Mientras los equipos de extinción continúan luchando contra algunos de los incendios más devastadores del verano, miles de personas afrontan otra emergencia mucho más silenciosa. Las llamas terminan extinguiéndose, pero el miedo, la incertidumbre y el duelo pueden permanecer durante semanas entre quienes han visto desaparecer su hogar, su explotación agrícola o el paisaje que ha marcado toda una vida.
El balance del año refleja la magnitud del problema. España acumula ya 180.000 hectáreas quemadas y 38 grandes incendios forestales, unas cifras que multiplican por más de seis las registradas en 2025, según ha explicado la vicepresidenta tercera y ministra para la Transición Ecológica, Sara Aagesen. Aunque los últimos grandes incendios han obligado a evacuar a decenas de miles de personas, la ministra ha destacado como un hecho "extraordinario" que no se hayan producido pérdidas humanas. Sin embargo, la ausencia de víctimas mortales no significa que no existan víctimas.

“La pérdida de una vivienda, de una explotación agrícola o de un entorno en el que una persona ha construido su vida puede provocar un trauma y desencadenar un proceso de duelo muy intenso”, explica Alejo García-Naveira, doctor en Psicología y profesor de la Universidad Villanueva, en conversación con El Independiente. “La casa no es únicamente un espacio físico; representa seguridad, identidad, recuerdos, proyectos y una parte importante de la historia personal y familiar”, sostiene.
Más allá de lo material
Quienes contemplan cómo el fuego devora su casa o sus tierras no solo pierden bienes materiales. También pueden desaparecer proyectos, recuerdos, vínculos emocionales e incluso una forma de vida construida durante años.
Para el experto, perder unas tierras puede significar “la desaparición de un modo de vida, de un legado familiar e incluso del sustento económico”. Por eso, aunque el duelo por la pérdida de un ser querido tiene características propias, “el impacto psicológico de perder todo aquello que daba estabilidad y sentido a la vida puede ser igualmente profundo”.

Las reacciones posteriores pueden seguir un proceso propio del duelo, aunque García-Naveira advierte de que no todas las personas lo atraviesan de la misma manera ni en un orden determinado. Es frecuente una primera fase de incredulidad, shock o negación, seguida de miedo, tristeza, rabia, impotencia e incluso culpa, especialmente cuando el afectado piensa que podría haber hecho algo más o haber actuado de otra manera. Con el tiempo puede comenzar una etapa de adaptación en la que, poco a poco, se reorganizan las prioridades y se reconstruye el proyecto vital.
“Es importante entender que estas emociones son reacciones normales ante una situación extraordinaria”, subraya.
No hace falta perder la vivienda para sufrir las consecuencias psicológicas de un incendio
El impacto psicológico tampoco se limita a quienes finalmente han visto arder su casa. Haber sido evacuado, contemplar cómo el fuego se acerca al lugar en el que se vive o pasar días sin saber qué ocurrirá puede alterar profundamente la sensación de seguridad.
Durante los grandes fuegos de este verano, miles de personas han permanecido pendientes de la evolución de las llamas y de posibles órdenes de evacuación. Esa incertidumbre, advierte el psicólogo, mantiene al cerebro en un estado constante de alerta.
“La incertidumbre prolongada supone una importante carga de estrés. El cerebro permanece en un estado constante de vigilancia o hipervigilancia, preparado para responder a una amenaza que puede materializarse en cualquier momento”, explica.
Esa tensión puede provocar dificultades para concentrarse, irritabilidad, problemas para descansar o comer y una sensación de agotamiento. “En muchas ocasiones, la incertidumbre puede resultar incluso más difícil de gestionar que conocer el desenlace”, señala García-Naveira, porque genera una sensación de pérdida de control ante una situación que no está en manos del afectado solucionar.
Cuando el fuego se apaga
Que el incendio haya terminado no significa que desaparezca inmediatamente su impacto psicológico. “El organismo no desconecta automáticamente cuando desaparece el peligro”, explica el experto. Durante días o incluso semanas pueden persistir problemas de sueño, hipervigilancia, sobresaltos, ansiedad o pensamientos recurrentes sobre lo ocurrido.
Parte de la respuesta del organismo ante estas situaciones está relacionada con el cortisol, una hormona fundamental frente al estrés. Durante una emergencia ayuda a movilizar energía y mantener al cuerpo preparado para actuar. Sin embargo, cuando el estrés se prolonga durante días o semanas, mantener niveles elevados de cortisol puede favorecer el cansancio, alterar el sueño y el apetito, reducir la capacidad de concentración, aumentar la irritabilidad y la ansiedad e incluso afectar al sistema inmunológico.
Por ello, García-Naveira recomienda recuperar progresivamente las rutinas diarias, el descanso, la alimentación y la actividad física. También considera importante volver a conquistar pequeñas parcelas de control: tomar decisiones, organizar prioridades o participar en la reconstrucción puede favorecer la sensación de eficacia personal.
El organismo no desconecta automáticamente cuando desaparece el peligro
En la mayoría de las personas, el miedo, la ansiedad o la hipervigilancia disminuyen progresivamente conforme recuperan la sensación de seguridad. Pero existen determinadas señales de alarma: ansiedad intensa persistente, ataques de pánico, insomnio continuado, pérdida del apetito, recuerdos intrusivos, pesadillas frecuentes, aislamiento, desesperanza o dificultades para retomar la vida cotidiana. El experto también recomienda prestar atención al recurso excesivo al alcohol u otras sustancias para intentar aliviar el malestar.
Una parte de los afectados puede llegar a desarrollar un trastorno por estrés postraumático, especialmente cuando la experiencia ha sido extremadamente amenazante o existen factores de vulnerabilidad previos. “Cuando estos síntomas se mantienen durante más de un mes y afectan al funcionamiento personal, familiar o laboral, es recomendable realizar una evaluación psicológica para iniciar el tratamiento adecuado”, señala.
El apoyo, clave para la recuperación
El psicólogo destaca que el apoyo de familiares, vecinos, voluntarios e instituciones es uno de los principales factores de protección tras una catástrofe. “Sentirse acompañado, comprendido y ayudado reduce la sensación de soledad e indefensión”, afirma. La solidaridad, añade, no solo facilita la reconstrucción material, sino también la recuperación emocional.
También aconseja evitar frases como “al menos estáis vivos”, “todo se arreglará” o “hay que ser fuerte”. Aunque suelen partir de una buena intención, pueden provocar que los afectados sientan que su sufrimiento está siendo minimizado. Escuchar sin juzgar, validar las emociones, respetar los tiempos de cada persona y ofrecer ayuda concreta resulta, según García-Naveira, mucho más útil.
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