Daniel de Vicente sufre Déficit de Esfingomielinasa Ácida, una enfermedad rara

Daniel de Vicente sufre Déficit de Esfingomielinasa Ácida, una enfermedad rara I.E.

Salud

Vivir con una enfermedad rara: "Participar en un ensayo clínico ha cambiado mi vida"

Daniel de Vicente padece ASMD, una enfermedad genética que le provocó su primer ingreso siendo un bebé de seis meses. El diagnóstico llegó a los 36 años. La pandemia de Covid ha tenido un fuerte impacto en este colectivo.

Desde bien pequeño Daniel de Vicente asumió que no podía correr como sus compañeros de clase. Se quedaba siempre el último en el patio y era incapaz de seguir el ritmo de sus amigos sobre la bici. Tampoco podía comer como los demás, por sus continuas molestias gastrointestinales y la sensación permanente de saciedad que tenía bajo un abdomen siempre inflamado. «Esa era mi vida desde que con seis meses me ingresaron por primera vez. Aquello quedó como una gastrointeritis muy fuerte, pero ni entonces ni durante mi infancia o adolescencia un médico se atrevió a darme un diagnóstico, ni siquiera erróneo», cuenta este paciente de ASMD o Niemann-Pick B, una enfermedad rara que no llega al medio centenar de casos España y unos 1.500 o 2.000 en todo el mundo.

Tras los problemas gastrointestinales llegaron otros de carácter respiratorio, su capacidad pulmonar iba mermando mientras su abdomen se inflamaba cada vez más. Sus padres circularon con él durante toda su infancia por distintos especialistas y hospitales de Madrid, donde vivían, hasta que llegó a la pubertad. «Con la adolescencia te vuelves rebelde y dices ‘esto de los médicos se acabó’. Y a pesar de que no te encuentras bien, asumes que has nacido así, porque puedes llevar una vida más o menos normal», explica.

Durante todos esos años su hermana menor, con la que se lleva nueve años, iba creciendo con una sintomatología parecida: «A ella le hicieron muchas pruebas también, incluso una biopsia hepática, pero tampoco consiguieron diagnosticarla».

Solo fue después de cumplir los 33, licenciado en farmacia y ya padre de dos hijos, cuando el empeoramiento de los síntomas llevó a Daniel a volver a buscar respuestas a lo que le pasaba: «Cada vez estaba más fatigado, empezaba a tener dolores generalizados en las piernas y articulaciones y diarreas más fuertes. Decidí retomar el tema de los médicos. Vieron que tenía las analíticas más alteradas y empecé un periplo por cuatro especialidades diferentes y tres centros hospitalarios».

Tras pasar por neumología, digestivo y nefrología, Daniel de Vicente terminó un día, ya con 36 años, en la consulta del hematólogo Jesús Villarrubia, en el Hospital Ramón y Cajal de Madrid. «Me vio, me hizo una punción medular y antes de llegar a mi casa me llamó por teléfono para darme el diagnóstico: Déficit de Esfingomielinasa Ácida o ASMD. Una enfermedad de depósitos lisosomales, genética, degenerativa y sin tratamiento».

Jesús Villarubia, hematólogo del Hospital Ramón y Cajal, junto a Daniel de Vicente, paciente suyo por el Déficit Esfingomielinasa Ácida
Jesús Villarubia, hematólogo del Hospital Ramón y Cajal, junto a Daniel de Vicente. IE. I.E.

Una mutación del gen SMPD1

En ese momento en Daniel se cruzaron un mar de emociones. El alivio de poner nombre a los síntomas que le habían acompañado desde siempre. El miedo tras descubrir que padecía una enfermedad degenerativa sin tratamiento. Y una amenaza, la de que sus dos hijos pudieran padecer también la enfermedad. «Esta enfermedad la provoca una mutación en el gen SMPD1 que provoca el déficit o la incapacidad para producir una enzima, la esfingomielinasa ácida. Es un gen recesivo, por lo que es necesario que tanto el padre como la madre tengan esa mutación», indica el hematólogo Jesús Villarrubia, que desde entonces lleva el caso de Daniel y que en aquel momento le tranquilizó porque la posibilidad de que sus hijos estuvieran enfermos era, más o menos, como que le volviera a tocar la lotería por segunda vez. De momento, los pequeños están sanos.

Lo que provoca la carencia o escasez de esta enzima, destinada a degradar un tipo concreto de lípidos, es que estos se acumulen formando depósitos en las células de distintos órganos. «Empiezan a afectar a al bazo, al hígado, a la médula ósea, a los huesos y, en los casos más graves, al sistema nervioso central», explica Villarrubia. De hecho, dentro de la enfermedad hay tres tipos y el de Daniel es el de mejor pronóstico. «Hay una forma, la neurovisceral infantil, en la que la afectación es principalmente neurológica y la esperanza de vida no supera los tres años. Después está la forma neurovisceral crónica, en la que también hay afectación neurológica y sistémica y la esperanza de vida está sobre los 20 años. La de Daniel es la llamada visceral crónica, en la que el déficit de la enzima es algo menor y tiene una sintomatología muy variable, con casos que fallecen en la infancia y otros registrados que han llegado hasta los 70 años», explica el investigador, que lleva más de dos décadas estudiando enfermedades raras.

Desde ese momento, este hematólogo se convirtió en el coordinador de un equipo multidisciplinar que sigue el caso de Daniel y en que también participan un nefrólogo, un neumólogo, un digestivo y un cardiólogo.

Tras el diagnóstico llegó para Daniel la hora de asumir que no había un tratamiento pero su hematólogo recordó que había escuchado acerca de un ensayo clínico internacional que estaba probando una terapia de sustitución enzimática para ASMD. Averiguó los detalles y llamó a su paciente, el primero al que trataba con esta enfermedad rara. «Me lo propuso y me dijo. Piénsatelo bien. Si estás decidido, muevo todo lo que pueda para traer el ensayo a España. Pero participar requiere sacrificio», recuerda Daniel.

Un siglo conociendo la enfermedad

Esta enfermedad, que aún no tiene un tratamiento aprobado, fue descrita por primera vez en 1914 por el pediatra alemán Albert Niemann. En 1927 Ludwig Pick le dio su entidad definitiva separándolo de otro trastorno similar, el síndrome de Gaucher. Por ello ASMD también era conocida hasta hace poco como enfermedad de Niemann-Pick A y B. «Se descubrió por primera vez en unos niños de origen judío ashkenazi, una comunidad donde hay mucha endogamia, que aumenta la posibilidad de que coincidan personas con la mutación. Por ello esta enfermedad es más propia en regiones de América Latina y otras donde conviven etnias o grupos aislados», explica Villarrubia.

Por eso, más de un siglo después hay tantas esperanzas puestas en el ensayo clínico. La terapia que está probando Daniel se basa en la enzima sintetizada que se inyecta a los pacientes cada dos semanas. Es un tratamiento de por vida cuya administración dura cinco horas y que por el ensayo requería hasta el inicio de la pandemia (el ensayo no se ha parado pero se hace en hospital de día), un ingreso de 48 horas para el seguimiento del ensayo con cada inyección, además de otras pruebas y analíticas periódicas.

«Participar en el ensayo me ha condicionado en todos los sentidos, personal, laboral y de ocio. Pero me ha cambiado la vida, los resultados han sido buenos y he podido hacer cosas tan cotidianas pero imposibles para mí hasta ahora como salir a correr o montar en bici con mis hijos, subir las escaleras o ir a hacer la compra andando», explica Daniel, que también ha vuelto a disfrutar de la comida al no tener «una sensación de saciedad permanente que apenas me permitía tomar unos bocados». Pese a que su figura es delgada, desde que está en el ensayo ha ganado ocho kilos.

En el momento en que empezó en el ensayo, promovido por la farmacéutica Sanofi, Daniel había perdido el 50% de su capacidad pulmonar y aproximadamente el 40% de su hígado y bazo, con una inflamación ya muy importante. Tras un primer largo año esperando resultados (al principio no sabía si estaba recibiendo el fármaco o era del grupo control), estos llegaron. Y fueron muy buenos. «Los resultados son espectaculares. Muy muy esperanzadores, reducciones de los depósitos en el bazo del 40%, del hígado el 50% y la capacidad pulmonar mejorada en un 30 o 40%. El gran hándicap es el sistema nervioso central, que afecta a las formas más graves», explica el hematólogo.

Las enfermedades raras y el coronavirus

Gracias a su formación farmacéutica, Daniel se dedica ahora a dar charlas en España y en el extranjero para dar a conocer la enfermedad y los resultados del ensayo, que está cerca de concluir y empezar «la siguiente batalla». «Ahora nos tocará luchar por que consiga llegar a la gente, estas terapias huérfanas tienen un precio muy elevado», reconoce Villarrubia.

Otro de los retos es hacerla llegar a los más pequeños. España consiguió participar en el ensayo de adultos con cuatro personas (otra de ellas es la hermana de Daniel) pero no en los niños. «Hay algunos pequeños que están muy mal, que necesitan la terapia ya; estamos intentando que la puedan recibir con una licencia de tratamiento compasivo», explica el hematólogo.

El tratamiento es la gran esperanza para el resto de pacientes que, sin participar en los ensayos, apenas pueden recibir tratamientos analgésicos para el dolor y los que necesitan ante infecciones respiratorias, muy comunes cuando va mermando su capacidad pulmonar.

Esta merma de la función respiratoria es la que especialmente les ha convertido en población de riesgo frente al Covid. En la pandemia, la mayoría han permanecido en sus casas y los pacientes infantiles siguen, después de casi un año, sin acudir a clase.

Sobre la afectación de la pandemia a los pacientes de enfermedades raras, que son en España unos tres millones, llama la atención la Federación Española de Enfermedades Raras, FEDER, a colación de su Día Mundial este 28 de febrero. «Nueve de cada 10 personas con enfermedades raras o en búsqueda de diagnóstico han visto interrumpida la atención de su patología, especialmente en lo relativo a terapias, pruebas diagnósticas, consultas con especialistas e intervenciones quirúrgicas», afirma Juan Carrión, presidente de FEDER.

«Estos enfermos tienen una doble vulnerabilidad, son necesarias más investigaciones porque sólo se investiga el 20% de las enfermedades raras», denuncia Carrión, quien además recuerda que durante este año y la paralización de la actividad sanitaria han sido las asociaciones de pacientes las que han soportado el trabajo: «Es necesario apoyar su acción en un momento, además, en que las demandas de las familias son crecientes».

Daniel se siente afortunado porque su tratamiento experimental no se ha visto afectado por la pandemia: «Cuando me diagnosticaron pensé que me iba a morir pronto y sé que he tenido mucha suerte, por eso ahora doy charlas y trato de hacer llegar la enfermedad a la gente. Espero que mi caso pueda servir a otras muchas personas en el futuro».

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