Se nos ha reactivado Fernando Simón, que uno creía que estaba retirado, o enterrado en nieve de pelusa en su ropero de jerséis, como una polillita. Se nos ha reactivado Fernando Simón, pues, como esa polillita dormilona, o como ese virus dormilón, latente mejor dicho, que está sin estar hasta que sale por los mocos, por los ojos, por los poros y por la televisión, que así nos salía Simón, compitiendo con el coronavirus más que combatiendo al coronavirus. Ahora es el hantavirus lo que hace que Simón se desperece, con su cosa de oso Yogui, después de haber estado durmiendo metabólica, bioquímica y políticamente desde el coronavirus o incluso durante el coronavirus. Fernando Simón vuelve a salir de donde estuviera, un poco descascarillado, ceniciento o amniótico como siempre, para tranquilizarnos sobre el hantavirus o para asustarnos aún más, que eso es lo que pasa con él. El hantavirus es un bicho peligroso pero no alarmante, con gran mortalidad pero difícil de pillar salvo que te revuelques en cagadas de roedor o te revuelques con el que se ha revolcado en cagadas de roedor. Eso en principio, claro. Porque una vez que ha salido Fernando Simón a tranquilizarnos, con su ciencia que es política y su política que es ciencia, agitándonos un juguete de mascota como los veterinarios guais o quizá en el fondo carniceros, ya cualquier cosa es posible.
“Las personas que van en el barco no son de riesgo para nadie”, ha dicho Fernando Simón como con pitido de peluche, y por supuesto nos ha aterrorizado. Y es que la última vez que nos quiso tranquilizar tan pasota y tempranamente nos dejó aquello de “España no va a tener, como mucho, más allá de algún caso diagnosticado”, y ya saben lo que se nos vino encima. También empezó aquello, por cierto, con turistas a los que sometíamos a unas cuarentenas de terraza de hotel y albornocito, que desde luego era imposible parecer más inofensivo. Un barco con hantavirus, como aquellos barcos con la peste o el cólera, puede llegarnos a Canarias, y uno confía en la ciencia pero no confía en Fernando Simón, que no es sino un portavoz político con bata y piruleta. Estamos en manos de portavoces políticos, para las epidemias, para los trenes, para la luz, para la Fiscalía, para la vida y para la muerte. Así que no nos fiamos de casi nada, no porque no nos fiemos de los científicos con pelo y jersey electrizados, ni de los funcionarios con juramento a la grapadora como a la espada, sino porque no nos fiamos de los políticos.
Viene el barco con el hantavirus, que parece una tribu más que un virus, o a lo mejor no viene, o no pasa nada porque venga. Pero es que ha salido Fernando Simón a tranquilizarnos, desenroscándose como un bicho bola después de habernos olvidado ya del otro bicho y de haberlo olvidado a él también. Ha salido Fernando Simón, santo de caracolillo y de Évole, igual que García Ortiz, después de que en la pandemia nos quisiera colar, como Óscar Puente, o como cualquier sanchista, que la negligencia viene a ser lo mismo que la inevitabilidad y que la inacción o la complicidad vienen a ser lo mismo que la contundencia. Simón, que está en el mismo lado de la ciencia y de la política que las mascarillas innecesarias / necesarias, que el comité de expertos inexistente y que los protocolos de nueva normalidad y gozosa desescalada igual de inexistentes; Simón, que sólo explicaba el pasado o lo obvio con gafa de pecera y ceño abracadabrante, como estafadores del tarot, y que sólo proyectaba el futuro que le decían en la Moncloa; Simón, en fin, ahora nos quiere vender ciencia, calma y cátedra con el hantavirus. Es como si Sánchez nos quisiera volver a vender tranquilidad y democracia, o como si Ábalos nos quisiera volver a vender feminismo y honradez, sin haberse cambiado ninguno de los dos la careta ni los gayumbos.
Simón se nota que es político porque empezó con la negación, continuó con la minimización y luego ya sólo confiaba en el olvido
Fernando Simón, salido de una endospora, de la caja de los gusanos de seda, del cajón de los calcetines gordos o del reloj de cuco de un laboratorio con reloj de cuco, nos dice que no pasa nada con el hantavirus, que es asquerosito pero no alarmante y que nadie se va a contagiar aquí por la llegada de ese barco fantasma, si llega. La verdad es que Simón tampoco tardaría mucho en salir a decirnos que la tendencia parece indicar una posible estabilización en la pendiente de la curva, o algo así, que en todo caso también tranquiliza mucho. Simón se nota que es político porque empezó con la negación, continuó con la minimización y luego ya sólo confiaba en el olvido. Se nota también porque sólo los políticos se mantienen, e incluso promocionan, siendo inútiles o nefastos, habiendo perdido la credibilidad, la vergüenza y hasta los pantalones.
Menos mal que los expertos parecen coincidir en que no hay razón para la preocupación, y esta vez son expertos que existen, no es Sánchez con Simón y el sotanillo de la Moncloa inventando escalas y palabros, declarando victorias y normalidades (la ciencia, como la gobernanza, se simplifica mucho si se reduce al interés o a las cuentas de Sánchez). Sí, menos mal que parece que no va a ser otra pandemia de la que salir mejores y más fuertes, o más olvidadizos, porque uno empezaba a pensar que quizá el hantavirus había mutado, que había un nuevo vector de infección, nuevos pangolines en las ratoneras o en los bufés. Y no ya por el inusual caso de un contagio múltiple en un crucero, sino porque había salido a negarlo Fernando Simón, el ángel de miga de pan de las pandemias, siempre más gafe que remedio.
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