El final de la Guerra Civil: la traición de Casado, el último golpe a la República.

El coronel Segismundo Casado (en primera línea, a la izquierda), junto al socialista Wenceslao Carrillo y el resto del Comité Nacional de Defensa a su llegada a Londres tras exiliarse.

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La traición de Casado: el golpe definitivo a la República

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La traición de Casado: el golpe definitivo a la República

En la noche del 5 de marzo de 1939, el coronel Casado derribaba el Gobierno de Negrín y se disponía a negociar el fin de una guerra que ya estaba perdida

Parece poco probable que las fuerzas republicanas puedan oponer al ejército nacionalista una resistencia victoriosa, pero el Ejército del Centro, incluso con Madrid perdido, puede transformar los vastos espacios de los que dispone todavía en un inmenso Rif y aguantar. ¿Querrá combatir hasta la muerte? ¿Querrá aguantar? Esta es la cuestión», se preguntaba a inicios de febrero de 1939 el agregado militar de la embajada francesa en España, Henri Morel.

Por aquellos días, el rápido desmoronamiento del frente de Cataluña situaba a la República española en una situación crítica y obligaba a una huida precipitada a través de la frontera francesa a cientos de miles de españoles, incluidos algunos de los más destacados líderes políticos y militares del bando republicano. Pero quedaba Madrid.

Con su resistencia a los ataques del ejército franquista a finales de 1936 y principios de 1937, Madrid se había erigido en símbolo del espíritu de lucha republicano, al tiempo que en punzante recuerdo del humillante fracaso del general Francisco Franco en los primeros meses de la contienda.

Sin embargo, el Madrid de inicios de 1939 en poco se parecía a la entusiasta ciudad del «no pasarán». El desánimo había prendido entre la población madrileña. Según dejaría escrito el jefe del Ejército del Centro, el coronel Segismundo Casado, «el pueblo de Madrid cuya gesta heroica ya tiene reservado un relevante puesto en la historia de la Guerra Civil, después de la caída de Cataluña, no deseaba seguir luchando porque estaba convencido de la inevitable derrota y pedía la paz públicamente».

Las privaciones tras más de dos años de asedio habían hecho mella en la moral del pueblo madrileño

Durante la guerra, Madrid era una ciudad cercana al millón de habitantes que se había visto paulatinamente desconectada de sus principales zonas de abastecimiento y en la cual, por ende, el hambre y la escasez de los productos más básicos se habían unido a las penurias de una población que, pese haber quedado relegada de los frentes principales de la guerra, no había dejado de sentir los rigores de la contienda, durante los más de dos años que había permanecido como una ciudad sitiada. La prensa extranjera calculaba que cada semana morían en la ciudad alrededor de 500 personas a causa de las privaciones.

Por eso, en cuanto llegaron las primeras noticias de la debacle en Cataluña no tardaron en surgir las voces que alertaban de que aquel era ya un sacrificio inútil para posponer una derrota inevitable. En realidad, éste era un pensamiento bastante extendido desde hacía, al menos, un año, cuando la derrota en la batalla de Teruel había dejado abierto el camino para que las tropas franquistas avanzaran hacia el Levante, partiendo en dos el territorio republicano.

Sólo la tenaz resistencia del presidente Juan Negrín, apoyado en el Partido Comunista, había sido capaz de mantener incólume el esfuerzo bélico de la República. Pero su política de «resistir en vencer» había quedado gravemente maltrecha en el último tercio de 1938, cuando el Pacto de Munich deshizo las esperanzas de contar con el respaldo de Reino Unido y Francia en lo que se pretendía presentar como la primera batalla contra el fascismo que impulsaban Alemania e Italia. Y la posterior derrota en la Batalla del Ebro había deshecho cualquier opción de dar un giro a la contienda.

Con la caída de Cataluña y el paso al exilio de buena parte del Gobierno republicano (incluido el propio Negrín y el presidente de la República, Manuel Azaña), Casado, uno de los más firmes defensores de la necesidad de llegar a un pacto con el otro bando, creyó llegado el momento de hacerse con el mando de la situación y negociar una paz inmediata con el mando franquista, evitando así nuevos derramamientos de sangre.

Para ello se había asegurado ya el respaldo de buena parte de los mandos del ejército republicano, convencidos de la insensatez de prolongar la guerra. También había entrado en contacto con un movimiento similar en el frente político, comandado por el líder socialista Julián Besteiro, y al que poco a poco se fueron sumando gran parte de los partidos miembros del Frente Popular, en gran medida por la extendida aversión hacia Negrín y sus aliados comunistas.

Casado había abierto desde inicios de 1939 una vía de comunicación con el cuartel general de Franco

E, incluso, había abierto, a través de la denominada quinta columna franquista en Madrid, una vía de comunicación con el cuartel general en Burgos de Franco, de quien había obtenido una serie de vagas concesiones que alimentaban sus esperanzas de alcanzar un final incruento de la contienda.

Sin embargo, el inesperado regreso de Negrín y varios de sus ministros desde Francia obligaría a posponer estos planes, conforme el jefe del Gobierno permanecía inflexible en su estrategia de resistencia. Aunque seguía contando con el respaldo del PCE, el líder socialista era consciente de su creciente soledad.

Los militares sobre el terreno le repetían de forma insistente la inutilidad de prolongar la lucha. El anarquista Cipriano Mera, jefe del IV Cuerpo del Ejército, sería uno de los más crudos, en este sentido, al indicarle que seguir exigiendo al pueblo que resista sin tener los medios para plantar cara al enemigo sería «una traición».

Tampoco parecían dispuestos a seguir luchando los que habían sido algunos de los baluartes del republicanismo durante la guerra. Ni el general Vicente Rojo ni el presidente de la República, Manuel Azaña, exiliados en Francia, respondieron a las llamadas de Negrín para regresar a España. De hecho, el 27 de febrero, Azaña dimitiría de la jefatura del Estado, tras la decisión de los Gobiernos de Reino Unido y Francia de reconocer al Gobierno de Franco.

La que había sido la figura política más destacada de la República española desde sus orígenes dejaba su cargo subrayando que, desde hacía meses, era partidario de un armisticio «en condiciones humanitarias para ahorrar a los defensores del régimen y al país entero nuevos y estériles sacrificios» y confesaba que «en condiciones tales, me es imposible conservar, ni siquiera nominalmente, un cargo al que no renuncié el mismo día que salí de España porque esperaba ver aprovechado el lapso de tiempo en bien de la paz».

Negrín sabía que la guerra estaba perdida, pero creía que resistir era la única forma de obtener una paz honrosa

Lo cierto es que Negrín veía casi tan claro como todos ellos que la partida estaba perdida. «Negrín no es un iluso: sabe que la derrota es un hecho y que a estas alturas es imposible pensar en una intervención internacional a favor de la República, y muy difícil, aunque siga soñando con ello, que Hitler se lance a una guerra en Europa sin antes acabar con la española. Pero teme que una rendición incondicional no evitará una represión feroz por parte de Franco y piensa que solo resistiendo y poniéndole difícil la victoria existe una pequeña posibilidad de que se pacte la rendición republicana a cambio de un perdón general», observa Juan Carlos Losada en La Guerra Civil española mes a mes (Unidad Editorial, 2005).

El jefe del Gobierno sabía, en cualquier caso, que la dimisión de Azaña multiplicaba las posibilidades de un golpe de Estado en su contra, por lo que desde finales de febrero inició una serie de nombramientos y ascensos para entregar los puestos de control directo del Ejército a militares comunistas. Para Casado y los suyos ambas noticias configuraban un escenario que les obligaba a actuar con celeridad.

Apoyados en la supuesta ilegitimidad del Ejecutivo de Negrín -una vez que la dimisión de Azaña obligaba a convocar nuevas elecciones, según la Constitución- y alentados por el temor a un presunto golpe comunista en ciernes para hacerse con todo el poder en la zona republicana, en la noche del 5 al 6 de marzo de 1939, Casado, Besteiro y el resto de sus colaboradores, refugiados en el Ministerio de Hacienda, comunican la constitución del Consejo Nacional de Defensa, con el general José Miaja en la presidencia, y el derrocamiento del Gobierno de Negrín.

En su comunicado denuncian «la conducta suicida de ese puñado de hombres que todavía continúa aplicándose la denominación de Gobierno, pero en los que nadie cree, en los que nadie confía», subrayan que «no puede tolerarse que en tanto se exige del pueblo una resistencia encarnizada se hagan los preparativos de una cómoda y lucrativa fuga» y expresan que «no venimos a hacer frases; no venimos a jugar al heroísmo. Venimos a señalar el camino que puede evitar el desastre y marchar, junto con el resto de españoles, por ese camino, con todas sus consecuencias».

Al Gobierno la noticia le alcanza en Valencia. Negrín llama a Casado para pedirle que desista, pero ante la negativa de éste decidiría bajar los brazos. Según detalla el comunista Jesús Hernández, poco después de su conversación con Casado, le señaló que «aquí no queda nada que hacer. Yo no quiero presidir una nueva guerra civil entre antifranquistas». Entonces, «comprendí que en Negrín había muerto ya el hombre de la resistencia, el presidente y ministro de Defensa que más leal y eficazmente había encarnado el magnífico espíritu de lucha de nuestro pueblo en la etapa de mayores dificultades de nuestra guerra», señalaría el líder comunista.

La guerra dentro de la guerra

Pero si él no estaba dispuesto a plantar batalla sí lo estaban los dirigentes del PCE en Madrid. Aunque la mayor parte de los historiadores rechazan la idea planteada por Casado de que se estuviera preparando un asalto de los comunistas al poder -un argumento que, paradójicamente, entroncaba con el que había justificado el golpe del 18 de julio de 1936-, sí que llevaban tiempo trabajando en un plan para defenderse de un golpe del que llevaban tiempo alertando y del que temían ser los principales perjudicados.

Así y pese a la indecisión de varios de los jefes militares comunistas ya desde el amanecer del día 6 las calles de Madrid fueron, casi dos años después de la última intentona franquista, escenario de nuevos enfrentamientos. Pero esta vez, eran los propios partidarios del Frente Popular los que batallaban entre sí, en una nueva guerra dentro de la guerra.

Con Guillermo Ascanio, jefe de la 8ª División de El Pardo, al frente, las fuerzas comunistas, a través de combates muy violentos, pronto conquistaron posiciones en torno a Nuevos Ministerios, la Ciudad Lineal y, posteriormente, en torno a Cibeles, desde donde pretendían asediar la posición de Casado en el Ministerio de Hacienda. «Al anochecer del día 8 la situación del Consejo Nacional de Defensa parecía insostenible», ya que solo controlaban el triángulo Cibeles-Antón Martín-Arenal, además de una parte de los Nuevos Ministerios, explican Ángel Bahamonde y Javier Cervera en Así terminó la guerra de España (Marcial Pons, 2000).

El ataque comunista en Madrid llegó a poner a Casado y a los suyos en una situación muy comprometida

Sin embargo, en el perímetro de la capital la situación era diferente y el rápido movimiento de las tropas de Cipriano Mera pronto convirtió a los comunistas de sitiadores en sitiados. Desalentados además por las noticias que señalaban que los miembros del Gobierno de Negrín y los líderes nacionales del PCE habían partido ya hacia el exilio, los cabecillas del movimiento acabaron por rendirse, tras acordar que no habría represalias ni depuraciones.

Pero tras conocer que los comunistas habían fusilado a tres miembros de su Estado Mayor, Casado decidiría romper el pacto y castigar a los responsables del movimiento. Los siete días de combates en las calles de la capital habían dejado unos 2.000 muertos, además de decenas de miles de heridos. Y sobre todo, habían provocado «un desgarro sin paliativos» en las fuerzas republicanas, incapaces ya de ofrecer la menor resistencia a las tropas franquistas, según sugiere Ángel Bahamonde en Madrid, 1939. La conjura del coronel Casado (Cátedra, 2014).

Franco, sabedor de la delicada situación de sus oponentes, convertiría en papel mojado las vagas concesiones planteadas en sus conversaciones previas y rechazaría todos los intentos de negociación de Casado y los suyos, mientras insistía en su exigencia de una rendición incondicional.

Durante las dos semanas siguientes, las batallas cedieron el protagonismo a unas intensas negociaciones que resultaron del todo infructuosas. Aunque el Consejo Nacional de Defensa fue paulatinamente rebajando sus peticiones, hasta limitarlas a simples facilidades para la evacuación de quienes así lo desearan, los negociadores franquistas se cuidarían bien de recordarles quiénes eran los vencedores y los vencidos de aquella guerra.

Cuando las fuerzas franquistar reanudaran sus avances el día 26, con el objetivo de tomar Madrid, encontrarían el camino libre. «Aquello ya no era guerra. El avance, rápido y profundo, se hacía ya con pocas precauciones. La única actividad bélica en dos días era nuestra aviación, que, sobrevolándonos se perdía en el horizonte, y alguna lejana silueta de enemigos, que evitaban nuestro encuentro desviándose de nuestra dirección de marcha», dejaría escrito el joven falangista José María Gárate. Las deserciones se multiplicaban en el Ejército republicano.

Sólo dos días después, a las 13 horas, el coronel Adolfo Prada firmó la rendición y entregó la plaza de la Ciudad Universitaria, abriendo las puertas de la ciudad a las fuerzas de Franco.

La paz que nunca llegó

Para entonces Casado y los suyos se encontraban ya en la costa levantina, donde aguardaban el momento de partir hacia el exilio. En un último intento por salvar su obra, quizás de autoconvencerse de los méritos de su actuación, Casado lanzó un mensaje desde Radio Valencia antes de partir en el que afirmaba que «no se puede dudar de la buena fe de los vendedores…Hemos obtenido una paz decente y honrosa, en las mejores condiciones posibles, sin efusión de sangre». No tardaría en comprobar cuan errado estaba.

La figura de Casado y su golpe de estado contra Negrín han recibido desde entonces las más diversas valoraciones. Para Dolóres Ibárruri, «La Pasionaria», destacada dirigente del PCE de la época, «es difícil imaginarse una alimaña más cobarde y escurridiza que el coronel Segismundo Casado». El resquemor de los comunistas, al que el militar estaba dispuesto a sacrificar para obtener la reconciliación con el bando franquista, justifica la dureza de estos juicios.

Tachado poco después como infiltrado franquista o agente al servicio del Reino Unido para dinamitar la resistencia republicana, lo cierto es que son pocas las razones que permiten pensar así. «Si Negrín no es un agente de Moscú […] Casado tampoco lo es de Franco ni es un fascista infiltado, como los panfletos comunistas divulgarán tras la guerra», señala Juan Carlos Losada, para quien su actitud se explica porque «considera que sería positivo sacrificar al PCE y a los comunistas para salvar a los demás. De este modo, piensa, se podrá alcanzar una paz que salve miles de vidas y que evite en lo posible la represión sobre el resto de republicanos».

Casado creía que al sacrificar a los comunistas sería posible evitar la represión sobre el resto de los republicanos

De lo que pocos dudan es de su ingenuidad y su nula capacidad de negociación. «En sus tratos con Franco se comportó como si no tuviera nada con que negociar. Pareció olvidar el hecho de que Franco estaba obsesionado con Madrid, el símbolo mismo de la resistencia, donde había fracasado en 1936, y al año siguiente en el Jarama y Brunete», observa Paul Preston, en El final de la guerra. La última puñalada a la República (Debate, 2014).

Esta idea es defendida también por Bahamonde, quien resalta que la coyuntura interna y exterior provocaban en Franco una urgencia por acabar la guerra de la que habría sido posible obtener ventajas. Pero Casado «se presentó ante Franco con las manos vacías, sin demandar contraprestaciones, con la derrota asumida, sin elementos de presión, con un vago discurso sobre la patria y la fraternidad de la gran familia militar, sin un plan alternativo a base de una resistencia escalonada que, al menos, hubiese asegurado la evacuación organizada de los militantes y cuadros más comprometidos con la causa republicana. Todo se redujo a creer en la clemencia de Franco».

Al partir en el barco británico Galatea, con el permiso de Franco, Casado dejó tras de sí a miles de personas vinculadas al bando republicano que no encontrarían el modo de escapar del sufrimiento que se avecinaba. Entre ellos quedaba Besteiro, que había decidido quedarse en Madrid, confiado en que «la España nacional, vencedora, habrá de contar con la experiencia de los que han sufrido los errores de la República bolchevizada, o se expone a perderse por caminos extraviados que no conducen más que al fracaso». La ilusión de una reedición del Abrazo de Vergara, del que se cumplían precisamente 100 años, pronto quedaría pisoteada.

El veterano político socialista acabaría sus días ingresado en la prisión de Carmona, en Sevilla, falleciendo gravemente enfermo en septiembre de 1940. Con su colaboración con Casado había contribuido a poner fin a dos años, ocho meses y quince días de cruenta batalla entre españoles, en la que cerca de medio millón de personas había perdido la vida.

Pero tras el último parte de guerra franquista en el que se señalaba que «la guerra ha terminado» no vino la ansiada paz. «Cautivo y desarmado el Ejército rojo», llegaba el momento de ajustar cuentas.