Todos los poetas se caen en el charco del amor, antes o después que en el charco del bar, y Ábalos, que a lo mejor es un poeta de la noche y de sus charcos, como Sabina, parece que también. Ante los letrados, los fiscales y los jueces del Supremo como si fueran camareros de pajarita, Ábalos confesó, con lágrima, vaho o baba de cubata aguado y noche perdida, que quiso a la Jesi, su musa de los tejados, su princesa de tanga y acetona. Es el “ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise”, del Neruda en flor de los estudiantes con ligue y, ahora también, de los ministros sesentones con novia de “ojos infinitos” de cosmología y literatura hispanoamericanas o hindúes (las estrellas y los ojos tiritan para los ligones desde siempre, mucho antes de Neruda, de Shakespeare y hasta del sánscrito). Ábalos parece que está más pringado de claros de luna y pintalabios de humo que de chistorras sangrientas, o es que las chistorras no importan ante el amor verdadero, que había hecho nido en la Torre de Madrid como una feliz perdiz. La verdad es que a mí esto me parece una tontería y una torpeza, querer ligarte con la poesía a una titi o querer ligarte con la poesía al Tribunal Supremo, que son un poco todos como el padre de la titi.
Ábalos desnuda su alma, o la deja en calzoncillos, que es como nos imaginamos su alma, con calzoncillos alados y de gomilla floja. Pero la verdad es que Ábalos prendado hasta las trancas no parece aportar nada al juicio ni a la literatura, donde el viejo enamorado de la joven (el senex amans) sólo ha servido de cachondeo, para quedar burlado y cornudo (“vergonzoso es el viejo soldado, vergonzoso el amor senil”, me parece que escribió Ovidio). O quizá sí nos dice algo. Quizá esta confesión tan de güisquería, entre los terciopelos quemados y los espejos de culo de vaso del Supremo, con la mañana ya confundida con la madrugada y con los extraños o los enemigos confundidos con confidentes, nos dice que Ábalos seguramente es el farsante que parece. Y hasta un farsante con pocos recursos, que tiene que salir enamorado como si saliera cojo, a dar el sablazo sentimental ante un tribunal que no se va a dejar sablear. Enamorarse con cierta edad ya no es serio, y un señor de 66 años enamorado sólo nos parece un fraude o un lila. Aunque si uno quiere ir de víctima, además de la persecución política puede ayudar que la Jesi te traicione bajo un peral con un paje o con Aldama.
Uno no está entendiendo la estrategia de defensa de Ábalos, ni tampoco de Koldo, aunque ya dije que a lo mejor no hay defensa posible y sólo queda hacer teatro para los anales o para la abuela. Yo creo que el que se mete en política, sea para llegar luego a la gloria, a la tiranía, a la chistorra o al amor de don Perlimplín, tiene tan metido dentro el firmware político, digámoslo así, que ni ante un tribunal vestido de canastilla pueden dejar de hablar para los titulares, para el partido y para el líder, o sea Sánchez. Llegarle al Supremo con el cuento de la persecución política, como si fueras Bolaños dando la misa en el Telediario (Bolaños da la misa sanchista con estola, oblea y aleteo de manos puras e iracundas), es un suicidio jurídico. Bolaños, por cierto, ha querido meter su misa también en este otro juicio divino del Supremo, anunciando una querella contra Aldama que a lo mejor sólo es anuncio, o no tiene recorrido legal, pero sí tiene recorrido político. Ábalos puede morir de amor o de mazo, aunque nuestros jueces no usen mazo, pero ha decidido seguir siendo político, o sea mediático, o sea literario. Su público, o sus jueces, no parecen ser el tribunal.
Ábalos prendado hasta las trancas no parece aportar nada al juicio ni a la literatura, donde el viejo enamorado de la joven sólo ha servido de cachondeo
La persecución política y el amor con una moza hacen a Ábalos quijotesco o sólo grotesco, con su pasión de jardín o sus cuernos de jardín, como enredaderas (hay en esa acusación contra Aldama, la de haber coaccionado a la Jesi, algo de cuernos pastorales y fáunicos). Pero ese relato del hombre enamorado y del ministro que delegaba (delegaba él mucho, delegaba él bien, hasta para que le buscaran putas con carromato) le parece ahora más importante que su estricta defensa jurídica. Se ha declarado “carne de meme” y carne de ghosting (ha aprendido mucho de su amor intergeneracional, de su crush vivificante), se ve en un “juicio mediático” con una “condena clara”, lo niega todo y se considera una víctima. Y aunque nada de esto sirva judicialmente demasiado ante las vergonzosas evidencias, ahí está él, rodilla en tierra, entre el duelo por amor, el ataque de vesícula y el peso de su infausta y primaveral corona. Es lo que uno no entiende, que pretenda seguir siendo lírico y ministerial, con novia de balcón o novia de estanco, con amor adolescente y rosa socialista también adolescente, jugándose más de veinte años de cárcel. Yo diría que aún confía (muchos confían) en que esto tenga un final político o un rescate político, o sea teatral y épico, quizá con Sánchez como deus ex machina.
Todos los poetas se caen en el charco del amor pero los charcos de los políticos suelen ser otros. Ábalos quería a la Jesi, digamos que un poco entre el porno y Molière, y por un momento casi nos olvidamos de las chistorras para volver a mirar a la luna igual que los amantes, que yo creo que la miran porque ven en ella algo así como un culo primigenio (detrás de la poesía sólo hay sexo, y a lo mejor después de todo se ha ligado más con Neruda que con la moto). Supongo que la victimización de Ábalos tenía que llegar también a eso, hasta ese amor suyo de avaro tierno. Ábalos no sólo es un hombre enamorado, sino un hombre abandonado, que se ha quedado sin luna, sin culo, sin partido, sin nada. El amor es una manera de romantizar el abandono, igual que es una manera de romantizar la lujuria. Lo que pasa es que yo veo al Supremo poco lujurioso y poco romántico. Sánchez es otra cosa, que él también ha abusado del desmayo y de la mariposa en el corazón o en el ombligo. En el romanticismo, que a lo mejor es una estafa, como la política, se pueden encontrar aún los dos. Por eso Ábalos, en el Supremo, era un amante sin manta de la que tirar.
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