Esta ha sido la semana de David Uclés. En apenas tres días, el joven autor jienense ha derrotado al escritor más poderoso de España, Arturo Pérez-Reverte, y ha logrado reavivar el debate sobre la Guerra Civil en unos términos y con una eficacia que ya hubiera querido el Gobierno para España en Libertad, el fallido proyecto conmemorativo con el que Moncloa pretendió capitalizar el cincuenta aniversario de la muerte de Franco. Todo ello en vísperas del lanzamiento de La ciudad de las luces muertas, la novela ganadora del Premio Nadal que se publica este 4 de febrero y con la que Uclés aspira a revalidar el éxito de La península de las casas vacías, best seller sorpresa y de cocción lenta que lleva vendidos más de 300.000 ejemplares. En la batalla de egos, el guerrillero Uclés se ha declarado insospechado vencedor sobre el hasta ahora invicto Pérez-Reverte, logrando de paso una impagable promoción para su nuevo libro. Pero por el camino, el debate público sobre la Guerra Civil, de la que este año se cumplen 90 años, ha descendido a cotas ínfimas de manera vertiginosa.

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Merece la pena repasar la secuencia de lo sucedido. El pasado domingo 25 de enero, cuando David Uclés se enteró de que iba a compartir cartel con José María Aznar e Iván Espinosa de los Monteros en la XI edición de Letras en Sevilla, decidió apearse de este ciclo que debía celebrarse la próxima semana en la capital andaluza. No llamó a los organizadores –Pérez-Reverte y el periodista Jesús Vigorra– para comunicarles su decisión, sino que se grabó y subió a Instagram un vídeo en el que expresaba su malestar por el título del ciclo –"1936, la guerra que todos perdimos"– pero sobre todo proclamaba en términos taxativos su incompatibilidad con dos "personajes" a los que días después se referiría en una entrevista concedida al diario El País como figuras "antidemocráticas".

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Uclés canta victoria

El mensaje de Uclés, una evidente pieza performativa, precipitó una reacción primero airada y luego torpe de los organizadores, que intentaron sofocar la polémica añadiendo unos interrogantes al título de las jornadas y dando unas explicaciones que no hicieron sino empeorar la situación. Algunos amigos y colaboradores de Pérez-Reverte salieron urgentemente en su apoyo, echando en realidad leña al fuego con varios artículos en los que criticaban e incluso ridiculizaban a Uclés. El resultado fue contraproducente, ya que galvanizó la adhesión al joven novelista de buena parte de la izquierda que le tenía ganas al autor de Alatriste, e incluso de aquella que venía desdeñando con crueldad a Uclés. Finalmente, el miércoles 28 de enero, después de tres días de refriega en medios y redes y tras las pertinentes consultas con Pérez-Reverte y Vigorra, la Fundación Cajasol, patrocinadora de la cita, decidió posponerla, en el mejor de los casos hasta el otoño, debido a las bajas de otros participantes.

Mientras Pérez-Reverte y Vigorra respiraban por la herida y denunciaban que las amenazas de grupos de ultraizquierda y las presiones de Podemos y su entorno –incluido el director del Instituto Cervantes, Luis García Montero– habían precipitado la cancelación del encuentro, Uclés celebraba la "victoria" de quienes "nos atrevemos a señalar mensajes que blanquean el fascismo y el franquismo, por mucho poder que tenga el organizador". "No tengo miedo al diálogo (...), pero nunca conversaré con aquellos que desean derribar los derechos sociales que tanto nos costó levantar, tampoco con criminales de guerra ni secundaré ningún acto en el que participen".

Cómo combatir (y ganar) huyendo

El mismo domingo del vídeo de Uclés, Edu Galán había publicado en Zenda, el órgano digital de Pérez Reverte, una columna, titulada "Cómo combatir huyendo", en la que el cofundador de la revista Mongolia se preguntaba cómo pretendía el novelista "combatir a esas figuras y sus valores" que tanto le repugnaban si no se presentaba a debatir con ellos. Tres días después, los hechos demostraron que a Uclés, sin otra mediación que su cuenta de Instagram, le había bastado el sentido de la oportunidad y el dominio del lenguaje de las redes no solo para combatir sino para cantar victoria.

La sucesión de acontecimientos sorprendió a todos los implicados. Los políticos, que Pérez-Reverte y Vigorra siempre invitan a Letras en Sevilla para dar lustre a la cita, están más acostumbrados a la escaramuza ideológica y la demagogia, moneda común en su oficio. Pero no tanto los historiadores, en este caso un grupo plausible y variado de especialistas de todas las sensibilidades ideológicas, todos ellos grandes conocedores de la Guerra Civil (y, pese a ello, mucho menos susceptibles que Uclés ante el título de unas jornadas que dejan mucho margen de interpretación más allá de la estricta literalidad).

Entender las razones del otro

"Un lugar donde todo el mundo piensa lo mismo es un lugar donde alguien ha dejado de pensar", recuerda Enrique Moradiellos, catedrático de Historia y uno de los autores que conocen bien la guerra, autor de una tesis sobre la intervención extranjera en la Guerra Civil, de una excelente síntesis del conflicto –Historia mínima de la Guerra Civil– que fue Premio Nacional de Historia, de una biografía de referencia sobre Juan Negrín y de un libro ejemplar sobre la figura de Franco, Anatomía de un dictador. "El diálogo se hace con contrarios, con adversarios, y no solo con coincidentes. Por eso yo no tengo ningún inconveniente y nunca lo tuve en discutir con personas de muy distinto signo político, o de muy distinta percepción y concepción historiográfica", añade. La cuestión es que Uclés ni siquiera iba a debatir con Aznar o Espinosa de los Monteros.

Moradiellos es uno de los historiadores que estaban a los encuentros de Sevilla, junto al maestro de contemporaneistas Juan Pablo Fusi, Manuel Álvarez Tardío, Fernando del Rey, autores de declarada orientación progresista como Zira Box y Julián Casanova o Gutmaro Gómez Bravo. De todos ellos, solo Zira Box decidió secundar a Uclés, y lo hizo empujada en buena medida por la presión ambiental, como reconocía en un artículo publicado el martes 27, un día antes de la cancelación del encuentro, en eldiario.es: "Podría argumentar motivos heroicos que gustarían a los 'míos' y que encajarían con muchos con quienes comparto voto político. Pero no sería verdad. La realidad es más prosaica, y es que la sobreexposición involuntaria en redes y la presión sentida por parte de mucha gente de quien hubiera esperado un intercambio argumental más sosegado me han hecho renunciar a ir a un espacio en el que creo que debemos estar".

Una "polémica artificial"

El domingo pasado, Gutmaro Gómez Bravo asistía a un partido de baloncesto cuando le empezaron a entrar mensajes en el teléfono informándole de la movida Uclés y sugiriéndole que se apeara del evento. El catedrático de la Complutense, que la próxima semana publica su nuevo libro, Cómo terminó la guerra civil española (Crítica), confirma a El Independiente que también se enteró el domingo del cartel completo de Letras en Sevilla y del título del ciclo. Vigorra le había ofrecido participar hacía meses y él solo había puesto la condición de ir con otros historiadores. "A partir de ahí, me desentiendo", explica.

Gómez Bravo cree que la organización no lo hizo bien y reaccionó peor. "Si hubieran querido, no hay polémica. Hasta podrían haber defendido mejor lo del título". No obstante, no se le pasó por la cabeza dejar de ir, pese a las dificultades de transporte impuestas por el accidente de Adamuz. "Me llamó mucha gente para que me quitara, pero me negué. Hablé con Fernando del Rey y con Tardío, también con Fusi y con Moradiellos. No entendían nada. Todos iban a ir".

Los buenos historiadores tienen muy interiorizado el principio de contradicción y el método científico. Están acostumbrados a confrontar sus tesis con las fuentes y con otros compañeros. Y aplican su adiestramiento fuera de la academia cuando, unos más que otros, deciden intervenir en los debates públicos. Gómez Bravo es de los que cree que hay que procurar que la Historia esté presente en la sociedad, que los ciudadanos reconozcan su discurso, los protocolos y el rigor de la disciplina, y con ello la verdad histórica, con sus virtudes y sus limitaciones. Por eso cree que cuando a uno le llaman, hay que ir. Y no oculta su preocupación ante lo que esta "polémica artificial" representa. "No estamos mirando bien el pasado. Estoy aterrorizado de cómo lo simplificamos todo". 

Un "decorado" para la polarización

A su juicio, controversias como la desencadenada por Uclés evidencian que "el estudio y el debate de la Guerra Civil no le interesan a nadie. Está ahí y se utiliza como un decorado que es perfecto para el momento que vivimos. Y a los historiadores nos instrumentalizan, somos el relleno, somos los minutos de la basura, como en el baloncesto".

Según Gómez Bravo, vivimos una confusión radical entre el pasado político de la sociedad y su presente. Y así se explica, por otra parte, que en jornadas como las de Sevilla se llame a participar a políticos de izquierda y derecha como si representaran a las izquierdas y las derechas de entonces. "El presentismo es nuestro enemigo", asegura, contundente, el historiador madrileño.

En ese contexto se producen las extravagantes manifestaciones de Uclés sobre Aznar y Espinosa de los Monteros. "Usando la historia, se pretende expulsar del espacio público a los que yo digo que son herederos de algo. Pero ¿quién califica eso? Ya no se trata de hacer un cordón sanitario a la extrema derecha, sino de cavar una trinchera".

Un escenario de buenos y malos

Uclés se ha referido estos días a Aznar y Espinosa de los Monteros como personas que han "quebrado los derechos fundamentales del hombre". Cuando el pasado lunes se preguntó a Uclés desde este periódico sobre qué había querido decir en su vídeo con aquello de que Aznar era "la persona que más daño físico ha hecho al pueblo español recientemente", prefirió no responder. Estos días ha hablado de "criminales de guerra", de "figuras antidemocráticas" para referirse a dos personas que fueron votadas por los ciudadanos. Aznar, de hecho, fue elegido presidente del Gobierno en dos ocasiones, la segunda por mayoría absoluta –y tomó además la decisión, inédita en la democracia española, de no presentarse a un tercer mandato–.

Para Gómez Bravo, más allá de la intencionalidad espuria, posicionamientos como el de Uclés reflejan a la perfección la tentación de una determinada izquierda identitaria. "No tenemos proyecto pero todos somos antifascistas", resume. Una actitud a la que tampoco son ajenos los jóvenes historiadores. "Te llaman equidistante, que hoy es lo peor que te pueden llamar. Es más fácil simplificar, no investigar y acusar".  

Es la historia como arma de polarización, la consolidación de "un escenario de buenos y malos" basado en el sesgo de confirmación de cada cual. Pese a todo, Gómez Bravo está convencido de que "se puede hablar de la Guerra Civil sin reducirla a algo infantil, a un cómic, ni perpetuando el guerracivilismo", y volver a "normalizar el debate, como lo ha habido siempre", acerca de una guerra que quizá no la perdimos todos, "pero que es una tragedia de todos".