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La verdadera vergüenza sobre la regla

Vida Sana

La verdadera vergüenza sobre la regla

Cuando las mujeres vamos a cambiarnos el tampón en algún lugar público, solemos esconderlo en la mano o guardarlo en el bolsillo para evitar que se vea. En los países desarrollados, en el siglo XXI, las mujeres no hablamos abiertamente de la regla. La menstruación aún es un tabú pese a que afecta a la mitad de la población mundial: ¿Cómo cambia la menstruación a lo largo del ciclo de la vida? ¿Por qué un trastorno como el síndrome premenstrual se usa como una forma de insulto? ¿Por qué en muchos países las compresas o tampones no disfrutan de un IVA reducido?

En Francia la regla se conoce como «semana del kétchup» y en Dinamarca como «los comunistas en el quiosco del parque»

Una suerte de ley del silencio rodea a la menstruación. Un estudio de noviembre de 2015 constató, a través de las respuestas de 90.000 personas de 190 países, que se usan hasta 5.000 eufemismos para hablar de la regla. Unos 26 por país. La «semana del kétchup» en Francia, la «peste roja» en Alemania, la «desgracia» en China y los «comunistas en el quiosco del parque» en Dinamarca. Otra investigación de 2016 sobre las denominaciones anglosajonas e inglesas para la regla se recogió la constante relación con el concepto de estar «mala» o la indisposición sexual.

Ese es el punto de partida de Es solo sangre. Rompiendo el tabú de la menstruación. Un libro, fruto de una gran investigación de campo, que acaba de publicar la periodista sueca Anna Dahlqvist. La obra recoge investigaciones desde 2015 en Estados Unidos, Uganda, Kenia, Bangladés, la India y Suecia. Y habla de este silencio y sus gravísimas consecuencias.

Se calcula que cada día están con la regla 800 millones de personas. Y mientras que para quienes viven en países desarrollados esto supone una cuestión menor, para millones de mujeres de países subdesarrollados esto supone una amenaza para su vida laboral, escolar o para su vida sin más. Porque millones de mujeres carecen si quiera de los elementos más básicos de higiene menstrual.

«La protección más común en los países del sur son los retales, procedentes de ropa vieja que ya no se usa. Pero el papel higiénico o incluso hojas de periódicos también se usan», explica Dahlqvist a El Independiente y añade que esto «no llegaría a ser tan malo si tuvieran acceso a agua limpia y jabón para lavar y secar el material, o si éste fuese mínimamente absorbente. Porque para muchas no es el caso. Y eso sí es un gran problema para su salud, para ir al colegio, a trabajar o moverse libremente».

El impacto que ha podido ver la sueca llega al mismo suicidio: «He entrevistado a niñas que no pueden ir al colegio con la regla. Porque no pueden cambiarse el retal, porque tienen pánico a que se caiga, a tener manchas, a que alguien lo descubra. No se mueven, tratan de estar quietas. Tampoco beben. En todo lo que pueden pensar es en que nadie lo vea. Pero lo peor fue en Kenia, hace unos meses. Una niña se suicidó porque un profesor la avergonzó por culpa de su menstruación. Así es la vergüenza».

El bochorno de la regla está rodeado también de mitos con siglos de antigüedad y que no han logrado ser desterrados. Es común, en África, que las mujeres creen que quedarán infértiles si alguien ve su sangre menstrual. En India, muchas niñas son aisladas completamente al tener su primera regla. Les obligan a beber una gota de sangre de su primera menstruación, no pueden usar la vajilla de los demás ni tan siquiera ver a nadie durante esos días. En otros países de África las mujeres tienen prohibido cocinar y en India no pueden acceder a los templos.

Como explica Dahlqvist en su libro, estos rituales no suelen afectar a un país o etnia completa, sino a grupos determinados pero tienen un carácter destructivo y contaminante: «La discriminación de género tiene el efecto de que las experiencias femeninas son silenciadas y menos valoradas».

El porcentaje de niñas en estos países de África o Asia que dejan de ir al colegio por tener la regla es variable. Pero frente a las cifras que maneja la UNESCO y lo cifran en el 10%, otros estudios lo elevan al 20% o incluso al 70% en algunos lugares de la India, según la ONG Irise International.

La falta de productos de higiene íntima y las malas condiciones en que han de lavar o secar lo que usen como protección – muchas veces debajo del colchón o la cama para que nadie lo vea – supone también que tengan problemas de salud. En otro estudio que recoge Dahlqvist en su libro, el 70% de mujeres analizadas en Bangladesh tenía algún tipo de infección genital.

Como Irise International o WASH United, algunas organizaciones llevan años luchando por romper el lastre que supone la regla para el desarrollo de las mujeres – y en definitiva de todos los países de los que proceden. Buscan eliminar el miedo que la mayoría de las niñas de estos países sienten al sufrir la regla, dotarles de medios para poder gestionar su regla con los productos de higiene necesarios y contribuir a que desaparezca el estigma que rodea a la menstruación al considerarla algo «sucio» o «sexual».

En los últimos años, algunas de esas campañas han trascendido internacionalmente como la de #happytobleed (feliz de sangrar) o #touchthepickle (toca el pepinillo, ya que se supone que las mujeres no pueden tocar pepinillos ni cocinar mientras menstrúan).

A veces, la legislación no es suficiente para eliminar injusticias. En India, las mujeres siguen teniendo prohibida la entrada a los templos. En la India, pese a que el Tribunal Supremo dictó en 2018 que las mujeres con la regla también pueden entrar en los templos, «solo dos mujeres han entrado desde entonces y una de ellas necesitó después protección policial», asegura Dahlqvist, quien lamenta que «aún después de la sentencia el templo sigue ‘protegido’ por personas que se oponen a la decisión».

En EEUU se pierden hasta dos millones de días de trabajo anuales por el dolor menstrual

Mientras en estos países la regla frena radicalmente el desarrollo de las mujeres, en los países desarrollados las consecuencias para la salud también son palpables. En Es solo sangre, Dahqlvist asegura que en EEUU se pierden hasta dos millones de días de trabajo anuales por el dolor menstrual, algo que se traduce en dos billones de dólares.

Dahlqvist hace referencia también a la endometriosis, una enfermedad poco reconocida y que se da cuando el tejido endometrial, que se expulsa durante la regla, crece o aparece fuera del útero. El dolor puede provocar desmayos y puede hacer más difícil lograr un embarazo. Sin embargo, su diagnóstico – tanto en España como en Suecia – se demora más de siete años.

La endometriosis, el síndrome premenstrual o el trastorno disfórico premenstrual (que también suponen dolor, náuseas, ansiedad o alteraciones del sueño) no se reconocen lo suficiente en los países desarrollados, tal como cuenta Dahlqvist, y la situación es mucho peor en los países subdesarrollados.

La sueca busca, con este libro, poner la menstruación en el foco. «Los Gobiernos tienen que entender que se trata de una preocupación política y no un asunto privado. Necesitamos garantizar que no se silencia la menstruación», explica, «que los trabajadores sanitarios tienen los conocimientos necesarios para lidiar con los sangrados fuertes, los síndromes premenstruales o la endiometriosis y que se destinan recursos a investigar estas áreas».

En esta lucha, tan distinta según los países pero tan necesaria a nivel global, la periodista sueca cree que en los países subdesarrollados aún hay mucho por hacer. «Nosotras hablamos de la regla. Persistimos en ideas como no bañarnos en la playa o no practicar sexo mientras menstruamos. No demandamos los derechos que deberíamos en cuanto a asistencia sanitaria o información», denuncia.

En la televisión la regla aún es azul en los anuncios publicitarios y la imagen de Kiran Ghandi dio la vuelta al mundo cuando sangró libremente en un maratón en 2015. Según cuenta Dahlqvist en su libro, al despertarse la mañana del maratón con la regla sopesó las alternativas y creyó que tanto un tampón como una compresa le perjudicarían en la carrera. «La única razón para utilizar un tampón o compresa habría sido priorizar la comodidad de los demás», dice la propia Ghandi en el libro, «no me puedo imaginar ni a un solo chico que se pusiera a pensar algo así como «uy, alguien podría sentirse mal al ver la sangre», si fuera él quien corriera un maratón». Esta mujer se ha convertido en activista en favor de los derechos relacionados con la menstruación.

Los testimonios que ha ido recogiendo Dahlqvist buscan que el problema sea tomado como algo político. La Gestión de la higiene menstrual (MHM por sus siglas en inglés) es ya un asunto público en algunos países pero aún es el principio de un camino, según la autora. «El silencio es una tragedia para quienes menstruamos. Nos vuelve impotentes. Mientras no hablemos de la menstruación, los problemas y carencias serán invisibles y, por tanto, no podremos exigir un cambio», afirma Dahlqvist en el libro, «la revolución ha de producirse en todas partes. El silencio y la vergüenza están dotados de una dimensión añadida cuando se combinan con la pobreza».