Tal día como hoy de hace 170 años, la reina Victoria y el príncipe Alberto inauguraron la que ha sido considerada no sólo la conquista de un nuevo público para el espectáculo moderno, sino el mejor escaparate del progreso y la modernidad de todos los tiempos.

Bajo su nombre original Great Exhibition of the Works of Industry of all Nations, la Gran Exposición del 1851, evidenció el progreso general de la civilización occidental y la supremacía de Inglaterra como el país más avanzado industrialmente de su época. Maquinaria, manufacturas, esculturas, materias primas y demás productos de la por aquel entonces creciente industria y tecnología, fueron los protagonistas de una exposición que logró reunir en un mismo espacio más de 15.000 expositores y 100.000 objetos.

Un trono de marfil, una máquina de café y otra de soda, el enorme diamante indio de Koh-i-Noor, una estantería giratoria o una cama que despertaba a su ocupante catapultándolo directamente a una bañera de agua fría o a una fuente que manaba agua de colonia, dieron valor al objeto de la exposición y a su base: la fe en la razón, el progreso y el conocimiento científico, que empezaba a atraer cada vez más adeptos a su estudio.

Máquina de soda. Imagen de archivo Great Exhibition of the Works of Industry of all Nations.

El ‘espectáculo’ moderno burgués, fue por idea del príncipe consorte, una exposición que además de internacional, desobedeció al impacto social de dirigir tal evento al público convencional de las clases alta y media. Y esta fue probablemente la decisión que marcó la diferencia. Mientras que las previsiones iniciales cifraban que unos dos millones de personas podrían acudir a la exposición, el número final de visitantes cuadriplicó esta cifra.

La inquietud de ricos y pobres por perderse un evento único e irrepetible, fue in crescendo y acabó por convertir a la exposición no solo en el centro del progreso, también en el hito turístico que confirmaba el reconocimiento popular del capitalismo, el triunfo del entretenimiento de masas y, el descubrimiento, por qué no decirlo, de un gran negocio. «La única exposición que alguna vez me impresionó, o que alguna vez lo hará, fue la primera de las series, la madre de todas ellas. Nadie de la generación más joven puede comprender el sentido de novedad que produjo en nosotros, quiénes estábamos entonces en nuestra flor de la vida. Fue una exposición para quitarse el sombrero», dijo el viajero inglés Thomas Ardí en su novela The Fiddler on the Reels, publicada en 1989.

La Gran Exposición, fue el primer evento que pudo atraer a personas de toda Inglaterra e incluso de otras naciones.

Los países que formaron parte de la Gran Exposición

Aunque cerca de la mitad de la exposición la ocupaban artículos ingleses que reflejaban el sutil conflicto entre lo viejo y lo nuevo, otros países tuvieron espacio en La Gran Exposición.

Para España, su participación fue discreta, y su escaparate quedó reducido a la suma de aromas embriagadores de sus posesiones coloniales, tanto de Cuba como Filipinas, y a una selección de artesanía, encajes de hilo negro procedentes de Badalona u objetos históricos entre los que había armaduras, espadas Toledanas, manufacturas religiosas o cerámicas.

Imagen de archivo Great Exhibition of the Works of Industry of all Nations.

Alemania, Austria, Bélgica, Dinamarca, Francia, Grecia, Italia, Portugal, Rusia, Suecia, Noruega, Suiza, Egipto, Estados Unidos, Bolivia, Granada, Brasil, Santo Domingo, Chile, México, China, Argelia, Persia, Turquía, Canadá y varias regiones europeas y protectorados británicos, fueron el resto de países que tuvieron cabida en la mayor exposición hasta ahora conocida, y, el contraste de lo que exponían unos y otros, dejó entrever la diferencia de un emergente grupo que acabaría por ser el Primer Mundo, versus otro que aún hoy, conocemos como países en ‘vía de desarrollo’ o Tercer Mundo.

El ‘Crystal Palace’: una obra maestra para la ocasión

El Crystal Palace fue el encargado de acoger la primera gran Exposición Universal. La construcción, de impactante efecto estético y tendencia sublimista del primer Romanticismo, fue construida para la ocasión, por Joseph Paxton.

Paxton, tardó sólo seis meses en construirlo y su concepto recae en la experiencia del autor como diseñador y constructor de grandes invernaderos con estructura de hierro y vidrio.

El edificio, se percibía como una estructura revolucionaria de 600 metros de largo por 120 de ancho y 34 de altura. Todo su interior era continuo y un gran pasillo central actuaba como eje principal de pasillos secundarios que permitían a los visitantes adentrarse un poco más en la exposición.

Imagen de archivo Great Exhibition of the Works of Industry of all Nations.

Sus paredes de cristal y estructura gigantesca, como pocas existían por aquel entonces, se convirtió rápidamente en objeto de pinturas y versos.

En su historia y tras la Gran Exposición, el Crystal Palace pasó de ser testigo de la coronación en 1910 del rey Jorge V de Inglaterra, a convertido en un centro de entrenamiento teórico para las tropas, durante la primera Guerra Mundial y hasta 1936, cuando un incendio terminó por destruirlo.

La Gran Exposición, precedente de otras ‘grandes exposiciones’

La Gran Exposición supuso un éxito sin precedentes y tras ella, vinieron más. A Londres le seguiría en 1867 la Exposition Universelle, de París, con expositores de Francia y sus colonias, Gran Bretaña, Irlanda, Estados unidos y un pequeño contingente de Canadá.

El evento se caracterizó por presentar y demostrar el poderío del Segundo Imperio de Napoleón III y batió cifras de récord, albergando a cerca de dieciséis millones de visitantes que promovieron el desarrollo del turismo moderno a este tipo de celebraciones multitudinarias.

Imagen de archivo Exposición Universal de París de 1867.

Por su parte, en 1873, la Exposición Universal de Viena tuvo como tema ‘Cultura y Educación’, y contó con la participación de 35 países de todo el mundo y alrededor de doscientos cincuenta mil asistentes.

Lo que ahora serviría como un mero tráfico de intereses y beneficio puramente económico para uno u otro país, sirvió entonces como punto de inflexión a la cooperación internacional que engloba la mirada del ser humano hacia el progreso, y el beneficio común de las nuevas tecnologías.