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Ahmed Sali tiene 78 años. Con la mirada firme y la postura erguida, atiende a las visitas que se acercan a su hogar sentado sobre una alfombra roja. Al saludar, tiende el brazo para estrechar la mano de sus huéspedes. Sin embargo, no hay ninguna mano que agarrar. Ahmed es uno de los cientos de saharauis víctimas de amputaciones por las minas marroquíes.

Cuando Marruecos inició su ocupación del territorio saharaui en 1975, se inició una larga guerra entre Rabat y el Frente Polisario. Un conflicto que se reactivó hace cinco años, cuando los saharauis rompieron el acuerdo de alto el fuego, en vigor desde 1991, que prometía la celebración de un referéndum de autodeterminación que nunca llegó. Durante todo ese tiempo, Marruecos regó de minas el Sáhara Occidental.

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Según las estimaciones de organizaciones saharauis, quedan más de diez millones de minas repartidas por el territorio. Muchas de ellas son imperceptibles para el ojo humano y los accidentes son habituales. Son miles los saharauis que han sido víctimas del peligro de las minas.

Al principio de la guerra, la mayoría de los heridos eran combatientes del Polisario, como fue el caso de Ahmed. Se unió al Ejército cuando comenzó la guerra con Marruecos tras la Marcha Verde. Hasta entonces, había trabajado construyendo carreteras para empresas españolas. Originario de El Aaiún, recuerda la retirada de los españoles: “Fue una entrega rápida”.

En diciembre de 1984 se encontraba con su unidad en la zona Zamour, próxima a la frontera con Mauritania. Él y sus compañeros se sentaron a la sombra de unos árboles e hicieron una hoguera. No eran conscientes de que los soldados marroquíes suelen enterrar minas bajo la vegetación. El calor del fuego hizo estallar un artefacto. Ahmed perdió las dos manos en la explosión; otro de sus compañeros, la vida. A sus treinta años, este hombre, que tiene DNI español, quedó mutilado de por vida.

Resistir en medio del desierto

Ahmed reside desde hace años en el Centro Mártir Chreif de Víctimas de Guerra y Minas. Junto a otros cincuenta pacientes, este anciano tiene un hogar permanente junto a su familia en esta instalación, que se dedica también al cuidado de otros mutilados en los campamentos.

Situado en medio de la hamada argelina, solo es posible llegar hasta él a través de un largo recorrido por las dunas. Su aislamiento es para la tranquilidad de los pacientes, explica el director del centro, Moulud Salma.

Director del Centro de Víctimas de Guerra y Minas, Moulud Salma. | Lucía Serrano

Este militar de 73 años dirige una institución que se creó al comienzo de la guerra para atender a las víctimas de las minas antipersona. Su emplazamiento actual es de 2006. Aunque atienden a todo tipo de personas, la mayoría de los internos son hombres mayores. “Preguntan por la independencia, quieren estar al tanto de la logística del Ejército”, asegura.

Pese al trabajo de sus empleados y los fondos que reciben de diferentes organizaciones, su situación no es ideal. El viento del desierto inunda de arena las instalaciones, que se tienen en pie como pueden frente a estas embestidas. A esto se añade una reducción en las ayudas durante los últimos años, por lo que cuentan con menos suministros para la limpieza e higiene.

Esta guerra no es igual que la primera"

Moulud Salma

A pesar de que este centro depende del Ministerio de Defensa, Salma subraya que la mayoría de las víctimas de amputaciones en el Sáhara Occidental son civiles, especialmente a partir del alto el fuego. Ahora que el conflicto armado se ha reactivado, es posible que vuelva a haber un repunte de mutilados. Sin embargo, el militar aclara que “esta guerra no es igual que la primera”, sino más abierta, por lo que no está habiendo tantos heridos como en la anterior.

Un horizonte incierto

El enorme muro construido por Marruecos para separar los territorios ocupados del Sáhara libre es uno de los símbolos más reconocibles del conflicto. A lo largo de sus 2.700 kilómetros de extensión, el Ejército marroquí ha creado una frontera de minas. Sin embargo, la extensión del problema va más allá de esta imponente muralla de arena.

Durante los dieciséis años de guerra, Marruecos puso minas en el territorio saharaui que había ocupado. Muchas de ellas están escondidas en objetos cotidianos, como una tetera. Cuando los habitantes del Sáhara Occidental los encuentran, los cogen sin pensar en el peligro que llevan dentro. Ante la vulnerabilidad de la población, en 2019 se formó el Equipo de Mujeres Saharauis de Acción contra las Minas (SMAWT), que busca sensibilizar a los saharauis sobre los riesgos de los explosivos.

Cuando termine la guerra, si viniesen todas las empresas de desminado del mundo, tardaríamos veinte años en quitar todos los artefactos explosivos"

Fatimetu Bucharaya

Fatimetu Bucharaya, la fundadora de la asociación, trabajó como desminadora para una de las empresas que operaban retirando los explosivos que Marruecos había implantado en territorio saharaui. Aunque comenzó en este terreno por motivos económicos en 2015, con el paso del tiempo su labor se transformó en un impulso por ayudar a la humanidad. Así, cuando la compañía que la empleaba salió del Sáhara, ella y otras cuatro amigas decidieron crear SMAWT.

A través de la asociación, que recibe financiación del Servicio de Acción contra Minas de la ONU (UNMAS), dan charlas de concienciación para los refugiados saharauis en Tinduf (Argelia). Desde su jaima en el campo de Ausserd, incide en la importancia de enseñar a los niños desde muy jóvenes, ya que la población de los campamentos no suele darle mucha importancia al problema de las minas. Pese a su vital labor, encuentra reticencias entre la población: “Muchos hombres cuando van a las charlas se ríen de nosotras”.

La fundadora del Equipo de Mujeres Saharauis de Acción contra las Minas (SMAWT), Fatimetu Bucharaya.

Cuando empezó a trabajar como desminadora, todos sus compañeros eran hombres, menos otras dos mujeres. De esa etapa, recuerda con emoción que, cuando retiraba una bomba, sentía que estaba salvando “la vida de un niño”. Aunque ya no quita explosivos -desde la reanudación de la guerra solo lo hace la ONU-, sus años como desminadora le han dado una experiencia fundamental en la materia.

Ella asegura que Marruecos ha seguido colocando minas después del alto el fuego, y continúa haciéndolo a día de hoy. Está segura de ello porque, cuando desminaba el desierto, encontraba artefactos en los que figuraba su año de fabricación, que era posterior a 1991. “Cuando termine la guerra, si viniesen todas las empresas de desminado del mundo, tardaríamos veinte años en quitar todos los artefactos explosivos”.

Foto cedida por Fatimetu Bucharaya de una mina en el Sáhara Occidental.

España es “el padre” del problema

España es la principal responsable del conflicto en el Sáhara Occidental. Considerada la potencia administradora de iure del territorio por su descolonización inconclusa, nuestro país debería tener obligaciones de protección sobre la población saharaui. Sin embargo, las autoridades guardan silencio.

Bucharaya echa en falta un apoyo más fuerte del Estado español en las labores de desminado del Sáhara. España es “el padre” del problema, señala. Pero el Gobierno español no destina fondos concretos a la retirada de minas en su excolonia, solo a través de su financiación a UNMAS.

Todo el derecho de este pueblo está a cargo del Gobierno español"

Ahmed Sali

Ahmed también siente el abandono de las autoridades españolas, a las que pide explicaciones por la situación en la que han abandonado a los saharauis: “Todo el derecho de este pueblo está a cargo del Gobierno español”.

Él todavía sigue entregado al Ejército. Algunos de sus hijos murieron atravesando el desierto para huir de la ocupación marroquí, pero los que continúan vivos siguen con la lucha por la liberación del pueblo saharaui. A ellos les regaló hace años su antiguo carné de identidad español, para que jugasen con él. Para Ahmed, esa identificación dejó de tener valor hace mucho tiempo.