Con las barbas de tela de saco y papeles de catacumbas en sus manos panaderas, yo creo que Koldo quería parecer un abate entre la insignificancia, la santidad, el perol y la burocracia. El preso de Dumas que decía yo ayer, un poco loco de ventanuco, un poco pirata en camisola en la mazmorra, en realidad sólo ayudaba, sólo atendía, sólo hacía el bien, sólo quitaba trabajo y penas. Iba por los ministerios o por las casas de los amigos con escoba de fraile, con guitarra de aleluya o con vino evangélico; iba entre cargos, empresas y administraciones tosco, puro y servicial como fray Perico o su borrico, sólo para hacer más grande su ya gran corazón de talega o gaita. No cobró nada de Aldama, no recibió regalos ni contraprestaciones, y se diría que sólo se llevó lumbagos y reumas de tanto mocho y tanto recado. Tendría que haber llegado al Supremo no con la barba llovida de cera y un evangelio de chinches bajo el brazo, sino con rodete alto, espalda baja y rebeca de luto o desavío de señora de Delibes. Luego, cuando dijo que había colaborado contra el terrorismo, el retrato se engrandeció aún más si cabe. Así que Koldo quedaba entre santo de pan y vino, mimo de oenegé, niñera de señores, superabuela para todo, monja de redimir pecadoras y heroico agente secreto con hacha. Un monumento o una película, no un juicio, es lo que se merece Koldo.
El final del juicio ya sólo nos va a deparar cosas así, que más que a una estrategia de defensa efectiva suenan a fantasía escolar de gordito antes de saltar el plinto o ser aplastado por él (el Supremo, todo como de madera de plinto, parece parte de una pesadilla con muchas espalderas, silbatos y exámenes a los que los de la trama se presentan en calzoncillo). Koldo no intentó desmontar su caso prueba a prueba, ni chistorra a chistorra, que aunque reconoció que sí eran billetes, él sólo los cogía para cambiárselos al PSOE, como la abuela en la carnicería (al principio, recuerden, decía que eran chistorras de verdad, que casi pegaba más eso de la abuela o superabuela arrastrando las alpargatas, yendo al mercado a por chistorras para la barbacoa de sus nietecitos ministros y las sobrinitas con faldita de tenis o cola de conejita). Tenemos que suponer, claro, que ni siquiera Koldo como superabuela, supermonja o superagente era capaz de rebatir nada. Lo único que podía hacer era intentar no enredarse más, o sea no aportar muchos hechos verificables o rebatibles, y rellenar los huecos con otro relato alternativo pero que tampoco fuera verificable ni rebatible, o sea la fantasía, la película, el pastiche, la historia como de santo con pistola que se ha montado.
Lo que ha hecho Koldo es seguramente lo único que podía hacer, trabajarse un personaje para llenar la función, el de este abate que es todo sopas y caridad hasta en su barba de sopas y caridad. Alguien bienintencionado pero insignificante, útil pero no imprescindible, leal pero no esbirro, mañoso pero no todopoderoso, que se iba cruzando con señoritas y chistorras (la carnicería de la abuela era de eso básicamente) que él confundía con corderas y cambio para el bus. A uno, la verdad, le parece un poco la excusa del cura pillado en el puticlub, que nos dice que está allí evangelizando o de colecta para los pobres de tómbola, porque las putas tienen un corazón caritativo proporcional a su melancolía. Koldo era el abate raudo de alpargatas y faldones, como la abuela, dispuesto a servir, a ir de papeleo, de confesión o de médicos (las sobrinas iban mucho de inyección y antibiótico), o a freír un huevo, pero luego alimentarse sólo de la felicidad y el bien que proporcionaba. Así que allí se quedaba Koldo, de pie, con mandilón, espumadera y cartilla del seguro, viendo servidos, tramitados y comiéndose el huevo frito a los demás, a las sobrinitas hambrientas, ingenuas y tristísimas, como Cabiria, o a las “criaturitas” del PSOE, que dijo aquel director general de Trabajo de los ERE.
Koldo no intentó desmontar su caso prueba a prueba, ni chistorra a chistorra, que aunque reconoció que sí eran billetes, él sólo los cogía para cambiárselos al PSOE
Lo de Koldo yo creo que ha tenido mucho trabajo de barbería, de sastrería, de cocina y casi de egiptología, para aparecer ante el Supremo así, cubierto de abnegación, fideos y polvo. Pero es que alguien en su situación no puede limitarse a las negaciones genéricas y a los olvidos de punzada en la sien que parecen repentinos y a la vez crónicos, y que son tan típicos en los juicios como la cara de punzada en la sien en las fotos de los escritores. Koldo no puede presentar un relato alternativo al de la acusación que lo explique todo, pero puede presentar un relato alternativo al de la acusación que no explique nada. En medio de este largo relato lleno de brumas, duermevelas, ambigüedades y hasta seducción (en Koldo había como un Rasputín santo de putas y puto de santas, imperial en la miseria y mísero en el imperio); en medio de esta necesidad literaria y penal, yo creo que era inevitable alzar el vuelo y soñar. O sea, era inevitable que salieran la superabuela, la supermonja, el superagente.
Koldo no puede presentar un relato alternativo al de la acusación que lo explique todo, pero puede presentar un relato alternativo al de la acusación que no explique nada
La superabuela, la supermonja, el superagente, el abate o el amigo, el apañado y el ingenuo, el héroe o el santo tosco pero sincero, como decía él mismo, parecen agigantar a Koldo (es casi un personaje wagneriano, el Parsifal “loco inocente” entre cisnes o al menos gansos), pero en realidad lo empequeñecen en la trama. Alguien con capa de saco y manos de quesero, que aunque busca el bien apenas llega a hacer favores, recados y quesos en la cocina, no encaja en la magnitud de la trama. Claro que el otro Koldo, el de los audios, el de las putas de verdad, las chistorras de verdad y las pruebas de verdad, cuenta otra historia. Yo creo que esto es lo que nos queda, el personaje que no explica lo que pasó pero nos rellena el alma como el pavo de la abuela y nos distrae en las tardes del Supremo, que es como una tarde de nana entre maderas de cuna o de barco. Sólo queda mirar personajes (quizá Ábalos elija el ingenuo con debilidad de la carne o del amor), porque lo demás, insisto, creo que se lo cargó Balas como con guadaña acharolada. Yo no sé si es buena estrategia de defensa, o es la única, o en realidad no es estrategia, sólo consuelo u homenaje. Quizá Koldo no quiere una película ni un monumento. Quizá no quiere construir un personaje o personalidad para los medios ni los jueces, sino para su abuela, para aquella profesora monja y para aquel espía patrio vestido de lagarterana que le inspiraron todo lo de hoy.
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