En España, se estima que ocho de cada diez mujeres que ejercen la prostitución no lo hacen por decisión propia. Esta actividad se mueve en una “zona gris”, entre lo permitido y lo prohibido, sin un marco legal definido. No existe un registro preciso que permita diferenciar a las mujeres que ejercen la prostitución de manera voluntaria de aquellas que son víctimas de trata, lo que dificulta el análisis del fenómeno y contribuye a que el tema permanezca al margen del debate político y social más allá de lo ideológico.

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El lenguaje popular refleja crudamente esta realidad: “putas”, “chulos” y “puteros”. Términos, aunque vulgares, profundamente arraigados en el imaginario colectivo de un país que lidera la demanda de servicios sexuales en Europa, según informes de la ONU y asociaciones como APRAMP (Asociación para la Prevención, Reinserción y Atención a la Mujer Prostituida).

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Si hay un dato destacable en el panorama de la prostitución en España, es que la mayoría de las mujeres que ejercen esta actividad son extranjeras, procedentes de países como Colombia, Brasil, Nigeria, Rumanía o Ucrania. La mayor parte de ellas tiene entre dieciocho y treinta años. Esta realidad refleja no solo un fenómeno migratorio, sino también una estructura de explotación que se aprovecha de la vulnerabilidad de quienes llegan a un país desconocido en busca de mejores oportunidades.

Un censo imposible

Junto al periodista Álvaro Hermida, analista del tema, y al testimonio de una trabajadora sexual, cuyo nombre permanecerá en el anonimato, se abordan a continuación aspectos como la situación legal de las mujeres que ejercen este trabajo y el debate en torno a la dignidad. “Creo que no existe dignidad alguna si estás forzada a ejercer una profesión”, constata Hermida.

El periodista subraya la falta de datos exactos ante un modelo abolicionista: “Tú ahora mismo sabes exactamente qué cantidad de contables hay en España, alfareros, forjadores o personas que limpian en casas; Hacienda lo sabe, porque todas esas profesiones tienen un marco legal. Con la prostitución no ocurre eso, está en un vacío”. Situaciones similares a la que se presenta en España podemos observar en otros países europeos, como Suecia, Noruega o Irlanda, que aplican también el modelo abolicionista, un modelo que no penaliza a las trabajadoras, pero sí a terceros que gestionan y controlan sus ingresos (proxenetas) y a los clientes.


La importancia del entorno y la falta de oportunidades

En África, el vudú; en Europa del Este, la violación grupal; y en América Latina, la falsa promesa de un empleo digno como camareras. Estas son tres de las estrategias ligadas al entorno cultural más utilizadas por las redes de trata de personas para someter a mujeres a una dependencia absoluta. Bajo amenazas, coerción y engaños, las víctimas son forzadas a asumir deudas imposibles de saldar, lo que garantiza su explotación a largo plazo en condiciones de esclavitud moderna. Un aspecto que se ve con nitidez en el libro de Antonio Salas El año que trafiqué con mujeres.

El origen socioeconómico y cultural no es algo que deba pasarse por alto, ya que la falta de oportunidades en estos países es el principal motivo que lleva a estas mujeres a decidir vender su cuerpo. “Los proxenetas buscan vulnerabilidad e indefensión, y es muy difícil encontrar indefensión en mujeres españolas”, explica el periodista Álvaro Hermida. Esto explica por qué aprovechan la situación de mujeres que no hablan el idioma, que están aisladas, que no tienen contactos o que no poseen los papeles en regla, factores clave que permiten que terceros se beneficien de una actividad basada en el “dar el sí a los vicios de los hombres”.


Salud, dignidad y segundas oportunidades

“Dado que no es una actividad regulada, no puede existir un sistema de riesgos laborales si el Estado considera que la profesión no existe”, comenta Álvaro Hermida. Por esta situación, la salud de las trabajadoras es un tema que recae sobre su responsabilidad, y en el caso de contraer enfermedades de transmisión sexual deberán realizar los tratamientos y seguimientos al margen de su profesión. Si bien es cierto que, en este caso, el uso de preservativos es normativo en la mayoría de los clubes de alterne en nuestro país, no por ello la posibilidad de contagio deja de existir. En ese caso, salvo que tengan otra actividad que les permita estar cubiertas por la Seguridad Social, las trabajadoras deberán sufragar por su cuenta los análisis rutinarios y los tratamientos a través de sus proxenetas.

Según un estudio del Ministerio de Igualdad, el número de mujeres que se encuentran ejerciendo el oficio ronda las 114.000, aunque lo más probable es que este número sea mucho más elevado, ya que muchas de ellas se encuentran“fuera del radar”. Existen asociaciones dedicadas específicamente a mujeres que han pertenecido a este mundo o tratan de salir de él, como APRAM, Amaranta y Proyecto Esperanza, en las que se les ofrecen nuevas oportunidades y alternativas en el mundo laboral que las lleven a ser incorporadas a la economía formal española y, por lo tanto, tengan derecho a un empleo digno y decente.

La otra cara de la prostitución

Aunque en menor proporción, también existe un grupo de mujeres que afirma ejercer la prostitución por decisión propia, considerándola una vía rápida para obtener ingresos. Sin embargo, la línea entre la "voluntad propia" y la "necesidad" resulta sumamente difusa.

Estas mujeres no han sido víctimas de redes de trata, ya que en sus países de origen se implementan cada vez más medidas para prevenir los engaños. Aun así, muchas se han visto forzadas a elegir este camino ante la falta de alternativas viables.

Lo más llamativo es que, en numerosos casos, se trata de mujeres con formación académica y títulos profesionales que, en otras circunstancias o en otro país, les habrían permitido ejercer la carrera para la que se prepararon. Son mujeres capacitadas que, pese a ello, han optado por promocionar sus servicios en páginas web y gestionar de forma autónoma sus agendas para atender a domicilio.

Una de ellas, una mujer brasileña de veintiséis años que ingresó al mundo de la prostitución a los dieciocho años, relata su experiencia como trabajadora sexual en España. Al principio, estuvo bajo el control de un proxeneta y ofrecía sus servicios en plazas. Actualmente ejerce de forma autónoma. Vive en un piso compartido con otras mujeres de su país y gestiona directamente sus citas llevando una vida relativamente normal.

Ella llegó a España como turista y terminó quedándose tras superar el plazo de su visado. Se dedicaba a lo mismo en su país de origen, por lo que ya conocía la actividad, pero destaca que la principal diferencia entre España y Brasil es la seguridad: “Tener más libertad y no tener tanto miedo”.

“Es complicado, porque al final no tienes el control y siempre dependes de lo que la persona te mande o de los clientes que te asignen. No tienen sensibilidad para elegir a las personas; te mandan a cualquiera, y eso es peligroso”, explica. Actualmente, su rutina es común: se levanta, prepara su habitación, va al gimnasio y espera en casa a que le surjan clientes, con un promedio de cuatro al día. Además, comenta que el perfil de sus clientes suele ser español, entre treinta y cuarenta años, aunque “en verano cambia mucho porque hay más extranjeros”.

“No es algo que hagamos pensando que lo vamos a hacer toda la vida”, cuenta, respondiendo a si alguna vez se ha planteado dejar este trabajo. También menciona que en su país había estudiado nutrición, aunque posee un diploma sin homologar en España.

Mujeres como ella deben enfrentarse diariamente a una constante lucha contra los prejuicios, esquivar los riesgos de la adicción a las drogas y lidiar con clientes desagradables.

Entre prejuicios: la realidad de quienes venden su cuerpo

Los prejuicios y el rechazo social hacia la prostitución son algunos de los principales obstáculos que afrontan las trabajadoras sexuales. Según relatan, uno de los aspectos más difíciles es asumir que encontrar una pareja estable será más difícil. En el caso de la mujer consultada, decidió dejar la actividad durante dos años mientras mantenía una relación sentimental estable. Sin embargo, tiempo después retomó el trabajo. Afirma haber notado una gran diferencia cultural en el comportamiento de los hombres españoles respecto a este tema.

Otro problema habitual al que se enfrentan las trabajadoras sexuales es el trato con clientes conflictivos. Muchas denuncian que, en numerosas ocasiones, deben atender a hombres bajo los efectos del alcohol, que no aceptan un “no” por respuesta, lanzan amenazas o exigen prácticas que superan los límites acordados. “Pegar, sofocar e incluir heces”, menciona la fuente al describir algunas de las situaciones que ha vivido en su jornada laboral.

Finalmente, reconoce que lo que comenzó como una necesidad económica no es la vida que desea, y que, una vez homologado su diploma, le gustaría ejercer la profesión que siempre ha querido: nutricionista.

Entre la aparente autonomía de unas y la esclavitud encubierta de otras, queda una pregunta abierta que interpela a la sociedad: ¿dónde nace realmente el problema de la prostitución? ¿En los traficantes, los proxenetas o en la demanda de los clientes?