El paro de larga duración, el que incluye a aquellos que llevan uno, dos o más años buscando un empleo, está en boca de todos, pero a la hora de la verdad pocas veces se pone bajo la lupa para conocer con certeza qué lo provoca. Falta de formación, edades avanzadas…son explicaciones rápidas. Sin embargo, un estudio publicado por la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (Fedea) aborda este fenómeno con detalle y arroja resultados sorprendentes.

Para muestra, decir que, en contra de lo que cabría pensar, es cierto que la edad es un factor fundamental y que una vez superados los 45 años las probabilidades de seguir en paro son más altas, pero el nivel de formación también juega malas pasadas, en el sentido de que aquellos más cualificados, que se vieron en el dique seco tras mantener durante años un cómodo empleo indefinido, tienen más papeletas para acabar engrosando la dramática lista del paro de larga duración.

Los autores del estudio son el economista Samuel Bentolila, de la Fundación Centro de Estudios Monetarios y Financieros (CEMFI), el profesor de la Universidad Pablo Olavide Ignacio García-Pérez y el de la Universidad Autónoma de Madrid Marcel Jansen. El trabajo pone en el centro del problema del empleo el paro de larga duración: en estos momentos hay 1,9 desempleados que llevan más de un año en búsqueda activa de empleo, prácticamente la mitad de los 3,7 millones de desempleados que aún ven de lejos la recuperación económica.

Entre los 1,9 millones de parados de larga duración, unos 636.500 personas tienen tienen entre 45 y 59 años (más del 60% de los parados de esas edades), un colectivo para el que entrar en el paro supone un alto riesgo de no poder volver nunca al empleo. El estudio de Fedea así lo indica: más del 40% de los parados en esas franjas de edad seguirán parados dentro de 12 meses, frente a los porcentajes inferiores al 30% para edades inferiores, y, si sobrepasan ese umbral, la probabilidad de seguir en el desempleo a los 24 meses se eleva al 80%.

Como primera conclusión, cabe señalar, por tanto, que la edad puede ser un factor que dificulte la contratación de los trabajadores mayores. Una de las razones puede ser que la inversión en formación tiende a reducirse con la edad, ya sea porque le quedan menos años hasta la jubilación o por un por un posible deterioro cognitivo.

Además, Fedea argumenta que la incorporación de mayores “puede plantear retos para la gestión de recursos humanos, especialmente si sus superiores son más jóvenes”.

La paradoja del empleo a partir de los 45 años

Otra muestra de que el paro a partir de los 45 años y hasta los 59 años es una losa más pesada que para los más jóvenes es que el empleo a partir de esta edad ha evolucionado más positivamente y, aún así, el paro en el colectivo no ha dejado de crecer. Dicho de otro modo, crece el empleo, pero el paro que se genera no encuentra salida fácil. Y esto tiene su razón de ser.

Durante la última recesión, estimando este periodo entre el cuarto trimestre de 2007 y el mismo periodo de 2013, el empleo en esas franjas de edad creció un 0,7% al año, mientras el empleo total caía un 3,1%. Una vez en plena expansión, hasta finales de 2017 (último dato disponible en el momento de elaboración del estudio), sus niveles de empleo crecieron 1,7 puntos porcentuales más que la media.

Sin embargo, hay que tener en cuenta que en estas mediciones entra en juego el efecto del envejecimiento de la población. Así, el colectivo de empleados entre 45 y 59 años también crece por que los de edades inferiores que mantienen un empleo van cumpliendo años. Además, la tasa de actividad de las mujeres en esas edades ha aumentado de forma importante en el mismo periodo.

Si se pone en relación el empleo y la evolución de la población activa, el resultado es que la tasa de empleo de los mayores de 45 años cayó casi dos puntos porcentuales menos que la media durante la recesión y ha aumentado en igual magnitud durante la expansión.

Pero, en paralelo, el paro de larga duración de los trabajadores mayores es 12 puntos porcentuales superior a la media. ¿Por qué? Porque aunque el crecimiento de sus cifras de desempleo ha sido menor durante la recesión, han perdurado más estables o han caído en menor medida durante la expansión desde 2014. Los parados mayores de 45 años se han ido acumulando.

Los autores resumen este efecto de este modo: “Las menores tasas de paro unidas a mayores duración en los mayores de 45 años son el resultado de una menor probabilidad de entrada en el paro junto a una mucho menor probabilidad de salir del mismo, que además decrece con la duración de forma pronunciada”.

El desánimo a partir de los 45 años

De hecho, las dificultades para salir del desempleo hace que muchos de estos parados desistan de buscar un empleo activamente y que con el tiempo se conviertan en inactivos. En cifras, por cada 100 parados mayores de 45 años en 2017 había casi 30 inactivos que deseaban trabajar y estaban disponibles para hacerlo.

En cuanto a los motivos de esta inactividad, Fedea señala que, a pesar del fuerte crecimiento del empleo, alrededor del 60% explicaba estar inactivo por considerar muy difícil encontrar un empleo.

El ‘estigma’ de estar cualificado

Otras de las novedades de este informe es que en su nivel de análisis llega a estudiar variables como qué tipo de empleo previo tenía el desempleado o su nivel de estudios. Pues bien, la inmensa mayoría de los desempleados de larga duración pasados los 45 años se queda en paro desde un empleo temporal.

Sin embargo, la estancia en el desempleo se incrementa a medida que aumenta el nivel educativo, probablemente porque a la hora de aceptar un empleo no se conforman con cualquier sueldo, y si el desempleado procede de un trabajo indefinido y tiene derecho a un amplio periodo de cobro del desempleo.

Por ejemplo, un la tasa de supervivencia en el paro a los 12 meses es del 37,1% entre los hombres cuando su empleo anterior ha durado dos meses y del 39,7% cuando ha durado 32 meses. La posibilidad de seguir en paro a los dos años es del 76% y el 77,5% para estos casos. Progresiones similares se observan en el caso de las mujeres.

De igual forma, la tasa de hombres que se mantienen en paro durante un año con estudios medios o bajos es del 34,2% y del 40,2% para aquellos con una alta cualificación, mientras que en el caso de las mujeres estos porcentajes van del 39,6% al 42,6%. Y la misma proporción, aunque con porcentajes superiores se observa para una tasa de supervivencia en el paro de dos o más años.

Cobrar el paro, un desincentivo

Los autores relatan, en relación a estas cifras que, el mayor efecto sobre la salida del paro está asociado a la percepción de prestaciones por desempleo. Un hombre con derecho a una prestación contributiva de 12 meses tiene un 57% de probabilidades de ser un parado de larga duración y una mujer del 65%, frente al 8% y el 18% de para quienes nos tienen prestaciones. Y las diferencias son aún mayores en el caso de las prestaciones asistenciales.

Esto sugiere que los trabajadores con prestaciones buscan empleo con menos intensidad y, por ello, tardan más en salir del paro. “Después, cuando intensifican sus esfuerzos para encontrar un empleo en vista de la próxima expiración de las prestaciones, sus posibilidades de salir del paro son mucho más bajas que al comienzo, lo que hace que su probabilidad de supervivencia no descienda sustancialmente tras el agotamiento de las prestaciones”, añade el estudio.

Por último, dando un paso de las cifras a las valoraciones, los autores dan una última clave, quizás la más importante: “El riesgo de exclusión social y económica entre los parados de larga duración entre los 45 y los 59 años es, por tanto, real y considerable”.