La inversión en base a criterios sostenibles ha ganado un peso notable en los últimos años.

La inversión en base a criterios sostenibles ha ganado un peso notable en los últimos años.

logo
Invertir contra el cambio climático

Economía

Invertir contra el cambio climático

«El dinero no solo compra una mejor vida, mejor comida, autos y sexo. También te vuelve una persona mejor». En la boca de Jordan Belfort, el controvertido protagonista de la película El lobo de Wall Street, esta frase rezuma cinismo por todas partes. No en vano, Belfort se alza en la cinta como el paradigma del inversor sin escrúpulos que subordina cualquier atisbo de conciencia social al fin último de ganar más y más dinero.

Esta imagen ha sido la que desde hace años ha imperado, entre buena parte de la sociedad, sobre los protagonistas de los mercados financieros: tiburones, buitres y otros apelativos caracterizan la negativa imagen que envuelve a los grandes inversores.

Pero lo cierto es que en los mercados también hay lugar para la conciencia social. Y cada vez más. Al menos eso es lo que parece desprenderse del auge que las inversiones sostenibles vienen experimentando en los últimos tiempos.

Según el Observatorio de Inversión Socialmente Responsable en España, elaborado por Novaster en colaboración con Spainsif, BBVA, Santander, Bankia y Cecabank, y presentado el pasado diciembre, el patrimonio gestionado en España en función de criterios ambientales, sociales y de buen gobierno ascendía en 2016 a 185.423 millones de euros, un 17% más que el año anterior.

Y todo hace indicar que esta realidad sigue ganando fuerza tanto en España como a nivel internacional. Hace escasas semanas, el fondo de pensiones de los funcionarios de Holanda decidía dejar de invertir en compañías ligadas a la industria del tabaco y de las armas nucleares; esta misma semana, Santander anunciaba el lanzamiento de una gama de fondos de inversión sostenible; y Moody’s acaba de anunciar su previsión de que el mercado global de bonos verdes se expandirá este año alrededor de un 60% hasta alcanzar la cifra récord de 250.000 millones de dólares (más de 200.000 millones de euros).

A cierre de 2016, en España se gestionaban más de 185.000 millones en función de criterios sostenibles

«Estamos viendo un crecimiento muy importante del mercado de las inversiones sostenibles, con una oferta cada vez mayor, tanto a nivel global como en España», observa Francisco Javier Garayoa, director de Spainsif, el Foro Español de Inversión Socialmente Responsable. Garayoa reconoce que el mercado español de inversiones socialmente responsables es aún reducido en términos relativos, pero celebra que en los últimos años se han registrado tasas de crecimiento equiparables a las de los países del entorno.

Ante inversores y ahorradores surge un creciente número de productos clasificados bajo la etiqueta de sostenibles. En la bolsa, son cada vez más frecuentes los fondos de inversión que establecen entre sus criterios de inversión que las compañías que caigan bajo su radar cumplan con una serie de criterios considerados responsables desde el punto de vista social; en el mercado de bonos, se extienden los denominados green bonds, destinados a financiar proyectos certificados como positivos para el medio ambiente; e incluso productos tan comunes como las hipotecas cuentan ya con su versión ‘verde’, que premia la adquisición de viviendas eficientes desde el punto de vista energético.

Una oferta creciente que va, en muchos casos, por delante de la demanda de los inversores. «Hay inversores institucionales que sí vienen aplicando estos criterios de sostenibilidad desde hace tiempo, pero entre los inversores minoristas este tipo de conciencia nunca ha condicionado su inversión», explica Ricardo Pedraz, coordinador del equipo de Finanzas Sostenibles de AFI.

Cambiar o dejar de existir

A falta de ese empuje de la demanda, ha sido el propio mercado el que ha tomado la iniciativa de promover los comportamientos más éticos y sostenibles. Y no tanto por una cuestión de conciencia social, sino también por mera supervivencia. «El Acuerdo de París de 2015 fue un punto de inflexión. A partir de ese momento, muchos agentes financieros empiezan a considerar que combatir el cambio climático es de vital importancia para conseguir que los mercados no sufran grandes convulsiones a medio largo y plazo. Para muchas empresas pasa a ser una cuestión de que o cambias o vas a dejar de existir», observa Pedraz.

Los mercados financieros han impulsado este cambio en buena medida por una cuestión de mera supervivencia

En opinión de Álvaro Llanza, gestor del European Megatrends FI de Fidentiis Gestión, el boom de las inversiones sostenibles está liderado «por una demanda de la sociedad, que pide soluciones ante cambios obvios en nuestro entorno. Y el cambio climático es quizás un claro ejemplo de esto. Es casi probado que el calentamiento global que estamos experimentando es causado por nuestro progreso. Por lo que si no se toman medidas al respecto, las predicciones auguran un futuro catastrófico».

Es en ese contexto que muchas compañías energéticas dan un nuevo impulso a sus estrategias renovables, el sector del motor se embarca con más decisión en la transición hacia el vehículo eléctrico y los gigantes industriales diseñan estrategias para reducir de forma ostensible su huella de carbono.

Pero la inversión sostenible abarca mucho más que combatir los efectos nocivos de la actividad humana sobre el clima. Sus raíces tienen que ver con una concepción de hacer negocios más justa, igualitaria y con una visión a más largo plazo, unos conceptos reforzados por las enseñanzas derivadas de la crisis financiera que golpeó la economía mundial a partir del verano de 2007. «Han sido una mezcla de factores los que han impulsado esto y, qué duda cabe, uno fundamental han sido las malas experiencias provocadas por movimientos especulativos alejados de una visión de medio y largo plazo», corrobora Garayoa.

En cualquier caso, los datos indican que, aunque al alza, estas cuestiones siguen representando una parte muy minúscula en el conjunto del mercado. Y la regulación se antoja como la palanca esencial para darles un impulso mayor. Una normativa que, entre otras cuestiones, debe servir para dar más garantías a los inversores de que, cuando depositan su dinero en un producto etiquetado como sostenible, realmente están apostando por una empresa que cumple con los estándares adecuados.

La regulación es una palanca esencial para favorecer un crecimiento exponencial de esta tendencia

«Aun pueden darse casos de empresas que actúan en esto de forma laxa o que acuden a los productos verdes como un mero lavado de cara», reconoce Pedraz. Un caso controvertido en los últimos tiempos lo protagonizó Repsol, que emitió un bono que cumplía con todos los requisitos para ser catalogado como verde, pero que fue criticado por algunas organizaciones al tratarse de una empresa cuyo modelo de negocio tiene difícil encaje en la lucha contra el cambio climático.

Los límites de lo ‘verde’

Por eso, el experto de AFI considera apropiado que la normativa estandarice cuestiones básicas como la definición exacta de qué productos o comportamientos pueden ser etiquetados como verdes, sostenibles o sociales. «Parece simple, pero cuando entras al detalle hay puntos que resultan controvertidos», observa.

En este sentido, esta misma semana, la Comisión Europea hizo público un informe de expertos sobre finanzas sostenibles que abunda en recomendaciones sobre las medidas a adoptar para fomentar las prácticas sostenibles en los mercados. Entre éstas se recoge la conveniencia de estandarizar de forma clara la clasificación de productos sostenibles, así como determinar las obligaciones de fondos de pensiones, aseguradoras y gestores de activos en estas cuestiones, lo que podría ser determinante para favorecer un crecimiento exponencial de las prácticas sostenibles.

Nada de esto asegura, no obstante, que no puedan producirse fiascos, ni que toda inversión en base a criterios de sostenibilidad vaya a resultar exitosa. «Nada tienen que ver los criterios de inversión socialmente responsable con la garantía de éxito de estas inversiones, ni aseguran una rentabilidad, ni nos evitan futuros fracasos o anticipan quiebras como la de Banco Popular», reconoce Llanza.

En cualquier caso, Garayoa sí defiende que los datos disponibles hasta la fecha muestran que las inversiones en base a criterios de sostenibilidad son, al menos, igual de rentables que el resto, lo cual es un buen punto de partida que debería ayudar a desterrar el mito de que renunciar a determinadas prácticas por un tema de conciencia social significa sacrificar rentabilidad.

Los estudios determinan que las inversiones sostenibles son, al menos, tan rentables como el resto

Probablemente, si este forma de invertir en los mercados sigue ganando adeptos llegará el momento en el que también ofrezca una clara prima de rentabilidad frente al resto, al menos con una visión de medio y largo plazo.

Y esperar ese momento no tiene que resultar, ni mucho menos, utópico: «Esta manera de invertir será cada vez más demandada, basada en el principio cada vez más generalizado de que, si pretendemos vivir de manera socialmente responsable y tener un mundo sostenible, nuestras decisiones sobre qué hacer con nuestro dinero deberían ser diferentes», augura Llanza.

Ese día, probablemente, los apelativos de tiburón o buitre queden desterrados a un rincón en los mercados financieros y, tal vez, sea posible para los inversores comentar, sin el menor ápice de cinismo, que ganar dinero puede volverte mejor persona.

Comentar ()