Este jueves, el Symphony Hall de Boston ha asistido a un histórico acontecimiento musical. La prestigiosa Orquesta Sinfónica de Boston (BSO) ha estrenado already and not yet (Ya y todavía no), una sinfonía de Tod Machover concebida para poner a dialogar en riguroso directo a toda una orquesta sinfónica con un sistema de inteligencia artificial. Sobre el podio está Kent Nagano, actual director titular de la Orquesta Nacional de España y cómplice histórico de Machover, eminencia mundial de la música computacional. Su experimentada batuta tiene el pulso preciso para un reto de tal magnitud: dirigir a una agrupación humana expandida por el músculo ciego pero preciso de la IA.
Machover plantea este cruce no como un experimento de laboratorio, sino como una necesidad expresiva de nuestro tiempo. "Siempre me han inspirado las posibilidades de la tecnología y el potencial que abre. Es el lenguaje central de nuestra época y algo con lo que tenemos que lidiar para que evolucione de la manera más positiva y enriquecedora para el ser humano", ha explicado el compositor a MIT News.
En efecto, lo que ocurre en el escenario se aleja deliberadamente de los experimentos electroacústicos habituales. Aquí la máquina no se limita a disparar pistas grabadas o hacer ruiditos. El sistema de IA en vivo, diseñado en el MIT Media Lab por el investigador Manaswi Mishra, escucha a la orquesta a través de una red de micrófonos repartidos por los atriles. El algoritmo no analiza las partituras, sino que sigue el rastro físico del sonido, su textura: el chasquido metálico de las llaves de un clarinete, el ataque seco del arco sobre la cuerda de un violonchelo o las fluctuaciones tímbricas de los metales. A partir de esa escucha inmediata, genera réplicas sonoras que se entrelazan con la masa orquestal al segundo. Para que no quede duda de que se trata de música de cámara y no de una trampa informática, el propio Mishra interviene el software en escena junto a los músicos, mientras la investigadora Ana Schon equilibra la mezcla acústica y electrónica en la sala.
Una sociedad sobre el escenario
Para Machover, la propuesta de esta obra va mucho más allá de los primeros experimentos musicales con la informática del siglo pasado en los que él mismo participó. Hace treinta años los sistemas computacionales necesitaban un análisis previo rígido y casi siempre fallaban al medir la expresividad de los intérpretes. Los modelos actuales destacan por su agilidad casi táctil. "No son tan buenos comprendiendo la interpretación o la música en sí misma, pero logran un trabajo increíble estableciendo un diálogo creativo e inmediato con los músicos, produciendo aumentos sofisticados y sorprendentes que inspiran a los propios intérpretes a descubrir ideas nuevas", subraya Machover.
Esa conversación en tiempo real sostiene la propia dramaturgia de la sinfonía, concebida en tres movimientos interpretados sin interrupción que funcionan como una parábola sobre la salud de la democracia. "Una orquesta es un conjunto fascinante para pensar en cómo distintos grupos de personas pueden relacionarse entre sí", señala el creador neoyorquino. "John Cage solía decir que una obra musical debería parecerse a la sociedad en la que a uno le gustaría vivir. Siempre me inspiró esa idea, y así es como pensé y construí esta pieza. He utilizado la forma en que toca la orquesta, cuánto hay de pauta escrita y cuánta libertad tienen, o cómo negocian su relación con el director, como parte del relato. Es toda una sociedad ahí arriba en el escenario".
El propio título de la partitura, already and not yet, nació de la lectura de un artículo del columnista David French publicado en febrero de este año en The New York Times y que caló hondo en el compositor. Conmovido tras ver El testamento de Ann Lee –la película protagonizada por Amanda Seyfried sobre la fundadora de los shakers, aquella secta utópica y pacifista que huyó de la persecución británica en el siglo XVIII para toparse de bruces con la violencia y las contradicciones de la naciente América colonial–, French rescataba una fórmula de su educación evangélica, el "ya y todavía no". Una noción teológica que describe la tensión de habitar un mundo donde la redención ya ha comenzado, pero cuya promesa definitiva aún no se ha consumado. Trasladada al tablero político, French la utilizaba para señalar la dolorosa brecha entre el ideal democrático y la cruda realidad de la Norteamérica de hoy: la certeza de que los cimientos de una sociedad libre ya están levantados, pero el edificio sigue inconcluso, frágil y expuesto a la intolerancia de sus miembros.
En armonía con la IA
Machover recoge esa inquietud moral y la convierte en el motor dialéctico de su obra: asumir que la democracia está en crisis no para caer en el derrotismo, sino como una llamada urgente a no cruzarse de brazos. A partir de esa fractura se despliega el recorrido de la pieza orquestal. En el primer movimiento, Smash Up, la partitura arranca con una escritura de enorme virtuosismo donde las maderas y las cuerdas intentan articular un motivo melódico que pronto es arrinconado y silenciado por los ataques agresivos del metal, la percusión y una electrónica opresiva. Es el reflejo sonoro de la crispación y el colapso de la conversación pública norteamericana en tiempos de la segunda venida de Trump. La atmósfera cambia radicalmente en el segundo tiempo, Wake Up, donde la orquesta se despeja y la inteligencia artificial asume el protagonismo. El sistema empieza a dialogar de forma individual con distintos solistas de la formación, amplificando las singularidades de cada intérprete y abriendo margen para pequeñas improvisaciones. La orquesta deja de ser un bloque uniforme para convertirse en un archipiélago de voces singulares que buscan reencontrarse.
El cierre, Stand Up, plantea la resolución colectiva. La IA deja de interactuar con solistas aislados y procesa la respiración del conjunto, tejiendo puentes armónicos entre las distintas familias instrumentales. Para romper la frontera del proscenio, el sonido procesado se proyecta hacia el patio de butacas mediante un despliegue de altavoces adicionales distribuidos por todo el auditorio.
Un nuevo hito de un genio de la innovación musical
Que una propuesta de este calado proceda de Tod Machover no responde a una moda pasajera ni al oportunismo tecnológico que invade la actualidad. A sus 72 años, el compositor neoyorquino lleva medio siglo cruzando cables y partituras. Creció en un hogar que anticipaba su biografía: su madre, Wilma, fue una pianista formada en Juilliard y pionera de la pedagogía de la creatividad; su padre, Carl, un ingeniero pionero en gráficos por ordenador y diseño CAD. Machover tocaba el chelo clásico de día y lideraba una banda de rock por la noche; estudió composición con maestros como Elliott Carter y Roger Sessions, y aprendió a programar en Fortran con Milton Babbitt para dar salida a sonoridades que la notación tradicional no alcanzaba a fijar en el papel.
Fue en 1978 cuando el legendario director Pierre Boulez le invitó a unirse al IRCAM de París, el principal centro de investigación de música asistida por ordenador, donde Machover se convirtió en su primer director de investigación musical en el año 1980. En 1985, fue reclutado como profesor fundador del MIT Media Lab, institución donde hoy dirige la facultad y el grupo Opera of the Future, y que celebra precisamente estos días su 40º aniversario al calor del estreno de la BSO. En la trayectoria de Machower figuran hitos como la invención de los hiperinstrumentos, una generación de instrumentos tradicionales aumentados con sensores de muñeca, arco y presión, diseñados para expandir las capacidades expresivas del intérprete virtuoso sin desnaturalizar su gesto. Fruto de esta investigación nacieron en los 90 el hiperviolonchelo para Yo-Yo Ma o el hiperviolín de Joshua Bell.
Pero además, Machover ha compuesto siete óperas que han roto moldes escénicos (entre ellas Death and the Powers (2010), finalista del Pulitzer, o VALIS (1987), ópera inspirada en Philip K. Dick para el décimo aniversario del Centro Pompidou. En los últimos años ha orientado su laboratorio hacia la neurociencia terapéutica con investigaciones de vanguardia en "farmamusicología", dedicadas a explorar el impacto de frecuencias sonoras en el tratamiento del alzhéimer. Su trayectoria ha sido reconocida este mismo 2026 con la prestigiosa Medalla George Peabody.
Pese a la sofisticación algorítmica y la carga conceptual de su obra, Machover esquivaba cualquier tentación de pedantería antes de que Nagano diera la entrada a su estreno en el Symphony Hall de Boston: "Mi mayor deseo es que la gente escuche la pieza simplemente como música, olvidándose de la IA o de la metáfora política. Hay una melodía que intenta asomar en el primer movimiento, que reaparece rota en el segundo y que en el tercero se convierte en el centro de gravedad de la obra, como una señal de esperanza y determinación. La tecnología debe expandir la emoción, no sustituirla. Si el público sale a la calle con esa melodía grabada en la cabeza, la partitura habrá encontrado su sentido".
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