Opinión

'Los domingos', o la pregunta que nadie se atreve a hacer

Blanca Soroa como Ainara en una escena de 'Los domingos'.
Blanca Soroa como Ainara en una escena de 'Los domingos'. | David Herranz / Movistar Plus+

Hay películas a las que uno entra con la guardia baja y de las que sale con una incomodidad difícil de nombrar. Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa, es exactamente eso: una obra de una honestidad casi física, construida con la precisión de quien entiende que los grandes temas no necesitan énfasis. Necesitan silencio. Y tiempo. Y una mesa de domingo con la familia al completo.

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Una película que se gana el respeto

Ruiz de Azúa filma con una neutralidad que no es equidistancia, sino control. No subraya, no dirige el juicio del espectador, no ordena emocionalmente la escena. Ainara tiene 17 años y siente una llamada interior que sacude los cimientos de su familia, y la cámara la observa con la misma serenidad con la que mira a su padre, a su madre ausente, a unos hermanos incapaces de entender del todo lo que está ocurriendo.

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El resultado es una película que no te dice qué pensar. Te obliga a pensarlo tú. Y eso, en el cine contemporáneo, es una forma de exigencia poco frecuente.

El guion está construido con una arquitectura precisa: cada personaje encarna una posición vital reconocible, pero ninguno funciona como un dispositivo ideológico. Son, antes que nada, personas. Personas que quieren a Ainara y que, precisamente por quererla, no saben cómo acompañarla. El conflicto no es la fe contra la razón. Es algo más incómodo: una familia que se resquebraja en silencio mientras intenta seguir siendo una familia.

La voz de la sensatez

En medio de este ecosistema de silencios, destaca la figura de la tía de la niña, quien realiza un papel impresionante al romper la inercia del respeto automático. Ella no opera desde el dogma ni desde el rechazo visceral, sino desde una lucidez serena. Es quien aporta el contrapunto necesario en una mesa donde todos parecen caminar de puntillas. Su intervención es magistral porque no cuestiona la veracidad de la llamada que siente su sobrina, sino la urgencia de su respuesta.

A través de una ternura pragmática, busca que Ainara reflexione de una manera sensata, recordándole que la libertad real solo existe cuando se conoce aquello a lo que se renuncia. Esta tía encarna la prudencia que el resto de los adultos ha delegado, sugiriendo con honestidad que el mundo merece ser vivido antes de ser entregado. No intenta vencer a la joven, intenta ofrecerle el tiempo como el regalo más valioso, defendiendo que proteger no es lo mismo que prohibir y que esperar no es lo mismo que negar.

La grieta que la película no necesita cerrar

Y sin embargo, hay una pregunta que la película deja en suspenso. Probablemente de forma deliberada. Formularla explícitamente habría roto el equilibrio que la sostiene. Pero el espectador se la lleva fuera de la sala: ¿por qué no aplicamos el mismo impulso protector ante todas las decisiones irreversibles cuando quien las toma tiene 17 años?

No se trata de afirmar que decisiones como el matrimonio y la entrada en la vida contemplativa sean equivalentes en su naturaleza jurídica o en sus consecuencias prácticas. No lo son. Pero sí comparten un rasgo esencial: ambas suponen, de formas distintas, un cierre de posibilidades vitales en una etapa en la que la identidad aún se está formando.

Imaginemos una escena cotidiana: una adolescente anuncia que quiere casarse. El entorno reacciona. Padres, amigos, adultos cercanos introducen dudas, apelan al tiempo, sugieren esperar. No lo vivimos como una intromisión, sino como una forma de cuidado.

En el caso de Ainara, la reacción es distinta. Su decisión –radical, exigente, orientada a una forma de vida que implica renuncia– queda envuelta en un respeto casi automático. Como si lo espiritual, por el hecho de serlo, quedara parcialmente fuera del ámbito de la prudencia ordinaria.

El manto de lo incuestionable

Aquí aparece la paradoja más inquietante. No tiene que ver con la fe, sino con el modo en que la sociedad la trata cuando entra en contacto con la vulnerabilidad.

Conviene precisar algo: los procesos vocacionales no suelen ser impulsivos ni inmediatos. Existen etapas de acompañamiento, discernimiento y prueba. Pero incluso aceptando ese marco, la cuestión de fondo permanece intacta: ¿hasta qué punto una decisión de esa naturaleza puede considerarse plenamente libre a los 17 años?

A esa edad no solo falta experiencia. Falta perspectiva. La identidad está en construcción, el mundo apenas ha sido explorado, y la intensidad con la que se vive cualquier convicción –también la espiritual– puede ser absoluta sin ser todavía estable.

No es un argumento contra la vocación. Es un argumento a favor del tiempo.

Lo que la película nos deja sin decir

Los domingos funciona así en dos niveles. Es, por un lado, una película notable: contenida, precisa, profundamente humana. Y es, además, un dispositivo que activa una pregunta incómoda que rara vez formulamos con claridad.

Quizá la cuestión no sea si debemos respetar la decisión de Ainara. La cuestión es otra: si estamos dispuestos a aplicar el mismo criterio de prudencia y protección con independencia del lenguaje –civil o religioso– en el que esa decisión se formule.

La película no responde. Y hace bien.

Uno sale del cine, vuelve a casa, se sienta a la mesa el domingo siguiente y, en medio de una conversación cualquiera, entiende que hay una forma de amor que no consiste en dejar hacer sin más, sino en saber cuándo decir –sin imponer, pero sin retirarse–: espera. Vive primero. Luego decide.

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