En Núremberg hubo un detalle que explica casi toda esta historia. Los dirigentes nazis estaban en el banquillo y la Unión Soviética estaba en el estrado. El juez que Stalin designó para el tribunal, Iona Nikitchenko, había presidido en 1936 uno de los procesos de Moscú, aquellos en los que los acusados confesaban conspiraciones imposibles antes de ser fusilados. El fiscal, Roman Rudenko, representaba al Estado que seis años antes se había repartido Polonia con el acusado.
Porque eso ocurrió primero. El 23 de agosto de 1939, Berlín y Moscú firmaron un pacto de no agresión con un protocolo secreto que dividía Europa oriental en zonas de influencia. Alemania invadió Polonia el 1 de septiembre. La Unión Soviética entró por el este el día 17, cuando el ejército polaco todavía resistía, y hubo desfile conjunto de las dos tropas en Brest. Después vinieron la anexión de los países bálticos, la guerra contra Finlandia y, en la primavera de 1940, la orden del Politburó de fusilar a unos veintidós mil oficiales, policías, médicos y profesores polacos en Katyn y en otros bosques. La guerra que Núremberg iba a juzgar la habían empezado dos.
Y sin embargo uno de los dos ocupaba la mesa de los jueces. La acusación soviética llevó Katyn al proceso y se lo imputó a los alemanes. La defensa presentó pruebas, el asunto se volvió desagradable y la sentencia final no lo mencionó. De todos los crímenes que pasaron por aquella sala, fue el único que el tribunal prefirió dejar sin nombre.
Núremberg fue un acto de justicia y fue también el resultado de una victoria militar. Alemania había sido derrotada, ocupada y desarmada, sus archivos estaban en manos de los vencedores y sus dirigentes podían ser detenidos. De los veintidós acusados principales, diecinueve fueron condenados y doce recibieron la pena de muerte. Vinieron después miles de procesos, muchos responsables escaparon y otros regresaron pronto a una vida normal. El juicio no fue completo, pero existió.
Contar muertos tiene siempre algo indecente. No contarlos sería peor
Con el comunismo nunca se dio esa situación. La Unión Soviética ganó la guerra, ocupó media Europa, consiguió la bomba y obtuvo un asiento permanente en el Consejo de Seguridad. Cuando desapareció, en 1991, lo hizo por derrumbe interno y no bajo la ocupación de un ejército extranjero. China continúa gobernada por el mismo partido, y siguen en pie los regímenes de Corea del Norte, Vietnam, Laos y Cuba. Para organizar un juicio no basta con tener razón. Hace falta disponer de los acusados.
Queda lo más difícil. Contar muertos tiene siempre algo indecente. No contarlos sería peor. El nazismo asesinó a seis millones de judíos, y a esa cifra se añaden alrededor de 3,3 millones de prisioneros de guerra soviéticos, 1,8 millones de polacos no judíos y cientos de miles de gitanos, discapacitados y opositores políticos. Doce millones de personas al menos, muertas de manera directa por razones raciales, políticas o ideológicas, sin contar los que causó la guerra que Hitler inició.
Los regímenes comunistas no fueron un solo Estado ni duraron doce años. Se extendieron durante casi un siglo por Europa, Asia, África y América, de modo que la comparación exige cautela. Solo la hambruna del Gran Salto Adelante causó en China alrededor de treinta millones de muertos entre 1959 y 1961. Las políticas de Stalin produjeron millones más mediante ejecuciones, colectivización forzosa, deportaciones, hambre y trabajo esclavo. En Camboya, los Jemeres Rojos acabaron con al menos 1,7 millones de personas en menos de cuatro años, y Pol Pot murió en su cama. De ahí sale una conclusión probable y no una cuenta cerrada: sumadas las víctimas directas, los campos y las hambrunas provocadas o prolongadas, el número supera al de los asesinados por el nazismo.
Esto no rebaja la singularidad del Holocausto. El nazismo hizo del exterminio racial un objetivo declarado. No pretendía corregir a los judíos, ni reeducarlos, ni someterlos. Quería que dejaran de existir. El comunismo se propuso transformar la sociedad por la fuerza y señaló como enemigos a clases enteras, campesinos, propietarios, sacerdotes, disidentes o simples sospechosos. Los métodos fueron distintos. Las víctimas no estaban menos muertas.
El ejército que abrió las puertas de Auschwitz servía a un Estado que mantenía en funcionamiento su propio sistema de campos
La diferencia mayor apareció en la manera de contar después la historia. El nazismo quedó sin coartada, porque nadie puede sostener seriamente que Auschwitz fuera una desviación del ideal nazi. Auschwitz estaba dentro del ideal. El comunismo conservó en cambio una defensa que el otro nunca tuvo, la promesa de igualdad, y siempre fue posible decir que Lenin, Stalin, Mao o Pol Pot habían traicionado una idea originalmente generosa. Esa explicación permitió separar el sueño de sus resultados. El Gulag pasó a ser un exceso; la hambruna, un error; las purgas, una consecuencia del culto a la personalidad. Los muertos se cargaron a la cuenta de unos cuantos dirigentes, como si el partido único, la supresión de la propiedad, la ausencia de prensa libre y la costumbre de llamar enemigo del pueblo al adversario no hubieran tenido nada que ver.
También pesó la victoria sobre Hitler. El Ejército Rojo liberó Auschwitz. Pocas imágenes resumen mejor el siglo: el ejército que abrió las puertas del campo servía a un Estado que mantenía en funcionamiento su propio sistema de campos. La primera verdad ayudó durante décadas a tapar la segunda.
No es exacto, sin embargo, que no ocurriera nada. El Tribunal Constitucional de Alemania Occidental ilegalizó el Partido Comunista en 1956, aunque por pretender destruir el orden democrático y no por los crímenes de Stalin. Tras la reunificación fueron juzgados los dirigentes de la Alemania oriental, y Egon Krenz, el último de ellos, cumplió condena por las muertes en el Muro; el Tribunal Europeo de Derechos Humanos confirmó la legalidad de aquellas sentencias. Hubo procesos en otros países, apertura de archivos, comisiones y leyes de reparación. El Consejo de Europa reconoció en 2006 que los responsables de los crímenes comunistas nunca habían comparecido ante una justicia internacional, y condenó de manera expresa los asesinatos, las deportaciones, el hambre, la tortura y el trabajo forzoso.
Faltó la sala. Los acusados alineados, las cámaras, la sentencia que fija un relato para siempre. Faltó el momento en que aquellos crímenes pudieran verse reunidos bajo una misma luz, que es lo que hace un tribunal cuando funciona y lo que ninguna resolución posterior consigue sustituir.
La ausencia no prueba que unas víctimas importaran menos. Prueba algo más áspero. La justicia internacional no depende solo del tamaño del crimen, sino de quién gana, quién conserva el poder y quién acaba sentado en el lugar de los jueces. En 1945 el nazismo había perdido la guerra. Stalin la había ganado, y la había empezado también, del otro lado del mapa, pero eso no figuraba en ninguna acusación. Los muertos pagaron la diferencia.
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