Opinión

Los Premios Público y los Premios Leire

Álvaro García Ortiz recoge el Premio Público, en imagen divulgada por Óscar López.
Álvaro García Ortiz recoge el Premio Público, en imagen divulgada por Óscar López.

Yo creo que serán los últimos que queden con Sánchez: Óscar López y Óscar Puente, como dos alfiles en el jaque mate, como dos guardias de Richelieu, de negro y cicatriz, con el palacio ardiendo en llamas de terciopelo igual que una carroza. Yo siempre aposté por Marlaska, unido a Sánchez desde el principio como por un juramento o una maldición, pero el ministro de Interior, que ha sobrevivido a todo, ya colapsa en las contradicciones, con esa directora de la Guardia Civil que no se reunía con Leire Díez, o se reunía pero no hablaban del tema, o hablaban del tema pero no se llegaba a nada. Óscar López y Óscar Puente no se derrumban. Ellos, que son como dos cíclopes gemelos, aún defienden al puto amo atacando, gruñendo y sangrando por el párpado, ciegos y atroces. Puente todavía dispara en X como desde el cobertizo, y López se atreve a llamar prevaricadores a los jueces, como si hiciera falta prevaricar para unir los hilvanes que están dejando los puteros de la chacina, la fontanera aún más lírica que el hermano lírico y el expresidente aún más platero que zapatero. Claro que la situación animaba al descaro, estando en la entrega de un premio del diario Público al mismo Álvaro García Ortiz. Podría Leire entregar sus propios premios, el Manguerazo de Mierda o algo así, y en la misma Fiscalía General donde la recibían tan bien, y no cambiaría nada.

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Óscar López representa todo el sanchismo ahora, contumaz, ciego, bamboleante, embestidor, chorreante del negro de la sangre, como un toro o su alguacilillo. López va de luto de mierda, como el dómine Cabra, va sangrando por un muñón de soldado, que es a la vez arma y salario, es un personaje que ahora parece que sólo puede alzar la voz y un puñal, como en la ópera, y eso es lo que hace. También el propio Álvaro García Ortiz, condenado, humillado, vergüenza histórica de la profesión y la institución, tiene poco más que hacer que plantarse como la estatua pálida del comendador de Sevilla para pedir o encarnar la propia Justicia. No es una cosa que hagan los dos en su salón, con calavera de plástico, cuervo disecado y luna de ropero, sino que lo hacen aún en el teatro nacional. Lo que hacen los Óscar, y García Ortiz, y el propio Sánchez, que nunca se rendirá (“atacar siempre, negarlo todo y no admitir nunca la derrota” es el lema de Trump y también el de Sánchez, algo así como su alumno mariachi); lo que hace el sanchismo espectral, y por eso más peligroso que nunca, lo hace porque aún tiene público. Y Público, claro. O sea audiencia y apoyo, creyentes y claque, esbirros y vasallos.

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Podría Leire entregar sus propios premios, el Manguerazo de Mierda o algo así, y en la misma Fiscalía General donde la recibían tan bien, y no cambiaría nada

El diario Público le daba el premio Personaje del año a García Ortiz por haber sido “condenado sin una sola prueba sólida en su contra”, o sea por ser víctima de la prevaricación de los jueces del Supremo, nada menos. No dijo nada diferente Óscar López, que por tanto no salió ni de espontáneo ni de loco ni de rebelde ni con la copa de coñac de Arroyito y Pozuelón, sino que sólo salió sinfónico, afinadísimo y encopetadísimo para lo que exigía este evento, que era algo así como de una asociación coral. El evento era, por supuesto, sarcástico y autorreferencial, porque, en este y en otros sensibles asuntos, Público no ha hecho otra cosa que decir lo que decía el Gobierno y el Gobierno no ha hecho otra cosa que repetir lo que repetía Público, en una especie de juego de eco o de espejos en el que ambos se retroalimentaban de legitimidad y autoridad cuando, en realidad, sólo había un origen, un interés y una voz: el Gobierno. Esos profesionales que son espejito de alcoba, palanganita de bajos, eco de la noche, argumentario de la mañana, olvido del día y silencio gótico de cementerio; esos profesionales indistinguibles de una portavocía, de un mandado o de una sobrinita de Ábalos, no son muy diferentes a un ministro trolebús o a la fontanera de la muerte. De hecho, ya se van juntando todos o casi todos en la libreta de Leire, en las causas judiciales y en el otro juicio, quizá aún más duro, de la historia.

A Álvaro García Ortiz le daban un premio que se diría que se lo daba su abuela porque era exactamente así, que hasta parecía que se había vestido de nuevo de canastilla, como ante el Supremo. Una condena del Supremo no es una condena sin pruebas, y si el tenor con muñón o el Caballero de la Blanca Luna Sanchista aún sostienen esa acusación, deberían poner una querella. Quejarse ante la abuela o el vecindario de la abuela, mientras se dan unos a otros premios por las tartas, las petunias o los rizos del nieto más fotogénico, es sólo una manera de seguir con la función, con la ópera o la opereta lacrimógena o impúdica. Mientras, en la vida real, el Supremo, o sea la Justicia de verdad, no la de las comadres ni los compadres ni los profesionales del mismo gremio o del mismo negocio, se manifestaba en contra del indulto a García Ortiz porque “los hechos fueron graves y han producido una afectación importante de la institucionalidad del ministerio público”.

Óscar López y Óscar Puente serán seguramente los últimos de la Moncloa, pero aún quedan muchos más protegiendo el sanchismo

Ante la conspiración de los jueces prevaricadores, jueces sin vergüenza y además, por lo que parece, sin número; ante el complot fachosférico universal, recuerden que lo que tenemos es una estructura que ya lo abarca y lo explica todo: de Leire a Zapatero, del pisito de la Jesi a la Fiscalía General, de las mordidas a los rescates, de las chistorras a los zafiros, de la extorsión a los cocidos, de las cloacas a las nubes, de las primarias a la amnistía, de los días del Peugeot a los días de reflexión, de la planta noble de Ferraz al colchoncito idílico de Moncloa. Esa estructura que lo explicaría todo es una mafia, una jerarquía de soldados, esbirros, jefes y capos que ha ocupado no sólo el PSOE sino todo el Estado, o al menos lo ha intentado hasta donde ha podido. No había sanchista que no fuera soldado y no había soldado que no obedeciera sin límites al sanchismo. Y esa estructura no puede ser invisible a Sánchez, ni aunque fuera absolutamente imbécil, que no lo es.

Toda esta explicación se está desmadejando sola ahora, ante nuestros ojos. Pero aún hay soldados, algunos con más ganas y algunos otros, ya, con más miedo. Óscar López y Óscar Puente serán seguramente los últimos de la Moncloa, pero aún quedan muchos más protegiendo el sanchismo. Mientras tenga soldados, Sánchez aún puede intentar vender cualquier cosa, el lawfare mundial o la invasión de los ultracuerpos. Podría estar la misma Leire entregando trofeos a todos los premiados de su libreta, por orden alfabético, y no cambiaría nada.

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