Salud Día Mundial de Prevención del Suicidio

Hablar para superarlo: "Años después de intentar suicidarme vi que no lo había solucionado"

Los psicólogos advierten de que en 2020 se duplicaron los intentos entre los jóvenes y reclaman un plan nacional de prevención.

María de Quesada intentó suicidarse con 15 años y ahora cuenta su experiencia y la de otras personas en 'La niña amarilla'.

María de Quesada intentó suicidarse con 15 años y ahora cuenta su experiencia y la de otras personas en 'La niña amarilla'. Fran de Sousa

Un cuchillo en la mesilla de noche, una cinta de Camela y las páginas amarillas eran todo lo que María utilizaba para refugiarse. Hace 26 años ella había cumplido 15 y sabía que necesitaba ayuda pero no cómo encontrarla. Subrayaba en las hojas de la guía telefónica teléfonos de psiquiatras o ayuda a adolescentes a los que nunca llamaba. Fantaseaba con utilizar lo que guardaba muy cerca de su almohada y ya no sabía si llorar durante toda la tarde escuchando canciones de amor era normal. Tenía un agujero interior desde hacía tiempo y que la dejara su primer amor fue solo la excusa para intentar suicidarse. Afortunadamente, no lo consiguió.

En España hay cada año cerca de 4.000 muertos oficiales a causa del suicidio, aunque los psicólogos estiman que en realidad son bastantes más. Entre los jóvenes de 15 a 29 años el suicidio ha desbancado al cáncer como primera causa de muerte no natural y los intentos durante la pandemia (por cada acto consumado se estiman 20 intentos) han aumentado entre los jóvenes un 250%. Es un dato que ofrecía el Colegio Oficial de la Psicología de Madrid esta semana en la presentación del proyecto “Hablemos de… suicidio”, que coordina el psicólogo Luis Fernando López: “Se ha hablado mucho de que los niños y jóvenes han llevado bien la pandemia pero nosotros estamos viendo mucha frustración, mucho miedo… Los jóvenes están viviéndolo de forma muy interiorizada pero sí se expresan más en las redes sociales. Allí despliegan más su dolor y su desesperanza y encuentran a veces, muy lejos de quién les puede ayudar como su familia o profesionales, un ambiente donde se habla de autolesión o suicidio como una forma equivocada donde enfocar sus emociones”.

El informe 2020 de la Fundación ANAR refleja tanto un aumento de ideaciones suicidas entre los jóvenes (244%) como de autolesiones (240%). El impacto de la pandemia «alteró todas las problemáticas que afectan a menores de edad y agravó muchas de ellas», afirma en su informe esta ONG centrada en la atención a los niños y adolescentes en riesgo.

María recuerda cómo a sus 15 años se sentía incapaz de verbalizar sus emociones. Incluso tras el intento de suicidio éstas quedaron ocultas. Estuvo ingresada tres días, tomó un tratamiento pero no acudió a terapia. A la semana siguiente volvió al instituto y enterró el tema. No lo volvió a hablar con nadie, ni siquiera con sus padres. “A los 23 años volví a estar mal, fui a terapia pero tampoco solucioné todos mis problemas”, recuerda María.

Algo hizo clic en su corazón cuando en una formación laboral, muchos años después, una persona se levantó y contó que había tratado de quitarse la vida. “Noté un calor, algo por dentro y me di cuenta de que no lo había solucionado. Tenía una pareja y dos hijos que no sabían lo que había pasado, tampoco mis amigos actuales. Me di cuenta que tenía que hablarlo y hacer algo para superarlo”, asegura María, que ahora ha escrito La niña amarilla, el resultado de un proyecto en que 23 personas han compartido sus intentos de suicidio para tratar de convertirlos en una herramienta de prevención. Los beneficios del libro son para una asociación que han creado con el mismo nombre.

Los psicólogos insisten en que el suicidio – y especialmente entre los jóvenes – está aumentando con la pandemia y advierten de los grandes problemas de salud mental que ésta está trayendo. «Hasta ahora hemos hablado mucho de la fatiga pandémica pero poco de la rabia pandémica. No poder gestionar las emociones genera conflictos que van a necesitar de una vigilancia pública de alto nivel», afirma López.

Comunicar para normalizar el problema es clave según el psicólogo: «La educación y formación en inteligencia emocional, resolución de conflictos o habilidades sociales es clave, así como dar herramientas a los profesionales para que sepan detectar y acompañar en estas situaciones».

Aunque «con pequeños avances en los últimos cinco años», López cree que «el suicidio sigue muy silenciado y así es muy difícil de gestionar, porque la sociedad ni siquiera lo entiende. Hay que hablarlo abiertamente para encontrar espacios donde se pueda gestionar», añade.

Y es que los datos son abrumadores. En distintas estrategias de prevención del suicidio como las de País Vasco o Comunidad Valenciana se afirma que el 50% de quienes se suicidan lo habían intentado previamente, de ahí el reto de tratar a quienes lo han intentado. Por otro lado, en la revista Psiquiatría y Salud Mental un artículo de 2020 estimaba entre un 35 y un 50% el riesgo de suicidio entre quienes han tenido una tentativa previa.

López incide en la necesidad de que se apruebe al fin un Plan Nacional de Prevención del Suicidio: «Parece una broma que aún no lo tengamos. Necesitamos una estrategia nacional que coordine, que unifique criterios para que deje de haber estas carencias». Distintas asociaciones llevan años reclamando este plan que sólo algunas comunidades autónomas han llevado a cabo.

Para María, hablarlo dos décadas después fue un alivio. «Después de todo el tiempo que lo había ocultado sentí la necesidad de contarlo para integrarlo dentro de mi vida. Porque aquello es parte de cómo soy y quién soy ahora. Contarlo y a través del libro poder beneficiar a alguien más me ha ayudado mucho. Ahora sé que cuando ocurrió lo tapamos y eso no ayudó. Sé que hicimos lo que pudimos, porque es un tabú. Ahora de nuevo estoy yendo a terapia porque me ayuda ahora que estoy volviendo a revivirlo todo», afirma contenta María, que un día intentó suicidarse y ahora quiere compartir su historia: «La niña amarilla somos todas las mujeres y hombres que un día quisimos desaparecer y que hoy estamos aquí compartiendo desde
el amor».

Canales de ayuda para casos de riesgo de suicidio o de casos en los que pueda requerirse apoyo psicológico.

El Teléfono de la Esperanza (717 003 717) es uno de los recursos con más larga trayectoria en este tipo de ayuda. Además, existe el Teléfono contra el Suicidio (911 385 385) o entidades como la red AIPIS-FAEDS dirigida a dar apoyo a familiares o amigos que han perdido un ser querido por suicidio o ‘Papageno’, la Asociación de Profesionales de Prevención y Postvención del Suicidio.

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