Está preocupado. No le gusta lo que ve y escucha desde hace tiempo. Ni por parte de los suyos ni de los otros. «Lo hacen todos», afirma. Sabe de lo que habla. Durante muchos años estuvo dentro del sistema, dentro del poder hasta llegar a ministro de Administraciones Públicas con José Luis Rodríguez Zapatero entre 2004 y 2007. Sin embargo, hoy Jordi Sevilla (Valencia, 1956) no se siente identificado en la clase política. Demasiada crispación, demasiado ‘y tú más’ y poca responsabilidad de Estado.

En el análisis que hace del país en «La España Herida» (Ediciones Deusto) identifica hasta seis fracturas sociales que se han agravado en el proceso de degradación de los últimos años. Tiempos de polarización de la política y de desafección social: ricos-pobres, hombre-mujer, jóvenes-mayores, rural-urbano, analógico-digital y ‘turbocapitalismo-retrocapitalismo’.

Echa de menos la época en la que en España el adversario no era el enemigo, ni la negociación una claudicación o el acuerdo una rendición. Llama a la sociedad civil a alzar la voz, «a decir basta ya» a la clase política para que reconduzca la situación y restañe las heridas. También para que sepa liderar en tiempos de grandes transformaciones como la «desglobalización, la llegada de la inteligencia artificial o el cambio climático» y que van a requerir de grandes consensos.

El expresidente de Red Eléctrica de España y actual asesor de la consultoría global de comunicación y asuntos públicos LLYC, considera que hay cuestiones que deben ser reconsideradas, como la vinculación de las pensiones al IPC en tiempos de inflación disparada. Urge a abordar los otros aspectos de la reforma del modelo de pensiones, «por ahora sólo hemos aplicado la parte buena, la más dulce». También a repensar el modelo energético marginalista en Europa. Sitúa a los jóvenes como otro de los problemas más acuciantes que ahora debería abordar España: «Su situación no nos la hemos tomado como un problema colectivo sino familiar, que de los jóvenes se ocupen en casa… No somos conscientes del daño que les estamos haciendo».

A Sánchez y Feijóo les recomienda sentarse a hablar, alejarse de sus populismos vecinos, Podemos y Vox: «No se deberían levantar hasta ponerse de acuerdo en los cuatro o cinco grandes temas de país».

Pregunta.- Usted habla de la existencia de una gran herida que divide la España actual. Incluso urge a tomar medidas para apuntalar la democracia. ¿Tan grave es?

Respuesta.- No tengo ninguna duda de que lo es. Incluso nos hemos peleado en una situación grave como es una pandemia. La clase política se ha enfrentado por su gestión y ha arrastrado a una parte de la ciudadanía a pelearse. Ahora lo vemos también con temas que deberían ser trasversales, como los fondos ‘Next Generation’ o el Perte para convertir a España en la fábrica de microchips de Europa. Cuando el nivel de crispación es tan elevado que ni en asuntos como estos somos capaces de ponernos de acuerdo, el asunto es muy grave.

P.- ¿Cuándo se empezó a romper todo? Asegura que desde la Transición ya no hemos sabido entendernos, que estamos en una era de crispación casi permanente…

R.- No sé cuándo comenzó, no ha sido de un día para otro. Quizá cuando comenzó a generalizarse la descalificación personal y la conversión del adversario en enemigo. Si tú dices que hay que bajar los impuestos y yo que hay que subirlos podemos dar argumentos, discutir y quizá llegar a un acuerdo. En cambio, si dices que yo soy tonto y yo digo que tú más, se acabó el debate. A partir del momento en el que en la política y la sociedad, en los medios y tertulianos, se canalizó todo hacia el insulto y la descalificación, no hacia la crítica, y el adversario empezó a ser el enemigo esto empezó a ir mal. Al presidente de Gobierno se le ha llegado a llamar ocupa ilegítimo y otros calificativos. Me da igual quién sea el presidente, pero eso no se puede decir a un presidente constitucional.

P.- ¿Los dos grandes partidos son los responsables de este clima?

R.- Tienen una mayor responsabilidad, sí. Ejercen de modo voluntario, nadie les obliga a estar ahí. En democracia la clase política tiene una labor pedagógica y de liderazgo que aquí se ha ido perdiendo en función de lo que digan las encuestas. Por tanto, cada vez más un político no dice lo que cree sino lo que las encuestas le dicen que diga para subir en votos. Esto es una perversión del sistema democrático. En esa estrategia gana siempre el que la dice más gorda, insulta más alto. Así surge la radicalización. Lo hemos visto con Podemos a la izquierda del PSOE o con Vox a la derecha del PP. Es fruto de esa política de confrontación y descalificación.

La frivolidad con la que algunos alimentan el fuego y la hoguera me parece sancionable. Hay que decir basta ya»

P.- ¿Qué daño han hecho los populismos en España?

R.- El daño que han hecho los populismos es que han impedido los acuerdos y los consensos. Podemos fue el primer partido populista de España hablando de la casta, del pueblo y del no a los consensos. Si el PSOE pactaba con el PP perdía votos y si el PP pactaba con el PSOE también. Ese es un mal importante. Los populismos, unos y otros, han descalificado al sistema. Resulta que la convivencia de personas que no pensamos igual en lugar de ser un valor a proteger, se ha convertido en un mal necesario. El uso que se hace ahora de la Constitución como arma arrojadiza me parece bastante lamentable.

P.- Y por el camino nos hemos dejado la defensa del bien general y se ha extendido la desafección hacia los políticos.

R.- Es lógico. La mayoría de los problemas de una sociedad no los puede resolver un solo partido ni un solo gobierno si cuando llega el siguiente hará otra cosa. Eso no da estabilidad a las reformas y los cambios. Por tanto, las cosas importantes, lo que antes llamábamos políticas de Estado, que son cada vez más en un mundo complejo, se resienten. Cuestiones como el cambio climático, la digitalización, la inteligencia artificial o el debate abierto sobre la desglobalización y su impacto a la estructura económica. Todo eso requiere ponernos de acuerdo. Si no puedes hacerlo porque tus encuestas, medios afines o votantes no te dejan, no resuelves los problemas y si no lo haces los ciudadanos se cabrean. Así, se genera un círculo vicioso retroalimentado con esa actitud que alimenta el enfado.

P.- En este contexto, ¿cómo se puede recomponer la convivencia social y el consenso político básico?

R.- Primero, es necesario que los que pensamos así digamos basta ya. Creo que somos muchos, más de los que pueda parecer. Digamos que necesitamos tranquilidad, sosiego, rebajar decibelios. Cambiemos de emisora, hagamos ‘zaping’ cuando empiezan los insultos o dejemos de leer esas coas. Quizá así comencemos a ir cambiando o forzando actitudes distintas por parte de los políticos. Yo creo mucho en la sociedad civil.

P.- Esa rueda tóxica en la que el adversario es el enemigo, la negociación es una claudicación y el pacto una rendición, ¿se está cronificando en la sociedad española o estamos a tiempo de revertirla?

R.-  Creo que no se ha cronificado. Por eso me movilizo y levanto mi voz, para que eso no ocurra. Sería un peligro para un país como España. En los últimos 200 años España ha tenido enfrentamientos civiles, excepto los últimos 40. Desde las guerras Carlistas a la Guerra Civil. Por tanto, la frivolidad con la que algunos están jugando, alimentando el fuego y la hoguera, me parece sancionable.

P.- Usted ha sido ministro, conoce de cerca la gestión del poder. ¿Esa ‘hoguera’ la alimenta de igual modo el Gobierno y la oposición?

R.- Nadie tiene el monopolio. Ni el Gobierno ni la oposición. Muchas veces se actúa más por reacción que por acción. Ese es un juego peligroso. Una de las  cosas que gustó de Feijóo fue cuando aseguró que no venía a insulta a Sánchez sino a ganar las elecciones. Esa es una buena actitud, pero creo que la está empezando a perder.

La situación de los jóvenes aún nos la tomamos como un problema familiar, ‘que se ocupen en casa’. No sabemos el daño que les estamos haciendo»

P.- Abandonó la política hace más de una década. ¿Se identifica con la clase política actual?  

R.- Este ha sido un proceso que ha ido poco a poco. Sí ha tenido saltos como el 15-M, la moción de censura o los casos de corrupción de los partidos políticos. Pero creo que se ha ido alcanzando unos decibelios preocupantes en un momento de grandes cambios a nivel internacional, pandemia, guerra… que los hace mucho más inaceptables. Encerrarse en su ombligo, aislarse del mundo para intentar buscar cuota de pantalla a base de insultar es lo peor que se puede hacer.

P.- El horizonte al que nos enfrentamos no parece muy halagüeño para recomponer el escenario: periodo electoral, crisis económica…

R.- En España nos gusta mucho utilizar las cosas ‘a la contra’ y en función de su gobierno o no. Cuando gobierno tengo un discurso y con los mismos datos o circunstancia tengo otro si estoy en la oposición. Y no pongo siglas, lo hacen todos. Están pasando muchas cosas y no podemos utilizarlo contra mi adversario, sino que debería unirnos para salir adelante.

P.- ¿Estamos abordando bien la crisis energética?

R.- La medida de reivindicar la ‘excepcionalidad Ibérica’ para topar el gas la veo razonable. Se debería haber adoptado antes y con más apoyo. En Europa seguimos sin abordar una realidad que va más allá de la subida de precios. No podemos seguir manteniendo un mercado eléctrico marginalista cuando tienes más de la mitad de la generación eléctrica con energías renovables cuyo coste marginal es cero. La reforma del mercado energético se va a acabar imponiendo a nivel europeo.

P.- El debate de los impuestos es otro de los aspectos de enfrentamiento clásico que aborda. Esta cuestión sí que parece cronificada…

R.- A mí es una cuestión que me aburre. Me interesa más el debate sobre el mercado laboral, o la privacidad de mis datos, la inteligencia artificial, etc. O el gran debate sobre la desglobalización y las oportunidades que puede traer a España. Es cierto que son debates más complicados y es más fácil recurrir a lo conocido y sabido. No creo que ninguno de todos estos problemas se resuelva ni subiendo ni bajando impuestos. Dicho esto, creo que en el IRPF, por ley, la tarifa se debería deflactar cuando el IPC suba del 2%. Eso frena el uso populista de la deflactación a voluntad del político de turno.

P.- ¿El entendimiento PSOE-PP hasta qué punto lo ve urgente?

R.- Es urgente pero no sólo por la crisis sino por lo que se puede hacer. En el último informe del Banco de España hay una serie de reformas estructurales y una demanda de un programa integral de reformas estructurales que no los puede hacer sólo un Gobierno. O se pacta o no saldrá adelante nunca. Requiere apoyos sociales suficientes para remover los obstáculos que ha impedido hacerlo y requieren más de una legislatura. Por tanto, necesitan esa estabilidad. Seguir negándose a ello eso sí que es poco patriota.

P.- ¿Qué hacemos con los jóvenes? España tiene la tasa de desempleo juvenil más elevada de Europa. ¿En qué nos estamos equivocando?

De la reforma de las pensiones sólo hemos aplicado la parte buena, la más dulce. Lo del IPC con esta inflación habría que replanteaárselo»

R.- No nos lo hemos tomado como un problema colectivo sino como un problema familiar. Eso de decir.. ‘de los jóvenes se ocupan en casa’. Eso hace que las casas con posibles tienen más capacidad de ocuparse de los jóvenes que en las que no los tienen. No es sólo un problema de paro sino de fracaso escolar, de alargamiento de la edad de emancipación, etc. Encima, ahora les decimos que quizá no cobran pensiones. No somos conscientes del daño que estamos haciendo a la generación que nos está siguiendo.

P.- ¿Vincular las pensiones al IPC es un disparate? ¿Es un riesgo excesivo en el contexto actual que habría que repensar?

R.- Cuando se hace algo así nadie piensa que vamos a acabar el año con más del 6% de inflación. Por tanto, debería replantearse a la vista de la realidad de los datos del IPC. La idea originaria del Pacto de Toledo de 1996 es hacer una reforma integral en la que junto a la vinculación a las pensiones se ponga también el alargamiento de la edad de jubilación y el cambio entre la relación entre el último sueldo cobrado y la primera pensión cobrada. Lo que pasa es que la reforma se ha troceado. Hemos aplicado la parte buena, la parte dulce, pero todavía no hemos hecho la segunda. Eso se va a notar en las cuentas públicas de manera muy evidente.

P.- Antes de terminar, deme un consejo para Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo…

R.- Que se sienten y no se levanten hasta que no se pongan de acuerdo en los cuatro o cinco grandes temas que son de país.