La reciente prohibición en la UE de tres pesticidas neonicotinoides dañinos para los insectos polinizadores ha caído como un jarro de agua fría en la industria farmacéutica, que fabrica y comercializa cada año decenas de miles de toneladas de estos productos de uso común en el sector agrícola. Aseguran que sin este tipo de productos la producción de alimentos se verá seriamente amenazada por las plagas. En el otro vértice del debate están quienes celebran este dictamen como un paso importante para la transición hacia una agricultura sostenible y respetuosa con el medioambiente. Con este acuerdo, fundamentado en diversas investigaciones científicas, 28 países miembros se aproximan un poco más al cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible establecidos por Naciones Unidas en relación a Acción por el Clima y la Gestión de los Ecosistemas Terrestres.

“El descenso masivo de las poblaciones de abejas pone en peligro nuestro alimento en el futuro, y el de las demás especies de animales”, insiste Luis Ferreirim, responsable de la campaña SOS Abejas de Greenpeace. En opinión de la organización ecologista, la prohibición de plaguicidas e insecticidas es la forma “más eficaz y rápida” de aligerar la presión que sufren los polinizadores, amenazados por también por otros factores como el deterioro de su hábitat, el cambio climático y la aparición de nuevas enfermedades y especies invasoras “como la depredadora avispa asiática, que ha entrado en la Península Ibérica a través de la cornisa cantábrica y el norte de Portugal”. Advierten, en cualquier caso, que todavía hay cerca de 300 productos fitosanitarios peligrosos que se utilizan habitualmente como método de prevención contra las plagas, «en lugar de utilizarse solo en última instancia, cuando ya se han agotado las alternativas con menor impacto medioambiental».

Sin la polinización entomófila (realizada por insectos) aproximadamente un tercio de los cultivos que consumimos tendrían que ser polinizados por otros medios

Sin la polinización entomófila (realizada por insectos) aproximadamente un tercio de los cultivos que consumimos tendrían que ser polinizados por otros medios o producirían una cantidad de alimento significativamente menor. Bajaría la productividad de hasta un 75% de nuestras cosechas. Los cultivos más nutritivos e interesantes para nuestra dieta –entre ellos, muchas frutas y verduras, así como ciertos cultivos forrajeros utilizados para la producción de carne y lácteos– se verían afectados de manera grave por un descenso en las poblaciones de insectos polinizadores; sufriría, en particular, la producción de manzanas, fresas, tomates y almendras.

Aunque el Ministerio de Agricultura todavía no tiene datos oficiales concluyentes sobre la desaparición de colonias de abejas en España, los apicultores estiman que ya se han perdido entre el 20 y el 30 por ciento. Solo en la región de Murcia -que es junto a la Valenciana la que emplea más plaguicidas debido al gran peso relativo de la agricultura en su economía-, se pierden cada año cerca de 700 millones de abejas melíferas. A nivel europeo, las cifras no son nada halagüeñas tampoco. Según Greenpeace, el 37% de las poblaciones de abejas están en declive, y el 24% de las 168 especies de abejorros han entrado en peligro de extinción.

Apicultor recoge abejas muertas.

Hablamos con Enrique Simó, portavoz de la asociación apiADS, que representa a 500 apicultores y cerca de 140.000 colmenas de la Comunidad Valenciana. “Los episodios de intoxicaciones de abejas por los efectos de los insecticidas pasaron a ser frecuentes durante los años 80 y 90, pero fue a partir del año 2012 cuando empezamos a realizar un seguimiento exhaustivo con la colocación de cajas de mortandad delante de las colmenas. Así podemos hacer un recuento de las abejas que mueren y las analizamos en el laboratorio. Nuestras investigaciones han dejado muy clara la vinculación entre el descenso de la población de polinizadores y los tóxicos que se utilizan en árboles frutales y cítricos en época de floración”.

Este tipo de sustancias actúan sobre el sistema nervioso central de los insectos, provocándoles la parálisis o la muerte. Afecta además a la capacidad de orientación. “Por ejemplo –explica Ferreirim- una abeja melífera puede viajar más de cuatro kilómetros en busca de flores donde recolectar néctar y polen, pero cuando se ven afectadas por estos productos, no saben volver a casa. Como si tuvieran una enorme borrachera”. Además, añade, altera la capacidad de aprendizaje. “Esto es importante porque las colonias de abejas, como las de hormigas, son sistemas muy desarrollados en los que cada individuo tiene distintas funciones específicas a lo largo de su vida”. Por último, “se sabe que los insecticidas debilitan la fertilidad y el sistema inmunitario de los polinizadores. Esto se agrava por la industria agroalimentaria basada en monocultivos. Imagina que entras al supermercado y en todas las estanterías solo hay pan de molde, y de mala calidad. ¿Te faltarían nutrientes en tu alimentación, verdad? Pues eso mismo les pasa a las abejas”, argumenta el activista de Greenpeace.

A pesar de esta drástica pérdida de colonias, la producción de miel en España –cerca de 30.000 toneladas al año- no ha acusado un gran descenso. El “truco”, según Simó, está en el camuflaje de miel importada como si fuera nacional. “El 50 por ciento de la miel que se etiqueta aquí procede realmente de países terceros como China -segura Enrique Simó-. Con todo, el peor desastre no es para la apicultura, sino para el ecosistema. La polinización no se puede importar”.

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