Dejar a los niños en el colegio. De camino al trabajo, pedir cita con el pediatra para la vacuna. Cuando salga, pasar por el chino a comprar un disfraz para la fiesta del viernes. Y al súper, que se están acabando los tomates. Al llegar a casa, no olvidar poner lavadora para tener limpio el chándal que necesita para la excursión.

Como si se tratara de pósits que se van acumulando uno encima de otro, las llamadas “tareas invisibles” son las cuestiones de organización y planificación doméstica. Un terreno aún más femenino que el general de las tareas del hogar, donde las mujeres ya dedican dos horas más al día que sus parejas – el doble de tiempo-, según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística (INE).

El problema de la organización y la planificación, tan necesarias en el hogar como en cualquier empresa, es que son muy difíciles de cuantificar. Uno de los pocos estudios que ha tratado de hacerlo ha sido “Somos Equipo” de El club de las Malasmadres, donde se concluyó que estas cuestiones son responsabilidad principal de las mujeres en el 54,4% de los casos. Los hombres se hacen cargo de ellas como responsables principales en el 16,9% de los casos.

Estas tareas invisibles son las principales responsables de la carga mental: “La carga mental es el sobreesfuerzo necesario para planificar, para tenerlo todo controlado, tomar decisiones y supervisar. Supone un desgaste mental que puede ser mayor que el físico”, afirma Cristina Mae Wood, psicóloga de la Universidad Complutense de Madrid y miembro de la Sociedad Española del Estrés y la Ansiedad.

Según un estudio reciente de la empresa Procter&Gamble, la carga mental afecta a siete de cada 10 mujeres y a uno de cada 10 hombres. Para el 63% de ellas, cada día tiene «un listado infinito de cosas por hacer», algo en lo que sólo coincide el 25% de los hombres.

Las CEO del hogar

“Las mujeres asumimos que tenemos que estar pendientes de todo. Se nos ha vendido el mito de superwoman y nos cuesta mucho pedir ayuda”, dice Maite Egoscozábal, socióloga y responsable de investigación social en El club de las malasmadres. Para la experta, las mujeres somos las CEO del hogar y, con tal responsabilidad, “se hace más difícil ser también la CEO en la empresa”.

El informe de P&G refleja, además, que el 44% de las españolas no sabe tan siquiera qué significa el término carga mental y que el mismo porcentaje nunca lo ha comentado con nadie. Y si casi la mitad de las mujeres incluso ignoran el término, es de esperar que no hagan nada para solucionar esta sobrecarga. “Es muy fácil saber dónde está nuestro límite físico, por ejemplo que no podemos levantar más de 100 kilos, pero no lo es tanto conocer nuestro límite mental”, explica Jesús Martín, psicólogo y director del laboratorio de Psicología del Trabajo en la Universidad Complutense de Madrid.

¿Cómo darse cuenta?

Para saber si se sufre de carga mental, Wood aconseja “escuchar al cuerpo, que envía señales distintas a cada persona. Puede ser cansancio, dolores, irritación… Hay que respirar hondo y pensar. Si se ve todo en negativo, si te dicen ‘no paras de quejarte’, si estás muy irritable… Hay que parar y ver qué está pasando”.

Egoscozábal explica que la carga mental suele manifestarse en las mujeres a través de dos síntomas principales, el sentimiento de culpabilidad y la falta de priorización de una misma. “Las mujeres llevamos la culpa a cuestas como una mochila. Hay que entender que no se puede ser perfecta y dejar de sentirnos culpables por delegar”, dice la socióloga, “y la falta de tiempo se convierte en que la mujer queda como la última prioridad. Como no pedimos ayuda, no nos dedicamos tiempo y eso nos aleja de la mujer que éramos antes”.

En su libro La carga mental de las mujeres… y la de los hombres, Aurélia Schneider  habla de las señales de alarma para detectar la sobrecarga empezando por el cansancio «importante», «como si sus capacidades intelectuales estuvieran saturadas y su cerebro se negara a procesar más información». También llama a reflexionar si se experimentan alteraciones en el sueño persistentes o «hiperactividad emocional». «Irritabilidad excesiva, nerviosismo, sensación confusa de estar hartos de todo o ataques de cólera inhabituales», explica en el libro, así como «llorar por cualquier motivo, por insignificante que sea, cuando las cosas no se desarrollan como teníamos previsto».

De los problemas gástricos al consumo de ansiolíticos

Si la carga mental se mantiene en el tiempo y no se gestiona, uno de los primeros efectos puede ser “que se empiecen a cometer más errores, lo que provocará por ejemplo un mayor riesgo de accidente. También se traducirá en fatiga, que degenera en estrés”, afirma Martín, “la persona también puede sufrir problemas gástricos, metabólicos o incluso cardiovasculares, de hecho en las últimas investigaciones se ha visto incluso que el estrés modifica el cerebro”.

Para el psicólogo, el problema de la carga mental “es aún mayor si pasa desapercibido, porque ocurre que algunas veces las personas consultan por un problema de salud, por ejemplo gástrico, pero sin comunicar su origen. Y de esa manera el médico podrá luchar contra el trastorno estomacal pero difícilmente desaparecerá si no se ataca al origen”, incide.

Wood diferencia las consecuencias del estrés provocado por la carga mental entre las cognitivas (desde la preocupación a la obsesión), las fisiológicas (sudoración, molestias en el estómago o mareos) y las motoras (como comerse las uñas y tics como los movimientos de piernas).

Aunque no hay una relación demostrada, lo que sí es cierto es que las mujeres consumen muchos más ansiolíticos y antidepresivos que los hombres. Un aumento “escandaloso” en el consumo, según Martín, y en el que las mujeres duplican a los hombres, según un estudio de 2018 del Instituto de Salud Carlos III y el Departamento de Salud Pública de Cataluña.

No a llegar a todo, sí a la corresponsabilidad

Las expertas advierten de la importancia de atacar la raíz del problema antes de que genere consecuencias importantes. “Hay que parar y si no podemos por nosotras mismas, acudir al psicólogo y aprender a gestionar y regular las emociones”.

Ese parar significa también repensar y eliminar las barreras internas que en muchos casos son autoimpuestas. “En nuestros estudios descubrimos cómo algunas de las barreras se las ponen las mujeres incluso antes de ser madres”, señala Egoscozábal.

En El Club de las Malas Madres apuntan a que la solución pasa por hacer una buena identificación y diferenciación de las tareas del hogar, tanto las visibles como las invisibles. “Por ejemplo, la tarea visible es llevar a los niños al colegio, la invisible es preparar y estar pendiente de todos los requerimientos del colegio, material, uniformes, excursiones… Lo ideal es que las tareas se repartan por bloques, es decir, si es el hombre el que lleva al colegio, que él haga también el resto de tareas invisibles asociadas”.

“Ojalá no haya más reducciones de jornada”

Sólo con un reparto real de las tareas que incluya las invisibles puede alcanzarse una verdadera corresponsabilidad, según el Club de las Malasmadres, que creen que una de las fórmulas para conseguirlo es que desaparezcan las reducciones de jornada. “Hay que compactar las jornadas laborables y hacerlas flexibles para que nadie tenga que reducirla”, afirma Egoscozábal, además de establecer permisos iguales e intransferibles y conseguir que las empresas fomenten que los hombres hagan uso de las medidas de conciliación, para no crear dos segmentos de trabajadores.

A este tipo de medidas fuera de casa, Egoscozábal añade la de hacer a los hombres más conscientes de esas tareas invisibles. “Tienden a infravalorarlas porque son difíciles de medir, pero tienen que entender que es clave. Si conseguimos transmitir a los hijos la corresponsabilidad, su generación no heredará estos problemas”, concluye.