En cualquier ciudad europea, la apertura de un supermercado de la cadena Spar no pasa de ser un suceso de corto alcance. En Grecia, sin embargo, representa el símbolo de un nuevo tiempo. Uno en el que la Plaza Syntagma de Atenas ya no es el epicentro de la desesperación, el dinero no rehuye el territorio heleno y la temida Troika está cerca de convertirse en un recuerdo del pasado.

El próximo 20 de agosto es la fecha en la que, según todo lo previsto, Grecia volverá a caminar sola. Ese día expira el tercer programa de rescate europeo a la economía griega y todo indica que llegarán a su fin ocho años ininterrumpidos de asistencia financiera al país. El que fue el primer capítulo de una crisis que llegó a poner en cuestión el futuro de la zona euro se dispone a dar escenario al último episodio de esa misma crisis.

“El programa griego se terminará este verano. Será un momento importante porque será el fin de la asistencia financiera para Grecia, pero también el fin de la asistencia financiera para la zona euro. Será realmente la última página de la historia de la crisis de la zona euro”, señalaba este viernes el comisario de Asuntos Económicos y Monetarios, Pierre Moscovici, en Sofía, la capital de Bulgaria.

Hasta allí se habían desplazado los ministros de Economía y Finanzas de la Eurozona para perfilar, entre otras cuestiones, el fin del programa de rescate a Grecia. Una tarea para la que aún quedan pendientes algunas tareas: el próximo 14 de mayo, los equipos de los acreedores de Grecia, los bautizados como hombres de negro, visitarán el país, con el objetivo de que el Eurogrupo que se reúne el día 21 disponga de la información necesaria para planificar la retirada de la asistencia a la economía griega.

Grecia encadenó en 2017 tres trimestres seguidos de crecimiento, por primera vez en más de una década

Nada de esto sería posible si la Grecia a la que hoy se enfrentan fuera la misma que en 2010 se convirtió en el primer país de la Unión Europea en precisar de un rescate financiero, que en 2012 precisó de una quita en su deuda que hizo tambalearse a los mercados y que en el verano de 2015 puso contra las cuerdas a la misma Unión Europea, con la negativa del gobierno de Alexis Tsipras y Yanis Varoufakis a aplicar los ajustes que les exigían sus acreedores.

Pero la Grecia que ahora se presenta ante los ojos de sus socios europeos, sus acreedores y los mercados en general es una que presenta, parece, suficientes pruebas de que los años más convulsos han quedado atrás. La economía del país firmó en 2017 un crecimiento del 1,4%, tras encadenar tres trimestres de expansión por primera vez en más de una década. Y las previsiones apuntan a tasas en el entorno o por encima del 2% en los próximos años.

Las transformaciones obradas en el país en los últimos tiempos, la mejora de la competitividad y de la gobernanza, el control de los costes públicos para transformar sus insostenibles déficits en un superávit que bate incluso las exigencias europeas y las reformas de calado implementadas por gobiernos como el del propio Tsipras, plegado ya a los ajustes impuestos por sus acreedores, han propiciado un giro de la situación económica que empieza a arrojar sus primeras luces sobre la patria la cuna de la cultura clásica.

“Una parte importante de la mejora se debe a medidas estructurales que proporcionarán beneficios fiscales duraderos, incluyendo reformas de los sistemas de impuestos sobre la renta y el valor agregado, reformas del gasto en pensiones y atención médica, reestructuración de empresas públicas y medidas para contener la masa salarial pública”, observaban recientemente los analistas de Moody’s, tras elevar la nota de la deuda griega. Este paso, que han imitado el resto de las grandes agencias en los últimos meses, ha ido acompañado de la reducción de la prima de riesgo helena, que hace no tanto reventaba todos los registros, a sus niveles más bajos en lustros.

Tareas pendientes

Un voto de confianza que no tapa ni los sufrimientos padecidos por un país que ha visto esfumarse durante esta crisis cerca de una quinta parte de su PIB; que mantiene una de las cargas de deuda más elevadas, en relación al PIB, entre las economías desarrolladas -solo superada por Japón; y que aún sufre tasas de desempleo superiores al 20%, pese a la fuerte mejora de los últimos años. Y que tampoco oculta, por ende, las tareas pendientes para hacer de Grecia una economía sostenible a largo plazo.

Y esto está, indudablemente, ligado al modo en que la Unión Europea estructure el fin del programa de rescate. Porque lo que casi nadie parece dudar es que el futuro de una Grecia sin asistencia financiera pasa por un alivio de su pesada deuda, con préstamos del FMI y sus socios europeos por un valor aproximado de 250.000 millones de euros. De hecho, el propio FMI ha exigido claridad sobre esas medidas de alivio para sumarse a cualquier plan de apoyo para la salida de Grecia del plan de rescate.

“Los bajos rendimientos actuales de los bonos griegos reflejan en parte la expectativa de que la carga de la deuda será menos onerosa por parte de sus acreedores europeos. Si estas negociaciones se alargan o son menos generosas de lo esperado, los diferenciales de los bonos griegos podrían aumentar”, advierten los analistas de Oxford Economics.

Un alivio de las condiciones de la deuda parece inevitable para que Grecia pueda recobrar su viabilidad financiera

Lo cierto es que Europa ya ha hecho varias concesiones a Grecia en los últimos años, suavizando las condiciones de su deuda, hasta el punto de que hoy Grecia goza de unos costes de financiación inferiores a los que cargan países como Portugal, Italia o España y su perfil de vencimientos a corto plazo se muestra también muy favorable, tal y como resaltan en la agencia Fitch.

En este escenario, no se espera que los acreedores europeos otorguen, al menos por ahora, una quita a la deuda helena. Pero sí que dibujen un nuevo esquema de pagos que reduzca el peso de los pagos sobre el PIB de forma muy significativa. Un nuevo esquema que podría comprender un sistema de pagos flexibles, en el que las obligaciones variarían en función del desempeño económico.

“Este es un desarrollo importante ya que aumenta la confianza de que la deuda del gobierno general se mantendrá en un camino sostenible frente a las adversas sacudidas del crecimiento. También indica que existe un amplio consenso entre los socios europeos sobre la necesidad de cambiar el enfoque de la condicionalidad futura de Grecia de objetivos fiscales estrictos hacia la restauración del crecimiento del PIB a mediano plazo”, observan en Fitch.

Estas medidas, el último empujón para que Grecia pueda volver a caminar por sí misma ocho años después, permanecen aún pendientes de un acuerdo entre los socios europeos. Pero como el propio Moscovici señalaba este viernes, concluir de forma exitosa el programa de rescate griego “es un objetivo político compartido por todos, es una voluntad extremadamente clara”. Dar carpetazo al peor capítulo de la historia de la integración europea bien merece un esfuerzo.