La desgracia de ser gobernados por el Cid Campeador.

Estatua del Cid Campeador en San Diego (EEUU). Flickr/ Ted

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La desgracia de vivir bajo el yugo del Cid Campeador

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La desgracia de vivir bajo el yugo del Cid Campeador

Con su victoria ante los almorávides en la batalla de Cuarte, hace 925 años, Rodrigo Díaz de Vivar afianzaba su dominio sobre Valencia, para desgracia de sus súbditos

Sí que son grandes los gozos que van por aquel lugar, cuando el Cid ganó Valencia y entró en aquella ciudad», relata El Cantar de mío Cid, al rememorar la alegría del «Campeador y los que con él están viendo en lo alto del alcazar la enseña del capitán».

Era 15 de junio de 1094 y Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, acababa de tomar posesión de la capital levantina tras someterla durante meses a un severo asedio que había llevado a su población a la extenuación y forzado su rendición.

Sus más de 40 años de existencia estaban jalonados de éxitos militares, pero siempre para mayor gloria de los distintos soberanos a los que había servido. Ahora, en cambio, rotos los lazos con el rey castellano Alfonso VI, el Cid podía considerar aquella su primera conquista para sí mismo. Y suponía nada menos que la toma de una ciudad que los poetas musulmanes ensalzaban como «la más bella de la tierra».

Pero habría poco tiempo para el disfrute de las glorias obtenidas. Valencia era una isla aislada en medio de un océano de territorios enemigos. La ciudad se encontraba alejada de los principales reinos cristianos y rodeada de localidades bajo dominio musulmán. La propia población valenciana era predominantemente musulmana y era fácil suponer que su caída bajo el control de un conde castellano no iba a ser asumida sin plantar batalla.

Cuatro meses después de su entrada en Valencia, el Cid debía hacer frente a la amenaza almorávide

Así, a mediados de octubre, apenas cuatro meses después de su entrada en la ciudad, el Cid se encontraba parapetado tras sus muros en compañía de sus hombres, mientras un ingente ejército enemigo se paseaba amenazante ante sus murallas, dispuesto a poner fin al dominio cidiano en Valencia.

Resulta difícil saber cuántos hombres componían las tropas que al mando de Muhammad ibn Tasufin, sobrino del emir almorávide Alí ibn Yusuf, habían acampado en la cercana localidad de Cuarte (actual Quart de Poblet) y se disponían a poner fin a aquel insolente principado cristiano en tierras de Al Andalus. La Historia Roderici, la biografía más antigua que se conserva del Cid, los cifra en 150.000, aunque el historiador Richard Fletcher considera esa cifra una exageración y duda de que alcanzaran los 25.000.

En cualquier caso, aquellas fuerzas superaban en número a las tropas del Cid. Tanto como para que la propia población musulmana de Valencia se permitiera ya soñar con su próxima liberación. Tanto como para que los propios compañeros de Rodrigo le aconsejaran abandonar la ciudad.

Desde su desembarco en la Península Ibérica, apenas una década antes, los almorávides contaban por victorias sus enfrentamientos con ejércitos cristianos. Parecían una fuerza militar imparable. Sólo el Cid parecía confiar en su victoria. «Resuelto como siempre, animó y reconfortó a sus tropas con hombría e imploró devotamente a Nuestro Señor Jesucristo que enviara ayuda divina a su gente», explica la Historia Roderici.

En las tropas almorávides que cada día se paseaban frente a las murallas de Valencia para amedrentar a los hombres del Cid con sus gritos y alaridos, el caudillo burgalés creyó apreciar evidencias de desorganización, pérdida de vigor e indisciplina. Había llegado el momento de asestar un golpe por sorpresa. Y así lo hizo.

«Cierta noche salió al frente de una parte de su caballería y emboscó la otra parte cerca del real musulmán. A la mañana siguiente, cuando los soldados almorávides se creían seguros y andaban descuidados, y muchos de ellos cabalgando en torno a Valencia con las voces y gritos acostumbrados, salió Rodrigo con los suyos en formación de combate», describe Gonzalo Martínez Díez en El Cid histórico (Planeta, 1999).

Aquella inesperada salida provocó cierto caos en las filas almorávides. Los hombres que permanecían en el campamento acudieron prestos a plantar batallas al ejército del Cid, quien después de atraerlos buscó refugio junto a la muralla. Fue entonces cuando el resto de sus huestes salió de su escondite y asoló un campamento almorávide que había quedado indefenso y del que su comandante, Muhammad, tuvo que huir precipitadamente.

La creencia de que los que invadían el campamento eran las tropas de Alfonso VI, al que el Cid había pedido ayuda, y la noticia de la huida de su jefe militar, provocaron la desbandada del conjunto de las tropas almorávides, permitiendo a las fuerzas cidianas celebrar su triunfo saqueando el campamento musulmán.

Aquel 21 de octubre de 1094, en la batalla de Cuarte, las tropas del Cid habían logrado una victoria heroica que afianzaba su dominio sobre Valencia y que agrandaba la leyenda del militar nacido en Vivar. «El triunfo del Cid en el campo de batalla de Cuarte se convertirá pronto en el pilar donde se sustente su carácter admirable y ejemplar para las gentes de su tiempo y, por encima de todo, su mitificación poética e historiográfica posterior», explica Francisco Javier Peña Pérez en Mío Cid el del Cantar. Un héroe medieval a escala humana (Sílex, 2009).

Un héroe frustrado

Pero había algo que impedía a Rodrigo festejar aquel triunfo plenamente. Una cierta frustración generada por las muestras de alegría que sus súbditos habían dado cuando parecía que su derrota estaba cerca.

Al poco de regresar a la ciudad, el Cid convocó a todos los valencianos al Alcázar, donde les reprocharía su deslealtad y les castigaría imponiéndoles una onerosa multa de 700.000 mizcales -que poco después sería rebajada a 200.000. «Entregádmela pronto; de otro modo, mis soldados os pasarán por la espada», advirtió.

Aquella amenaza no podía dejar de atemorizar a los ciudadanos de Valencia. Al fin y al cabo, aquel hombre era el mismo que, durante el asedio al que sometió la ciudad en la primera mitad del año, había condenado a la hoguera a todos aquellos que desesperados por el hambre intentaban huir, para acto seguido exhibir sus cabezas a modo de advertencia ante quienes permanecían en la ciudad.

La condena a la hoguera del anterior gobernador de Valencia le supondrá acusaciones de tirano

También era quien había condenado a la hoguera al anterior cadí de la ciudad, Yaáfar ibn Abd Alah ibn Yahhaf, acusándole de haberse quedado parte del tesoro de su antecesor, al que él mismo había asesinado. Fue «su acto más salvaje», según defiende Fletcher en su obra El Cid (Nerea, 1989).

Y no podía olvidarse tampoco el trato que había dado a la población en la batalla de Cuarte, cuando, dudando de su lealtad, había desterrado de la ciudad a gran parte de la población musulmana, a algunos simplemente porque «tenían aire de valientes».

Es cierto, como defiende Martínez Díez, que muchas de estas prácticas formaban parte de las normas y usos de la guerra en la época. Pero casan mal con la imagen del héroe magnánimo y bondadoso que ha trasladado la leyenda sobre el caudillo burgalés.

No en vano, como indica el profesor M’hammad Benaboud «el Cid era una figura de su época, y su época era, según nuestros historiadores, cruel, salvaje e irracional». Así, se puede dar por válida la opinión de Fletcher de que «el gobierno del Cid en Valencia no fue ni maravilloso ni romántico».

Los roces entre el prestigioso militar castellano y sus súbditos valencianos se iniciaron desde el mismo momento de su entrada en la ciudad. Es cierto que el Cid se presentó ante ellos con las mejores intenciones y cargado de promesas. «Yo quiero resolver personalmente todos vuestros problemas y ser para vosotros un compañero más, como un amigo para su amigo o un pariente para su pariente», les indicaría.

Pero los valencianos pronto comprobarían que muchas de aquellas promesas caían en saco roto. Al fin y al cabo, para un profesional de la guerra como el Cid, lo prioritario era obtener riquezas y alimentos para mantener sus huestes y eso en muchas ocasiones iba en detrimento de los intereses de la población.

«Mi primera preocupación debe ser favorecer a mis hombres con toda clase de mercedes», reconocería ante los propios valencianos, causando su desengaño: «El Cid nos prometió la otra vez muchas cosas y vemos que ahora nada nos dice de aquellas promesas, y en cambio nos viene con otras nuevas cuestiones que nos sorprenden sobremanera», se quejarían amargamente.

Pero si en aquellos meses iniciales ya vieron dificultades en la relación entre el nuevo soberano de Valencia y sus súbditos. La situación debió volverse más tensa tras la batalla de Cuarte.

La batalla de Cuarte pudo suponer un empeoramiento de sus relaciones con sus súbditos valencianos

«La victoria, reforzó su control de la propia Valencia, cuyos habitantes fueron objeto de nuevas exacciones y perdieron toda esperanza de ayuda externa que les moviese a protagonizar cualquier tipo de rebelión», explica Alberto Montaner en Guerra en Sarq Al’andalus: Las batallas cidianas de Morella (1084) y Cuarte (1094) (Instituto de Estudios Islámicos y del Oriente Próximo, 2005), donde también hace referencia a cierta desafección hacia los mozárabes (la población cristiana de origen visigodo que vivía en territorio de Al Andalus) por su escaso compromiso en la defensa de la ciudad contra los almorávides.

Para un hombre que debía arrastrar la amargura de la ingratitud de aquellos soberanos a los que había servido -principalmente Alfonso VI, quien le había desterrado en dos ocasiones-, la sensación de sentirse ahora traicionado por quienes debían obedecerle debió resultar especialmente frustrante.

Además, algunas fuentes hablan de que, tras Cuarte, se apoderó del Cid cierto mesianismo. Por primera vez, aquel hombre que no había dudado en ponerse, cuando así le convino, al servicio de los reyezuelos musulmanes, pudo verse como un enviado de la providencia, llamado a recuperar para la cristiandad aquellos territorios de Al Andalus que le habían sido arrebatados varios siglos antes. Esto le habría llevado a levantar sobre la antigua mezquita la Catedral de Santa María, según sugiere Montaner.

«Me lo contó quien se lo oyó decir, cuando se acrecentó su avidez y le atosigó la codicia: -Bajo un Rodrigo se conquistó la Península y un Rodrigo la salvará», escribiría el cronista coetáneo Ibn Bassam.

Algunas fuentes señalan que la victoria ante los almoravíes despertó en el Cid cierta actitud mesiánica

Son pocos, como reconoce Fletcher, los datos que nos han llegado sobre la administración del Cid en Valencia entre 1094 y 1099, pero, considera el historiador británico, «lo suficiente para suponer que el gobierno de Rodrigo fue despiadado».

Quizás este juicio sea demasiado severo. Así lo defienden muchos historiadores que consideran estas críticas el resultado de las exageraciones de unos cronistas andalusíes que destestaban al Campeador por haber arrebatado la ciudad de Valencia al islam.

Sea como fuere todo parece indicar que una gran mayoría de la población valenciana aguardaba con deseo el momento de librarse del yugo del Cid. Y para su suerte ese día no tardaría en llegar, pues sólo cinco años después de tomar posesión de la ciudad, en 1099, paradójicamente uno de los años más pacíficos en su vida, Rodrigo Díaz de Vivar murió y sólo tres años después las huestes cristianas evacuaban la ciudad levantina.