Cultura | Teatro

Lágrimas ocultas y sonrisas sin límite

Concha Velasco como la Hécuba de Eurípides, en versión de Juan Mayorga para el Teatro Español, en 2014.

Concha Velasco como la Hécuba de Eurípides, en versión de Juan Mayorga para el Teatro Español, en 2014. Europa Press

Concha Velasco ha abandonado los escenarios del teatro y de la vida. La gran actriz cómica y dramática, de musicales y de cine, de registros variados, de personajes sublimes y con encanto, la de la perpetua sonrisa y la de la ecuanimidad interpretativa, con todo su bagaje cultural e histórico en los hombros y en la memoria colectiva, se ha retirado definitivamente. 

Consiguió, no sin esfuerzo, ser gran dama de los escenarios. Se la recordará por sus éxitos, por su fama y su tirón popular, siendo una de las más vivas e interesantes intérpretes del panorama teatral español de todos los tiempos. 

Concha Velasco era el cine y el teatro de barrio en su más grande dimensión, la de la ternura, la de ser querida

Su presencia en los escenarios, en la pantalla de cine, en la televisión, pero también en revistas, en programas de radio e, incluso, en la calle, era constante. Nos deja un gran vacío y muchos, muchos recuerdos. Muchos personajes. Los de mi generación, algunos más jóvenes y otros más de su quinta, la tendremos como paradigma del buen hacer, sucediéndose en infinitos papeles de lágrimas ocultas y sonrisas sin límite, como en una relación continuada que acercaba distancias.

Tenemos su imagen, tenemos sus instantes en blanco y negro, en color, en el sonido de la radio, cantando “Soy una chica yeyé”, como “chica de la Cruz Roja”, diciéndonos que le pedía a “mamá, quiero ser artista”, con los inefables Tony Leblanc, José Sacristán, José Luis López Vázquez, Antonio Ozores, Alfredo Landa. Y bajo la dirección de otros grandes como Mario Camus, Josefina Molina –su inigualable Santa Teresa de Jesús–, Pedro Olea, Adolfo Marsillach, con Antonio Gala, con Buero Vallejo, con Alfonso Paso, con Juan José Alonso Millán… Y solo nombro a autores nacionales, aunque abarcó todo el repertorio.

Concha Velasco era el cine y el teatro de barrio en su más grande dimensión, la de la ternura, la de ser querida, la de ser un “monstruo fiero” equiparable a cualquier estrella internacional. Memorias del escenario, Concha Velasco está en él, en todas las escenas, en todos los lenguajes, en todos los sentimientos. Forma parte de nuestra historia, es la insigne intérprete de nosotros mismos. 

Guardaremos el cariño inmenso que le tenemos, en nuestro corazón y emociones, a esta gran artista escénica de nuestro deambular peregrino, maestra de vida, autora de muchas horas de solaz en nuestro asueto, colaboradora en diluir nuestro tedio. Nuestro premio fue ella, y en una antología no cabrían tantos méritos. Descansa en paz, Concha.

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