas de la guerra, con la que forzaría a su rival a emplear toda su potencia durante meses para recuperar unas posiciones que le habían sido arrebatadas en tan sólo unas horas.

Rojo no parecía dispuesto a evitar ningún esfuerzo por defender aquella causa a la que se había abrazado más por lealtad institucional que por convicción ideológica, pero que había hecho suya sin dobleces, como queda reflejada en una carta escrita en junio de 1938 a su amigo Alamán, ante el que defiende que la España republicana es tan España como la del bando nacional y le advierte de que «nuestro pueblo, la España leal al gobierno, no está aplastada, ni podrida como creéis, ni sometida a ninguna ideología, ni postrada ante nadie, ni invadida, ni hambrienta».

Más difícil le resultaría mantener el ánimo sólo unos meses después, cuando la firma del Pacto de Munich evidenció de forma casi definitiva que era inútil esperar la ayuda de Reino Unido y Francia. La definitiva derrota del Ebro y la inmediata caída de Cataluña no serían más que pasajes del epílogo de una guerra cuyo final había quedado ya escrito a cientos de kilómetros de España.

El general tomó el camino del exilio sin ánimo de seguir resistiendo, como quiso dejar claro ante Negrín: «Intentar seguir la pelea cuando no hay procedimientos técnicos ni humanos, internos ni externos, para hacer reaccionar el vigor físico muerto y el vigor moral caído, es suicidarse sin gloria, dando, además, al adversario un triunfo que no ha ganado en buena lid», le escribiría.

Francia, Argentina y Bolivia serían las tierras de acogida de aquel hombre que había acarreado sobre sus hombros el peso de mantener viva la República en el campo de batalla. Que tomó por misión el lema del «no pasarán» y consiguió hacerlo efectivo contra todo pronóstico.

Un hombre complejo, con sus contradicciones y debates internos, pero que asumió con lealtad cumplir con su deber y que con sus conocimientos académicos fue capaz de hacer frente con notable eficacia a la experiencia bélica de sus rivales.

Y que decidió, cuando ya estaba gravemente enfermo, regresar a aquel Madrid al que un día, varias décadas antes, había logrado salvar, al menos por un tiempo, de un destino que parecía inevitable.