Opinión

EL GOLPE

Fontaneros contra el hantavirus

Fontaneros contra el hantavirus
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, llega a la rueda de prensa conjunta con el director general de la Organización Mundial de la Salud, Tedros Adhanom | EFE

Nuestra épica siempre es pequeñita pero apañada y vistosa: parar la Vuelta ciclista con pedradas o chinchetas, no ir a Eurovisión con nuestros zancos y gaitas, enviar una fragata solitaria y desvalida como un globo aerostático (o enviar un velerito con Colau y mucho aftersun y lujuria, como un anuncio veraniego de cervezas), pintar murales de la paz después del Consejo de ministros como después del instituto, y hasta fumigar a gente con chubasquero. Lo del hantavirus lo hemos hecho entre bien y regular, entre la diligencia y el remiendo y entre la ciencia y el circo de tres pistas, con el paisanaje mirando el espectáculo en chanclas y carguitos haciéndose selfis con los rojos autobuses de fondo como si fueran la torre de Pisa en llamas. Todos hemos visto al psiquiatra bajarse del autobús al lado de una gasolinera como si se bajara de la camioneta de la obra, con ganas de fumar, el epi hecho un gurruño igual que el mono y dejando pisotones de mortero y cal. Si el epi hacía falta, no se lo puede uno quitar así, y si no hacía falta, ha sido como vestir a un psiquiatra de bailarina rusa por diversión o por despistar. Para Sánchez y Mónica García, sin embargo, todo ha sido una proeza y un orgullo. Pero ya digo que nuestra épica es pequeña y apañada, por eso parecía que habíamos mandado al fontanero a arreglar lo del hantavirus. Tendría que haber estado Leire, fontanera del reino.

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No lo hemos hecho mal y podríamos haberlo hecho mejor, teniéndolo todo escrito, regulado, protocolarizado, como si en vez de un virus llegara el emperador del Japón, pequeñito, intocable y un poco evaporable incluso. Todo parecía aséptico y casi submarino en un principio, nos explicaban lo de la triple burbuja, veíamos los chorrazos febriles, las máscaras casi agónicas, el hospital Gómez Ulla que se diría que se preparaba para operar de apendicitis al propio virus, y, sobre todo, uno confiaba en la hermeticidad del protocolo tanto como de los materiales. Pero lo del psiquiatra con pinta de carpintero de tejados, al que se le cae el martillo, el epi y la fiambrera con filete empanado por ahí por los polígonos, yo estoy seguro de que no está en ningún protocolo internacional. O sea, que al final sí hemos metido nosotros nuestro propio protocolo nacional, chapucero y perezoso. Sí, a ver por qué se iba a bajar el compadre al final del recorrido y del papeleo, y hacer allí el lento ceremonial, como de buzo, torero o samurái, pudiéndose bajar en la rotonda de al lado de su casa y salir fumando, a tiempo para el partido, la partidita o el carajillo. Lo que quiere decir uno es que eso deja más espacio para la sospecha que para la épica.

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Lo podríamos haber hecho fatal y sólo lo hemos hecho regular, pero eso me parece poco motivo para la épica médica, espacial o histórica. Para Sánchez y Mónica García, sin embargo, esto no es que haya sido el desembarco de Normandía con fontaneros o mariscadores con impermeable, es que ha sido Independence day, con el Hondius como nave nodriza, el hantavirus ratonero como extraterrestre alagartijado y hasta el presidente combatiendo en su Falcon. Es posible que la ministra de Sanidad, en el puerto de Granadilla, tuviera algo incluso de Sigourney Weaver esperando, con su ropilla de faena, a aliens de tres bocas sucesivas (esto, si no fuera porque la ministra no habla inglés interestelar, ni inglés inglés, sino inglés de taxista de Torremolinos). Aunque quizá lo de Sánchez era otra cosa menos reptiliana y guerrillera, más como George Clooney en Urgencias, salvando vidas sin perder el perfil bueno. No nos funcionan los trenes, ni el Estado en general, pero hemos bajado a gente de un barco sin matarnos a todos, siguiendo en principio los protocolos internacionales y obviando que alguno de nuestros efectivos sólo siguió los protocolos de los vendimiadores o los encaladores. Muy épico, la verdad, no queda.

Nuestra épica es pequeña y apañada, por eso parecía que habíamos mandado al fontanero a arreglar lo del hantavirus. Tendría que haber estado Leire, fontanera del reino

No ha salido demasiado mal la cosa, a pesar de todo. Eso sí, una vez que hemos visto a un psiquiatra hacer de chapuzas nacional, con pintura en las botas y en el transistor, uno siente la tentación de pensar qué no habrán hecho los chapuzas nacionales por antonomasia, o sea nuestros gobernantes de gotelé. Uno quiere creer en los protocolos hasta que se da cuenta de que el protocolo lo ha puenteado enseguida el españolito, igual que el diferencial del cuadro eléctrico, por comodidad, interés o suficiencia, y en eso de la comodidad, el interés y la suficiencia nadie gana al presidente Sánchez. Ya vemos puenteado, en realidad, todo el Estado, desde las instituciones al negocio chistorrero; ya vemos, desde hace mucho, que no hay protocolo ni ley que valgan ante el interés de nuestro héroe, de nuestro Flash Gordon de los virus y del fascismo. Entre la seriedad y el método que uno le supone a un médico psiquiatra y la seriedad y el método que uno le supone a Sánchez, está toda nuestra prevención o nuestro acojone.

Todo parece haber salido más o menos bien, de momento, aunque hay que recordar que el hantavirus tampoco es tan fácil de contagiar y lo mismo hubiera resultado igual de bien llevando bomberos, guardias municipales, equipos de waterpolo o la camioneta de la obra. O incluso se hubiera bastado Leire Díez con sus guantes de proctología. Aun así, yo creo que hubiéramos entendido mejor cierto relax bien explicado que tantos fregoteos, amarrijos, sellados y escafandras para tener que ver, al final, que el que no trataba el epi como un mandil de charcutero se hurgaba las narices en pleno operativo o magreaba a un pasajero antes de pillar el bocata de lomo. Los protocolos escritos y firmados por ahí no nos aseguran nada, que ni siquiera nos lo aseguran las leyes escritas y firmadas aquí. Nuestra épica es pequeña porque nuestra exigencia, con los desastres, con la política y con la vida, también lo es. La verdad, yo creo que nos hemos vuelto a salvar de chiripa, y eso muy épico no es.

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