Manuela plantó su silla en la calle de Cervantes el 19 de febrero. De 82 años y nacida en Ceuta, es una de las más fieles devotas del Cristo de Medinaceli y su tradicional besapiés, al que acude sin falta desde hace 45 años. Los mismos que hace que llegó a Madrid desde Marruecos con su hija y su marido, al que había conocido mientras hacia la mili. «Me operaron y me hablaron de este Cristo, y yo le dije ay señor, si sale bien todo te prometo que mientras pueda voy a seguir viniendo. Y así llevo desde entonces y seguirá mientras pueda», afirma.

Por eso hoy Manuela estaba algo enfadada. Porque por primera vez en más de cuatro décadas no podrá besar a su Cristo y la culpa es del coronavirus. Y es que ayer, apenas 24 horas antes de la celebración, los hermanos Capuchinos (que gestionan la iglesia) informaban en un comunicado oficial de que el día de su máxima celebración anual, que se celebra desde la madrugada de este viernes, «no se podrá besar ni tocar la imagen».

Tanto Manuela como a su alrededor aseguran que se han tomado «muy mal» la decisión y Manuela lamenta que el otro día se despistó cuando pasaba por allí el ministro de Sanidad (la sede del Ministerio está justo detrás de donde hacen la cola). «Le hubiera dicho’vamos a ver, el que quiera que lo bese y el que no, no, qué más le da a él'», afirma.

El caso es que fue el Arzobispado de Madrid quien ya pidió el miércoles por la mañana, «atendiendo a las recomendaciones» de Sanidad, no besar la talla de Jesús de Medinaceli en la visita que realizarán los fieles para «prevenir contagios por coronavirus». Y más tarde lo confirmaron los Capuchinos.

María del Mar junto a otras fieles del Cristo de Medinaceli. C.C.

Esto ha hecho que María del Mar y su grupo, que se sitúan algo más retrasadas en la cola, confirmen que este año hay «mucha menos gente en la cola del besapiés. Otros años a esta hora llegaba a la calle Atocha». Es cierto que, a mediodía la cola se quedaba en la confluencia de las calles Fúcar y Moratín, unas tres manzanas antes de la calle Atocha.

A María del Mar, sin embargo, le da igual no poder besar los pies del Cristo ni tocarlo: «Yo lo puedo besar en mi casa, en los cuadros que tengo. Yo vengo a la cola para hacerle penitencia, que vea que estoy aquí. Porque para mi es todo, me ha ayudado mucho». A ella, que lleva 35 años viniendo, le parece bien la medida porque «no a todo el mundo le da igual y hay que respetarlo».

No está tan de acuerdo Manuela, que lleva 16 días haciendo cola. Alguna noche se ha quedado y normalmente está guardando el sitio desde las seis y media de la mañana hasta las ocho de la tarde. «Cuando me voy me guardan el sitio y yo a ellos. Nos vamos turnando». Para Manuela, que lleva viniendo casi cada viernes «aunque esté lloviendo o nevando», afirma que no tiene miedo a la enfermedad: «Prefiero coger el coronavirus antes de quedarme sin besar a mi Cristo», asegura. Esta noche pasará a la iglesia aunque sea sin besarle por primera vez en 45 años.

Fachada de la basílica del Cristo de Medinaceli. C.C.