Opinión

Gaza: cuando curar se convierte en un delito 

El hospital Al Shifa, gravemente destruido, en la Ciudad de Gaza.
El hospital Al Shifa, gravemente destruido, en la Ciudad de Gaza. | Nour Alsaqqa/MSF

 El 27 de diciembre de 2024, las fuerzas israelíes rodearon y, a continuación, irrumpieron en el Hospital Kamal Adwan, el único que seguía operativo en el norte de Gaza. El doctor Hussam Abu Safiya, director del hospital, fue detenido. Desde entonces permanece recluido en prisiones israelíes sin cargos ni juicio, en virtud de una ley que lo clasifica como "combatiente ilegal". En el momento de escribir estas letras, 590 días después, el doctor Abu Safiya sigue detenido en Israel, en condiciones tales que su vida corre ahora peligro.

PUBLICIDAD

Su caso no es, en absoluto, un incidente aislado. Al igual que el doctor Abu Safiya, casi un centenar de médicos palestinos están en cárceles de Israel. Estas detenciones, la mayoría de las cuales son arbitrarias, forman parte de una política más amplia de ataques sistemáticos contra el personal sanitario palestino, que ha sido ampliamente documentada por organizaciones de derechos humanos y expertos de la ONU.

PUBLICIDAD

Desde las primeras horas de la guerra, las fuerzas israelíes atacaron el Hospital Indonesio, en el norte de Gaza, y el Hospital Nasser, en el sur. En menos de dos meses, el Ejército israelí dejó fuera de servicio a 21 de los 35 hospitales de Gaza. Ningún centro médico ha salido indemne de estos tres años de guerra.

Ningún conflicto contemporáneo ha registrado un nivel tan elevado de violencia contra el personal sanitario como el de Gaza"

Según las estimaciones recopiladas por la Organización Mundial de la Salud, más de 1.500 trabajadores sanitarios han perdido la vida en Gaza. Ningún conflicto contemporáneo ha registrado un nivel tan elevado de violencia contra el personal sanitario.

La detención y el asesinato de trabajadores sanitarios forman parte de una política cuyo marco fue establecido sin ambigüedades por el ministro de Defensa israelí, Yoav Gallant, quien, ya el 9 de octubre de 2023, declaró: "Estamos imponiendo un asedio total a Gaza. Sin electricidad, sin agua, sin comida, sin combustible. Todo está paralizado. Estamos luchando contra animales humanos y actuamos en consecuencia".

El impacto es inmediato y brutal. Todos los palestinos de Gaza se ven atrapados en un círculo vicioso: heridos o enfermos, atendidos si aún hay un médico disponible, y luego expuestos al peligro una vez más, para volver a resultar heridos y, de nuevo, a sufrir traumas. Su supervivencia depende por completo de las autoridades israelíes, que controlan todo lo que puede —y, sobre todo, lo que no puede— entrar en Gaza. Cualquier atención —ya sea de insulina, de atención quirúrgica o de tratamiento del dolor— puede verse interrumpida de repente. Todo está sujeto a una decisión externa, impuesta por la fuerza.

Cuando las autoridades israelíes detienen a médicos, el derecho a la atención médica deja de ser un derecho adquirido; se convierte en algo que solo se permite a discreción de las autoridades de ocupación.

El mensaje dirigido al colectivo médico palestino es claro: su capacidad y su deber de prestar asistencia están ahora sujetos a un control arbitrario. Los médicos ejercen bajo vigilancia y coacción y se enfrentan a la amenaza de ser castigados. En consecuencia, prestar asistencia significa arriesgarse a cruzar una línea invisible, más allá de la cual ofrecer ayuda puede convertirse de repente en un delito.

Sin embargo, lo verdaderamente criminal es atacar a quienes brindan atención.

Un médico no es simplemente un profesional. Es también una figura que, ante un cuerpo devastado, afirma que ese cuerpo conserva una dignidad inquebrantable a pesar de sus heridas. Atacar a los médicos es atacar la idea misma de que existe un espacio, por pequeño que sea, donde la atención prevalece sobre la dominación y donde la recuperación de un cuerpo vale más que su control.

Ayudar a una persona a sobrevivir no es solo una cuestión de mantenerla con vida: es defender su existencia como sujeto, no como objeto de dominación. Sin duda, es por esta razón por la que Israel percibe a los médicos como peligrosos: devuelven a los individuos una capacidad de acción que la potencia ocupante se esfuerza por confiscar. Con cada herida suturada, cada paciente estabilizado, cada enfermedad crónica tratada a pesar de la escasez, los médicos ofrecen un rechazo concreto a la idea de que un pueblo pueda reducirse a la suma de sus traumas.

Cada paciente al que un médico estabiliza, cada herido al que arrebata de las garras de la muerte constituye una desviación de la lógica de la deshumanización"

El médico es también un testigo. Su testimonio se forja en el acto mismo de prestar asistencia. No se trata de un relato retrospectivo, sino de una presencia junto a los pacientes que, a través de sus heridas, sus cicatrices y su propia supervivencia, dan testimonio de lo que se ha perpetrado. Las heridas en los cuerpos mutilados de los civiles, trasladados por docenas a los hospitales, revelan algo sobre la forma en que se está librando la guerra. El doctor Abu Safiya, como tantos otros, fue blanco de los ataques no solo por ser médico, sino por ser testigo. Mediante vídeos, imploró a la comunidad internacional que pusiera fin a los ataques contra el Hospital Kamal Adwan.

Y quizá aquí radique la verdadera amenaza que plantea la asistencia sanitaria: no solo mantiene con vida a aquellos a quienes se pretende borrar, sino que también preserva, a través de la resistencia de los pacientes, una memoria que ninguna narrativa oficial puede borrar. Una persona muerta cae en el olvido, se desvanece, se convierte en una estadística. La carne mutilada permanece, durante décadas, como un archivo viviente. Dentro de la lógica de un proyecto de aniquilación, una vida salvada es una anomalía. Cada paciente al que un médico estabiliza, cada herido al que arrebata de las garras de la muerte constituye una desviación de la lógica de la deshumanización.

En su celda, el Dr. Abu Safiya encarna la culminación de esta lógica: el cuerpo palestino (entendido este como la existencia física de la población palestina) nunca debe pertenecerse plenamente a sí mismo, ni en vida, ni en enfermedad, ni en la muerte. Su dolor, su tratamiento y su supervivencia deben seguir estando sometidos a la voluntad del ocupante.


Filipe Ribeiro es coordinador general de Médicos Sin Fronteras para Palestina. Este artículo ha sido publicado originalmente en Libération

Comentarios

Normas ›

Para comentar necesitas registrarte a El Independiente. El registro es gratuito y te permitirá comentar en los artículos de El Independiente y recibir por email el boletin diario con las noticias más detacadas.

Regístrate para comentar

Te puede interesar

Lo más visto