Opinión

EL GOLPE

Adamuz como maqueta del sanchismo

Adamuz como maqueta del sanchismo
Manifestantes durante la concentración convocada por la Asociación Víctimas Descarrilamiento Adamuz frente al Congreso | Europa Press

Los muertos de Adamuz, y los vivos, han llegado hasta el Congreso de los Diputados, a cuya fachada de lápida han llamado como desde dentro de la propia tumba, pidiendo justicia o sólo existencia. Pero dentro, o quizá fuera, al otro lado de la reja de los muertos, o sea, en el Hemiciclo, nuestros gobernantes sólo hacen trucos y los ministros parecen esos luchadores de lucha libre que no se sabe nunca si son macarras o bufones. Con la pose ridícula y fiera, son capaces de sostener que el ministro de los trenes no tiene nada que ver con lo que les pueda pasar a los trenes, y el propio Óscar Puente, a quien se le pudre la red ferroviaria como una dentadura de madera, se permite señalar ahora al 112 andaluz, más por andaluz que por 112, claro. Pedro Sánchez, todavía achinado de China y de su poderío totalitario (Sánchez no es que ya sea un paje o un azafato del Eje del Mal, sino que es como un pastorcillo deslumbrado ante el Cielo de las dictaduras); Sánchez, decía, se va a atrever nada menos que a empezar la precampaña andaluza en Huelva, sin temor o sin respeto a los muertos, a los vivos y a las maldiciones de los muertos y de los vivos. Sánchez todavía no se ha dirigido a las víctimas y ya les va a dar el mitin. No parece probable que a esta gente les alcance la culpa cuando no les alcanza ni el pudor.

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La asociación de víctimas, en procesión de ánimas, había llevado a sus espíritus o a sus esperanzas como en silla de ruedas, siempre dolorosas y siempre de mal augurio. No eran sillas de ruedas realmente, pero allí quedaron aparcadas ante el Congreso 47 sillas negras con el nombre de cada fallecido (el olvido es el infierno en la tierra y también en el Más Allá). Era como un jurado o coro de ultratumba, acusador y vengador, que pedía “memoria, verdad y justicia” a unos políticos protegidos por el mármol, la desidia y la podredumbre como estatuas venecianas. Mario Samper, el presidente de la asociación, superviviente con la mirada de las mil millas, clamaba que “no fue un accidente, fue un cúmulo de irresponsabilidades en cadena por las que debe pagar del primero al último responsable”. Pero nuestros gobernantes ya no tienen responsabilidades, sólo excusas y pésames. Óscar Puente se cree que ya cumple llevando a los entierros sombrerito y flor de viuda o de payaso (es a lo que llama “dar la cara”), y Sánchez directamente no acude a los entierros, ni siquiera como sombra en la capilla, como las señoras marquesas. Lo suyo es quedarse en la Ciudad Prohibida de la Moncloa abriendo una galletita de la suerte que ponga, por ejemplo, que “las desgracias ocurren”.

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Las víctimas de Adamuz son las víctimas de Sánchez que han llegado al extremo más terrible y lúgubre del sanchismo, que no es ya la ruina, sino la muerte

Sin duda Sánchez no respeta a los muertos, que apenas son combustible o moneda, pero sí teme a todos los vivos, sean víctimas, currelas o jueces, que ahora sólo le recuerdan su incompetencia o su corrupción. El caso de Adamuz es paradigmático en este sentido porque reproduce toda la estructura de poder / ineptitud del Gobierno, desde lo mecánico a lo intelectual, de lo individual a lo orgánico, desde la subcontrata metida en la trama Koldo a ese ministro del ramo que actúa como un canguro boxeador. Adamuz, todavía más que el apagón, es el Estado viniéndose abajo por una carcoma sistemática, minuciosa, completa, vertical. Para que “la desgracia ocurriera” tuvo que fallar todo, o sea que de hecho falla todo. Mala ejecución, mala inspección, mal mantenimiento, subcontratas sucesivas (incluyendo una empresa que la Guardia Civil investiga por posibles comisiones a Koldo), adjudicación con un pliego de condiciones con erratas o errores contrarios a la norma y firmada por investigados también en la trama Koldo, ausencia de auditorías e inspecciones por parte del ministerio, y un ministerio dirigido por un hooligan y nombrado para ser hooligan.

Adamuz es como la gran y horripilante obra maestra de dos culturas sumadas o solapadas. Primero, la vieja cultura española de la rapiña de lo público, con sus coseguidores, chistorristas y enchufados. Y, luego, la cultura sanchista, que sólo se enfoca en el relato y en la imagen, en el uso de lo público para conseguir poder y control sobre ese relato y esa imagen, en colocar a fieles más que a competentes y en premiar a esos fieles, visto lo visto, con un poder casi sin límites (nadie paró nunca a Santos Cerdán, a Koldo ni a Ábalos, no ya por arriba sino por abajo, como asumiendo la jerarquía, hubiera que adjudicar obras, hubiera que recoger bolsas de dinero como bolsas con pececitos payaso, o hubiera que contratar a señoritas para mascar chicle). El sistema convierte a Sánchez en incontestable, en el puto amo, a cambio de la incompetencia, del caos, de la negligencia, del desmantelamiento y el derrumbe de todo el Estado. Esto para cada ministerio, para cada administración, para cada institución, para cada empresa pública, para cada acuerdo parlamentario, para cada decisión internacional, para cada alianza (con Bildu, Puigdemont o China), para cada día más en la Moncloa, es inasumible para un país.

Las víctimas de Adamuz son las víctimas de Sánchez que han llegado al extremo más terrible y lúgubre del sanchismo, que no es ya la ruina, el autoritarismo o la vergüenza sino la muerte. “Nuestros políticos son peligrosos”, decía otra superviviente. Cuando lo público es un botín, está condenado al abandono, a la perversión y al desastre. Siempre hemos tenido aquí corruptos, con su pelotazo, su sobre y hasta su puta descuajeringada como un sofá descuajeringado. Pero nunca la cultura del sostenimiento a toda costa del líder había llegado a corromperlo y a pararlo todo, desde los trenes a la propia democracia. Adamuz retrata al sanchismo, es todo el esquema del sanchismo trasladado a escala, como en una de esas maquetas de trenes. Las víctimas, solas y ateridas como sus muertos, parecía que clamaban ante un Congreso que era de Lego o de mondadientes, ante un Gobierno que es todo figuritas y fachada. Pero las víctimas no están solas en realidad, que todos o casi todos vamos siendo víctimas, y no pueden durar tanto ni el teatrillo ni las macarradas.

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