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Henry Moore acampa en los jardines Kew con la mayor exposición al aire libre de su obra

La muestra, que reúne 30 esculturas monumentales del artista, reivindica la vigencia de un trabajo concebido para habitar en la naturaleza

Henry Moore acampa en los jardines Kew con la mayor exposición al aire libre de su obra
'Three Piece Sculpture Vertebrae' de Henry Moore, realizada entre 1968 y 1969. | Ines Stuart-Davidson

Cuatro décadas después de su muerte, Henry Moore regresa al paisaje que siempre consideró el hogar natural de sus creaciones con Monumental Nature, la mayor exposición al aire libre dedicada a su trabajo.

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Inaugurada en el Real Jardín Botánico de Kew, al suroeste de Londres, la muestra reúne 100 piezas, 30 de las cuales son esculturas de gran formato, distribuidas a lo largo de las 130 hectáreas de este recinto, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, que por sí mismo merece más de una visita porque Kew es mucho más que un parque. Es un laboratorio donde la diversidad vegetal de buena parte del planeta encuentra un espacio para ser observada, estudiada y perdurar. Tres siglos de historia han tejido aquí un paisaje único, en el que ciencia, naturaleza e historia conviven en perfecta simbiosis. 

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La propuesta recupera la inquietud artística de Moore por dar vida a su escultura a partir de las no sólo de las formas, sino también de los procesos y materiales (madera, terracota, arcilla, madera y bronce) creados por la naturaleza. No para imitarla, sino para captar su esencia: su fuerza, su fragilidad, su crecimiento y su muerte, adaptando los tamaños y las texturas a la finalidad de cada obra. En 1932, afirmaba: “Durante mis visitas a la costa de Norfolk, comencé a coleccionar cantos de sílex. Mostraban el tratamiento de la naturaleza a la piedra y el principio de la oposición de protuberancias y hueco. Entonces me di cuenta de que una obra pierde interés al tener formas demasiado similares en tamaño y comencé a contraponer formas pequeñas y grandes, agrandando unas y empequeñeciendo otras”.

Large Totem Head, de 1968, es una versión sobredimensionada de Boat Form, de 1963. Foto: Ines Stuart-Davidson.

Sus formas biomórficas, inspiradas en huesos (como Locking Piece), piedras (Sheep Piece), troncos o conchas marinas, encuentran en Kew un entorno natural. En medio de ese paisaje, las esculturas más bien parecen formaciones geológicas surgidas del propio terreno que representaciones artísticas. No aparecen agrupadas como en una retrospectiva convencional. Se descubren poco a poco, casi por sorpresa, mientras se recorren senderos entre robles centenarios, bambúes o jardines mediterráneos. Algunas emergen sobre amplias praderas, otras dialogan con el agua de los estanques y en algunos casos parecen observar desde cierta distancia los grandes invernaderos de hierro y cristal levantados durante la época victoriana.

Las figuras reclinadas 

Entre las obras más llamativas destaca Large Reclining Figure. Instalada junto a la Gran Pagoda de Kew. La monumental figura blanca establece un diálogo con la arquitectura de inspiración oriental del siglo XVIII en el que, en función de la luz y el ángulo, se disputan el protagonismo. Este fenómeno forma parte del proyecto. Ninguna visita será exactamente igual porque el paisaje tampoco lo es. Las estaciones lo transforman y el cielo intermitente de Londres altera la forma de percibir los reflejos sobre el bronce que se intensifican de manera diferente bajo la lluvia o el sol, modificando la experiencia en cada momento del año.

Large Reclining Figure instalada junto a la Gran Pagoda de Kew. Foto: Royal Botanic Gardens, Kew.

Cuando Virginia Woolf visitó los jardines, dejó escrito en ‘Kew Gardens’ (1921) su propia experiencia: “Los pétalos eran lo suficientemente voluminosos como para ser agitados por la brisa veraniega, y cuando se movían, las luces rojas, azules y amarillas se superponían, tiñendo una pulgada de la tierra marrón con una mancha de color más intrincado. La luz caía sobre el liso dorso gris de un guijarro, o sobre la concha de un caracol con su venas circulares marrones, o, al caer en una gota de lluvia, expandía con tal intensidad de rojo, azul y amarillo las delgadas paredes del agua que uno esperaba que estallaran y desaparecieran. En cambio, la gota, en un segundo, se tornó de nuevo gris plateado, y la luz se posó sobre el exterior de una hoja, mostrando el hilo ramificado de fibra bajo la superficie, y de nuevo se extendió y movió su luz en los vastos espacios verdes bajo la cúpula de las hojas en forma de corazón y lengua. Entonces, la brisa se agitó con más brío y el color brilló en el aire y se reflejó en los ojos de los hombres y mujeres que paseaban por Kew Gardens en julio”. 

Las figuras reclinadas no son ni completamente abstractas ni figurativas. En ellas conviven anatomía y paisaje. Una espalda puede recordar la ladera de una montaña y una abertura central evoca la cavidad que crea el mar en un acantilado. La figura humana deja de ser únicamente un cuerpo para convertirse en territorio y en la materialización de un arquetipo humano (protección, terror, belleza, maternidad, familia, muerte…), a la manera en que lo entendía Carl Jung en sus teorías sobre el inconsciente colectivo, que fueron para Moore muy determinantes desde el inicio de su trayectoria. En muchas de ellas (con su característica postura semitendida, piernas encogidas y la cabeza girada hacia un lado) se puede reconocer la influencia de las figuras prehispánicas de Chac-Mool de la cultura maya, especialmente aquellas que representan rituales y símbolos de fertilidad, que Moore vio por primera vez en el British Museum y cuya presencia le acompañaría a lo largo de toda su carrera.

Nacido en 1898 en Castleford, una localidad minera del condado de Yorkshire, Moore creció entre paisajes industriales, colinas y canteras. Muy pronto desarrolló una fascinación casi científica por los objetos encontrados durante sus paseos: piedras erosionadas, raíces, huesos de animales, conchas marinas, fragmentos de madera pulida por el agua que interpretaba como modelos de construcción formal.

Double Oval de 1966, situada en una larga avenida arbolada en Kew Gardens. Foto: Ines Stuart-Davidson.

En sus propias palabras “cada bloque de piedra sugería ya una forma latente”. Bajo esa premisa se entiende la suavidad de sus curvas, la presencia constante de oquedades y perforaciones y la impresión de que muchas de sus figuras han sido modeladas durante siglos por la erosión.

Pocos artistas del siglo XX han conseguido una difusión de su obra en espacios públicos de tal calibre. Sus esculturas ocupan plazas, universidades, museos y sedes institucionales en todo el mundo. Muchas de aquellas formas orgánicas pasaron a formar parte del paisaje urbano hasta hacerse casi invisibles, como Large Figure in a Shelter, que concibió para exponerla en el Parque de la Paz de Guernica, apenas unos meses antes de su muerte, en 1986 a los 88 años.

La exposición de Kew combate esa costumbre de mirar sin ver. El desplazamiento de las esculturas desde contextos urbanos hacia un entorno natural provoca la sensación de sorpresa y permiten su observación como algo que trasciende de lo decorativo. “No me gusta la idea de que el arte contemporáneo sea una evasión de la vida”,  declaró en 1937, “porque una obra no pretende reproducir la apariencia natural, no es por lo tanto, una evasión de la vida, puede ser una penetración en la realidad, no un sedante ni una droga, no sólo el ejercicio del buen gusto. La presentación de formas y colores agradables, en una combinación estética, no es sólo decoración, sino una expresión del significado de la vida”.

En un mundo acostumbrado a consumir imágenes a toda velocidad, las esculturas de Henry Moore no ofrecen respuestas rápidas. Hay que pararse a verlas, tocarlas y rodearlas, como si nunca hubieran pertenecido del todo a los museos y hubieran estado esperando el momento de convertirse en parte del paisaje.


La exposición Monumental Nature, organizada conjuntamente por Kew Gardens y la Henry Moore Foundation, permanecerá abierta hasta el 31 de enero de 2027.

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