Sánchez ya sólo puede ir de carroza en carroza, como una sirena de carroza. Se monta en Barcelona un trono de sirena ante la progresía mundial que no hace progresar nada, ante la democracia puramente sentimental que desmantela la separación de poderes, como ha hecho Sheinbaum a pesar de sus poemas al amor (decía Gide que con los buenos sentimientos sólo se hace mala literatura). Luego, se monta otro trono de sirena entre las parras podridas del PSOE andaluz, ante lo que queda de las “criaturitas” de los ERE y de los señoritos, mayorales y saeteros socialistas que mantuvieron Andalucía en el atraso y la pobreza 40 años. Entre carroza y carroza, Sánchez irá en pecera, en cubito de playa o en brazos de algún marinero. Si pusiera en la tierra, o sea en la realidad, el pie, la cola, la extremidad de escama o colágeno que tenga, caería, colapsaría, o lo freirían como un salmonete, que es lo que le pasa luego, en la calle, en las urnas y en los tribunales. De Barcelona a Huelva, como una miss de champú, como una trapecista de sombrillita, como una sirena asardinada, como una drag queen gallinácea, Sánchez ha viajado de carroza en carroza, de pompa en pompa, de tirabuzón en tirabuzón, de estanque en estanque. Nada de eso es la realidad, ni España, ni la política, ni la izquierda. Sólo es Sánchez intentando respirar por branquias y lentejuelas.
Los progresistas incapaces de progreso, los demócratas autocráticos, el pomponeo iliberal de una izquierda populista, folclórica, retórica y ruinosa… Sí, no se puede decir que Sánchez no mereciera el trono de la cumbre de Barcelona, con contouring, peluca y hasta tridente, un trono como de Maléfica, a quien Sánchez cada vez se parece más. Lo de Barcelona, una reunión de poetastros chancleteros, populismos de fideo, peronismos de bata de cola y tribalismos de alpaca, no tiene nada que ver con la socialdemocracia europea, la de Mitterrand, Brandt, Palme y hasta Felipe González. Ya hace mucho que Sánchez no está ahí, y no me refiero ideológicamente (Sánchez no tiene ideología) sino estratégicamente. El Sánchez de Barcelona, con trono de palafito, es el Sánchez de Pekín, con disco chino. O sea, alguien que ya busca la polarización extrema, global, mundial (la mezquina polarización nacional ya no le sirve), alguien que ya se alinea directamente con las potencias, regímenes o literaturas (algunas ya no son ni ideologías) que se enfrentan a Trump. A pesar de esto, no es que Sánchez quiera ganarle a Trump en nada, ni tampoco gobernar él el hemisferio de las moscas, de los desiertos o de la paz. Su estrategia es internacional, pero sus objetivos no.
Sánchez ha tenido que escapar de España cada vez más lejos, hasta irse con flauta a la China o a los Andes. Antes le bastaba irse a la Europa albina de Von der Leyen vestido como de majo o torero, hacer de cicerone o de posta en las cosas de la UE o de la OTAN, persiguiendo a Biden como a Bob Dylan. Así, minimizaba las cuestiones nacionales proyectándose como un líder europeísta, atlántico o atlante, que volvía del extranjero como un indiano rico y respetado por los fondos, consejos y cumbres ultramarinos. Lo que pasa es que pronto no necesitó tanto tener socios, colegas y bailes de embajada como tener enemigos. Es el enemigo el que polariza, es el enemigo el que enardece, y cuando los enemigos de aquí no funcionaban, cuando Franco se volvía a perder por los bolsillos y cajones como sus pesetas, y cuando la derecha no era ya un miedo sino más bien una esperanza, Trump se convirtió en el enemigo perfecto. Pronto, a Sánchez ya no le importó ser un apestado en Europa, porque podía alzarse como enemigo pequeñito y global, descarado y ridículo, del nuevo emperador del mundo.
La paz contra la guerra, la rosa contra la espada, el poeta contra el coronel, son cosas mucho más fáciles de defender y explicar que lo de su Gobierno, su partido, su familia, su Peugeot y su España
Sánchez no es que pretenda ganarle a Trump nada en el planeta, ni una guerra ni una discusión. Es que cree que es más fácil ganar aquí enfrentándose a Trump que enfrentándose a Feijóo, a Ayuso y hasta a Abascal (a Abascal ya se le va acabando la cuerda del populismo, porque no se puede ser antisistema y partido de gobierno a la vez sin perder la credibilidad y el pecho de palomo). No es que Feijóo se le haya quedado pequeño a nuestro líder mundial de las izquierdas de poncho y ponchera, sino al contrario. Trump, el emperador niño o el viejo con pañales que gobierna el mundo, le parece a Sánchez más fácil, más asequible, más abatible que Feijóo con su sosera de realidad. La paz contra la guerra, la rosa contra la espada, el poeta contra el coronel, son cosas mucho más fáciles de defender y explicar que lo de su Gobierno, su partido, su familia, su Peugeot y su España. Sánchez sólo pretende cambiar el tema de conversación. Lo que ocurre es que lo contrario a Trump está más cerca de María Corina que de Petro y más cerca de Feijóo que del mismo Sánchez, que es lo más parecido a Trump que tenemos aquí.
Sánchez ya no puede pisar el suelo, o sea la realidad, con su piecito de agua o su tentáculo de lentejuelas. Está en Barcelona o está en Andalucía y no está realmente ni en España ni en la política, ni siquiera está en combate planetario contra el mal, sino simplemente en un estanque, palanganita o fuentecilla entre sus fieles, adoradores o mantenidos. La izquierda populista e iliberal es normal que corone a Sánchez, Sánchez es normal que goce entre la izquierda populista e iliberal, y ahí están de hecho, mirándose y hablándose un poco como besugos en el estanque. Lo significativo es que el Sánchez de Barcelona es el Sánchez de Pekín y es también el Sánchez de Andalucía, el que hace campaña contra Moreno Bonilla haciendo campaña contra Trump, contra la guerra y contra los niños muertitos porque es más fácil y eufónico, y olvidando que su candidata, María Jesús Montero, fue capataz del cortijo socialista allí. Sánchez va en carroza por España y va en carroza por el mundo, y eso no es estar en España ni en el mundo sino sólo ir en carroza. Se lo volverán a recordar en las calles, en las urnas y en los tribunales, se baje o no de la carroza con su colita de plata, su tiara de ángel o su poncho de poeta de las moscas.
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