Con el presupuesto ecológico de 2018 acabado a principios de agosto, según los datos aportados por Global Footprint Network y ofrecidos por WWF, es momento de plantearse la forma que tenemos de relacionarnos con el planeta. Paradigmático es el caso de España que, según indicaba WWF, entró en este estado de déficit ecológico el pasado 11 de junio y si todos los seres humanos vivieran como un español medio consumirían el equivalente a 2,3 planetas por año. Pero no solo los humanos dejan huella ambiental sino que los productos alimenticios también lo hacen y según un estudio realizado por la Universidad de Washington los productos pesqueros generan una menor huella ambiental que muchos otros procedentes de la ganadería o de la acuicultura por lo que cierto cambio en los hábitos alimentarios lograría estar más cerca de la consecución del Objetivo de Desarrollo Sostenible número 12.

El estudio, que se ha realizado durante diez años y se ha analizado la producción de 148 alimentos, señala que 40 gramos de proteínas procedentes del pescado blanco y de las diferentes especies que viven cerca de la superficie (pelágicos) como la anchoa o la sardina tienen una huella de carbono inferior a 1 kilogramo, frente a los 20 kilogramos de huella de carbono para la misma cantidad de proteína en el caso de la industria cárnica y de la acuicultura. «La investigación ha analizado cuatro indicadores básicos del impacto medioambiental en la producción de estos alimentos: uso de energía, emisiones de gases de efecto invernadero, emisiones provenientes de la producción de nutrientes, por ejemplo, fertilizantes, que necesitan algunos alimentos y emisiones de sustancias que contribuyen a la denominada lluvia ácida», señala a El Independiente Javier Garat, secretario general de Cepesca y presidente de Europêche.

Además de esa menor huella ecológica frente a otros productos alimenticios, el consumo de pescado es fundamental para la dieta de las personas.

Desde la Universidad de Washington explican que entre los productos del pescado son las pesquerías de pequeños pelágicos, de pescado blanco y la acuicultura de moluscos las que tienen los menores impactos ambientales frente a los mariscos y el salmón de piscifactoría. Además de esa menor huella ecológica frente a otros productos alimenticios, el consumo de pescado es fundamental para la dieta de las personas.

«Existen numerosos estudios que demuestran la importancia que tiene el consumo del pescado como parte de una dieta equilibrada del ser humano. Sus numerosas propiedades nutricionales empiezan por su alto contenido en proteínas (más saludables que las de otros alimentos también ricos en este elemento) y en su bajo contenido calórico, que oscila entre 70 y 80 Kcal. por cada 100 gr. en el caso de los pescados blancos o magros, y entre 120 y 220 Kcal. por cada 100 gr en el de los pescados azules o grasos. Si hablamos de minerales, el calcio es uno de los elementos más valiosos, además los productos pesqueros son una fuente rica y natural de vitaminas del grupo B (B1, B2, B3 y B12) y de vitaminas liposolubles, entre las que destacan la vitamina A, D y, en menor proporción, E», argumenta Garat quien concluye que tanto por el modo de vida actual como por lo mencionado en el estudio, debemos ser conscientes que «alimentación y medioambiente van de la mano y consumir productos de la pesca salvaje, además de contribuir al mantenimiento de la salud, también ayuda a la conservación del planeta«.