La vida del artista cubano Luis Manuel Otero Alcántara (La Habana, 1987) dio un vuelco hace cinco años cuando le encerraron en la cárcel de máxima seguridad de Guanajay, a 30 kilómetros al oeste de La Habana. Había sido uno de los Acuartelados de San Isidro, un evento cívico espontáneo contra la detención del artista Denís Solís. La protesta pacífica realizada en el interior de la casa de Luis Manuel terminó con un violento desalojo por parte de la policía cubana. Tras meses de protestas, el 11 de julio le arrestaron. Desde hace menos de un mes su destino se ha unido al de miles de cubanos en el exilio. A la generación de activistas que se rebelaron en 2021 el régimen no les ha dado otra salida que cárcel o exilio. Amnistía Internacional lo declaró preso de conciencia y la revista Time lo incluyó en su lista anual de las 100 personas más influyentes del mundo en 2021.
Luis Manuel Otero Alcántara convirtió su arte en un arma cargada de significado contra la opresión de la dictadura. Con su obra Drapeau o 24 horas del mes de agosto con la bandera como segunda piel (2020) cuestionaba cómo la dictadura se había apropiado del símbolo nacional. Con Drapeau generó un desafío masivo en redes sociales, titulado #LaBanderaEsDeTodos donde los cubanos se apropiaban de su enseña nacional de la forma que les apetecía. Como dice su página web, "planteaba la pregunta: ¿Quiénes son los dueños de los símbolos patrios, el régimen o el pueblo?"
Otero Alcántara también es coautor, junto a la historiadora de arte, Yanelys Nuñez, del Museo de la Disidencia en Cuba (MDC), plataforma dinámica que se despliega online –con archivos de consulta, sala transitoria de perfil cultural, blog, etc… El Museo "busca empoderar al ser disidente en su labor como agente de cambio social". Hablamos con LMOA a través de zoom. Está tratando de acostumbrarse a su nueva vida nómada en Miami. A LMOA le enorgullece ver que sus hijos han entendido su lucha por una Cuba democrática. Está convencido de que “un estallido social está a la vuelta de la esquina”.
Pregunta.- ¿Cómo se va adaptando a esta nueva vida en libertad en el exilio?
Respuesta.- Es difícil. Mi cuerpo está todavía adaptándose. Los tiempos son distintos, los horarios. Veinte minutos aquí no son lo mismo que en la cárcel. También en Miami no puedes caminar por las calles. Todo es en carro. Las distancias son distintas así. Cómo te vistes cambia. Las relaciones con la gente. Hay un montón de cosas que mi cuerpo está aprendiendo. Ya no solo es el exilio sino que salgo de la cárcel y la realidad es diferente de la conocida en Cuba. Pero hay que seguir adelante.
P.- ¿Qué se te pasó por la cabeza cuando supiste que tu lucha por la libertad te llevaba a la cárcel?
R.- La prisión es un shock. Pero en Cuba tú puedes ser artista, inclusive religioso, pacifista, o desempeñar cualquier actividad, que en el momento en que luchas por los derechos del otro ya estás arriesgando a acabar en prisión. Es una realidad que yo siempre supe. Yo siempre puse el cuerpo junto a la obra. Como artista siempre estuve comprometido y por tanto sabía que me harían pagar un precio por ello. Era consciente de que tarde o temprano acabaría en prisión. Siempre está la opción de no ser consecuente. Pero tomé la decisión de asumir mi responsabilidad con Cuba y los cubanos. Todavía estoy en shock, porque es difícil pasar tiempo en prisión. Por supuesto que hay un trauma.
P.- ¿Qué has perdido en estos cinco años?
R.- Primero he perdido la oportunidad de ver crecer a mi hijo y mi hija. De formar parte de su vida estos años. Eso es lo más importante. A nivel psicológico siempre estuve y ellos están orgullosos. Pierdes amigos, familia. Hablo de personas queridas que han muerto, y a los que no puedes dar el último abrazo. También pierdes parte de tu carrera artística, aunque gracias a mis amigos no pudieron borrar mi arte. Pero dentro de la prisión me volví un hombre maduro y más humano. Cuando pasas por eso, sientes que nadie debería estar ahí. Y te une a todos los presos políticos cubanos. Ahora mismo pienso en Maykel Osorbo. Tú lates y sientes cada día que pasan ellos en prisión. También creces y asumes más responsabilidades.
P.- En estos cinco años, ¿cómo has visto cambiar a Cuba? En 2021 hubo una eclosión con gran eco internacional. Parecía que el régimen se tambaleaba. Pero ahí sigue, mientras todo a su alrededor se desmorona.
R.- Caí preso justo cuando se produce el estallido social, el 11 de julio. Hubo más de mil presos políticos. Parecía que iba a parar la actividad contraria a la dictadura. Pero ha aumentado. Hay jóvenes, inclusive adolescentes, en las protestas. La realidad cubana está cambiando a nivel cívico. La gente no ha retrocedido. La lucha por la libertad en Cuba continúa. En paralelo a esto, la realidad cubana cada día está más deteriorada. No hay agua potable. El aire en las calles apesta. El cubano está triste, famélico, siente que todo va peor. Lo que hay en Cuba es un genocidio físico y espiritual. Es una de las peores crisis humanitarias del planeta.
P.- ¿Y qué puede pasar? Las protestas alientan la esperanza. También los signos de debilidad del régimen. Pero llevamos tanto tiempo creyendo que está a punto de caer..
R.- Creo más en seguir trabajando, seguir conectando, seguir enseñado a la gente lo que es el sentimiento cívico. Hay gente que sale a la calle por los apagones, por el agua, o la falta de alimentos, pero eso el régimen lo detecta y les da un poquito a un sector de la sociedad. Nuestra tarea ahora es educar a la ciudadanía cubana para que sepa que debe salir de a una y ese salir de una que se mantenga conseguir la libertad en la mano, y sobre todo con estructuras democráticas que garanticen esa libertad.
P.- ¿Y lo ve posible? ¿Cree que al régimen le ha llegado la hora?
R.- Por supuesto, por supuesto. De hecho el sistema cubano ahora mismo no es capaz de satisfacer las necesidades de pueblo. Y estamos hablando de que el pueblo cubano se siente que está muriendo, pero sale a las calles. Vamos a necesitar ayuda internacional de gobiernos como el americano, el canadiense, el mexicano, de los gobiernos europeos. Pero un estallido social de gran dimensión en Cuba, que derroque a la dictadura, está a la puerta de la esquina. Los activistas, los artistas, los intelectuales y los políticos, hemos de ser capaces de canalizar eso. Es una responsabilidad de todos. De hecho, nadie pensaba que fuera a pasar lo que ocurrió el 11 de julio. Ahora las condiciones son peores y la gente es más rebelde. Además, están aprendiendo y saben que se puede luchar por la libertad.
P.- ¿Y no están a la espera los cubanos de que Trump haga algo?
R.- Eso es una posibilidad. Hay quienes creen que puede haber una negociación entre los poderes. Eso sería muy triste. Los Castro tratan de mantener sus privilegios, pero si siguen se consentirá la corrupción. Los Castro intentan evitar comparecer ante la Justicia. Hay mucha teorías, pero una es la intervención quirúrgica y la negociación con el régimen.
P.- Lo que ha pasado en Venezuela no alienta el optimismo sobre la intervención. Algo ha cambiado (Maduro) para que todo siga igual.
R.- Son estructuras diferentes, países diferentes, con distintas estructuras económicas y políticas. La primera reacción en Cuba fue de alegría al ver que se llevaban a Maduro. Confiaban en que sucediera lo mismo en Cuba. La gente quiere que pase algo.
P.- De vuelta a tu historia personal, ¿cuándo aceptas el exilio y por qué?
R.- El exilio me lo propusieron desde el primer momento en prisión. Pararon un año y medio insistiendo. Hasta que acepté. Yo sentía que ya el ser humano, el Manuel activista, era mucho más activo en el exilio, que en prisión. Era una salida para seguir luchando. Podía seguir preso, pero esa situación te acaba limitando tus capacidades. No puedes interactuar, ni proponer cómo emprende el cambio. Estás muy limitado. Pero el exilio duele. Ahora la tecnología ayuda, a conectar con los tuyos, a hacer entrevistas. Así llegamos a mucha gente. Sentía que tenía que abrir una nueva etapa. Pero siempre seguirá apostando por Cuba.
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