La vida del cantante de ópera no es un camino de rosas. Lo sabe bien Carlos Álvarez, pese que ahora vive un momento de esplendor en su carrera. Ha encadenado dos títulos en el Teatro Real de Madrid Viva la Mamma y Tosca– y tiene el honor de abrir la temporada de la Royal Opera House de Londres, con sede en Covent Garden, tras un año de parón pandémico, protagonizando Rigoletto de Verdi. «Es un piropazo», reconoce a El Independiente.

Nos recibe durante los ensayos de su papel de Scarpia en Tosca, que estrena hoy el Real. Es ahí detrás del telón donde, obra a obra, papel a papel, se ha fraguado el reconocimiento y el afecto de sus compañeros y donde aprendió la lección de su vida: que la ópera es un trabajo ,»que cuando alguien habla de glamour se equivoca», asegura. Lo precisa con una anécdota: «En la ópera de Viena había un bajo Serbio, Goran Simić, que iba todos los días con mono azul de trabajo. Yo le pregunté por qué lo hacía y me dio una de las lecciones más importantes de mi vida. Me dijo: ‘Porque esto es un trabajo’. Y efectivamente, lo es. Hay que esforzarse para que el trabajo salga cada día bien. Cuando dejé la facultad de Medicina, hace ya muchos años, pensé que no me iba a examinar nunca más y era, precisamente, lo contrario», reconoce.

Esa conciencia laboral es la que ha hecho que haya dado un paso adelante para apoyar la creación del sindicato de Artistas Líricos de España (ALE). «Por primera vez en en este país y en la historia de la lírica de este país, los cantantes, directores de escena jóvenes, todos los que han querido han podido tener finalmente una representación que permitiera el diálogo con las administraciones, cosa que hasta ahora no había sucedido. Yo me planteé que, sin duda, tenía que participar de ese nuevo colectivo. Es un sindicato con todas las de la ley», afirma.

Es consciente de que no todos lo cantantes tienen su posición y menos durante la pandemia. «Ha sido una selección natural, para la gente más joven ha sido terrible porque no han tenido la posibilidad que tuve yo de poder evolucionar encima del escenario», confiesa. Su experiencia personal le mostró la fragilidad de la carrera de los cantantes, cuando una leucoplasia, una lesión precancerosa en las cuerdas vocales, le mantuvo unos años fuera de escena. Ahora pese a tener una agenda de actuaciones que alcanza a 2025, con años repletos, ve la vida de otra manera. «A lo tonto son 32 años de cantar encima de los escenarios. En el mes de agosto cumpliré 55. Haciendo cuentas, más de la mitad de mi vida me la he pasado encima del escenario».

«Los cantantes líricos somos atletas de alto nivel y tú necesitas preparar tu cuerpo, fundamentalmente tu voz, que es el elemento clave de tu trabajo yo bromeó con que vivo de mi cuerpo y es verdad», afirma. Fue gracias a ese cuidado extremo como pudo localizar su enfermedad que, de otra forma, hubiera derivado en cáncer.

«No debemos pensar que el mundo de la ópera, el mundo de la lírica, es una forma cultural museística, porque sí tiene capacidad de evolucionar», Carlos Álvarez.

Foto: I.E.

Nos explica cómo se ve el milagro del Teatro Real por todo el mundo. «Se ha convertido en un punto al que todo el mundo miraba desde lejos con envidia». El teatro ha vivido una insólita temporada 2020-21 con estrictas medidas de seguridad. «Yo creo que un teatro nacional como el Teatro Real tiene la obligación de eliminar, sin duda, el criterio de equilibrio económico ante la necesidad de la oferta cultural». Un esfuerzo que ha sido recompensado en los International Opera Awards. Reflexiona sobre las relaciones públicas y privadas que consiguen que instituciones como el Real se mantengan a flote. «En situaciones como la que vivimos ahora se ve que el dinero es miedoso y que no intenta rescatar o mantener algo que es un patrimonio universal como es el mundo de la lírica. Por eso me parece que es fundamental que sigamos manteniendo este sistema europeo en el que existe una financiación público-privada», mantiene.

Es plenamente consciente que la ópera vive en un siglo muy diferente a los anteriores. «Los cantantes de ópera y las orquestas somos los últimos analógicos. Si tú quieres ver algo que sucede ahí, en ese momento, que no tiene ningún tipo de artificio tecnológico, que lo único que necesita es un entorno adecuado para que la acústica sea la mejor, tienes que venir a un teatro de a ver una función de ópera».

Pero no reclama una conservación sino una evolución. «No debemos pensar que el mundo de la ópera como una forma cultural museística, porque sí tiene capacidad de evolucionar. Vemos como óperas que tienen 200, 300 o 400 años se vuelven a poner encima del escenario con lecturas que son distintas, pero contando esa misma historia. Si somos capaces de pensar que podemos seguir siendo atractivos para el público, para nuestra sociedad en la que vivimos y donde nos tenemos que encaminar, seremos capaces de sobrevivir. Porque es una cuestión de supervivencia. Ya me gustaría que pudiéramos seguir manteniéndonos con las mejores condiciones, tanto económicas como artísticas. Depende de nosotros. Si somos capaces de crear el producto atractivo, nos vamos a mantener y vamos a seguir haciendo que el público se sienta necesitado de seguir viviendo este tipo de experiencias que son únicas», asegura.

«Los cantantes de ópera y las orquestas somos los últimos analógicos. Si tú quieres ver algo que sucede ahí, en ese momento, que no tiene ningún tipo de artificio tecnológico, tienes que venir a un teatro de a ver una función de ópera», Carlos Álvarez.

Foto: Del Real

Plácido Domingo, «un compañero, un amigo»

«En una de las funciones de Viva la Mamma, Plácido estaba allí y sentíamos que era algo especial». Carlos Álvarez habla con mucho respeto del cantante que «le abrió muchas puertas».

«Plácido ha sido y es un ejemplo de cómo hay que abordar el mundo de la lírica pensando que el trabajo se tiene que abordar como si fuera la primera vez. Con las mismas ganas, con la misma intensidad, con la forma de trabajar que implica no parar, no dejarse vencer, ni siquiera por la adversidad», afirma.

Pero el barítono es ya maestro y saca lecciones vitales de cuanto vive él y su entorno. «Cuando suceden este tipo de situaciones nos tienen que servir para reflexionar sobre qué es lo que se puede hacer y lo que no se puede hacer. No se puede hacer que alguien en el trabajo se sienta incómodo. No podemos hacer que alguien tenga la sensación de que por acercarse a alguien -con una gran relevancia- puede obtener un beneficio, en ambas direcciones. Todo ese tipo de cosas no se deben hacer, no se pueden hacer, empiece su nombre por A, por B o por Z. Independientemente de quién seas y, sobre todo, lo que nos podemos permitir es que el trabajo se convierta en un espacio inseguro».

Y matiza sobre los tratos de favor que nadie puede subir por enchufe en el escenario. «Todo el mundo está en el sitio que le corresponde, porque es tan evidente que alguien se sube al escenario y es capaz de hacer bien o no su trabajo, que todas esas historias de que alguien busca subir en el escalafón de este trabajo a través de relaciones personales es prácticamente imposible. Aquí eso no existe», concluye.