España

Furor con el emérito: "En Sanxenxo es uno más. Que no vuelva a irse"

Juan Carlos I, a su llegada al club náutico de Sanxenxo. SailingShots by María Muiña Photography

Volver, literal y físicamente, al punto de partida. El esperado retorno de Juan Carlos I a España, jalonado por las críticas políticas de la izquierda y las tensas relaciones con la Casa Real, ha compartido escenario con su salida del país, con destino a Abu Dabi, a principios de agosto de 2020. Sanxenxo, la capital turística de las Rías Baixas, vuelve a ser el lugar que acoge al rey emérito en su polémico regreso.

«Aquí fue el último sitio donde estuvo antes de partir a Abu Dabi y curiosamente por aquí vuelve», narra Jaime Muntaner, tesorero del Real Club Náutico de Sanxenxo. Es mediodía de este viernes y en las instalaciones aguardan la llegada del emérito, de 84 años, tras 654 días de «autoexilio» en Abu Dabi, invitado por el ahora flamante presidente de Emiratos Árabes Unidos y emir de Abu Dabi, Mohamed bin Zayed.

Fue precisamente una cena en Sanxenxo la que a principios de agosto de 2020, con el país lidiando con meses de pandemia, selló su marcha. «Asistió a una cena con los compañeros de embarcación y de aquí se fue a Emiratos. Ahora estamos emocionados con recibirlo de nuevo. Juan Carlos I era uno más. Antes de marcharse, venía todos los veranos y últimamente de manera asidua», comenta Muntaner.

‘Juancarlismo’ en el club

En las entrañas del club náutico, las paredes guardan recuerdo de esa vinculación que el emérito comenzó a forjar a principios de la década de 2000. El Rey aparece sonriente en las fotografías que cuelgan en las escaleras que conducen a las zonas nobles. Las instantáneas capturan otros tiempos, ajenos al vendaval de escándalos y diretes que azotó años después y que acabó imponiendo una suerte de «damnatio memoriae» pública. «Su majestad es bienvenido», aclaran en el club.

A mí me parece que no tenía que haberse ido fuera de España

Una afirmación expresada en voz alto por si quedaran dudas a los visitantes que se internan en el edificio, ubicado precisamente en un puerto deportivo con cientos de amarres que lleva el nombre del emérito. El Club Náutico de Sanxenxo, constituido en junio de 1951, está presidido por Pedro Campos, el amigo íntimo del monarca y el hacedor de una acogida que, primero, el jueves reunió a los vecinos en las inmediaciones de la casa del regatista y, este viernes, concitó los vítores de decenas de personas a las puertas del club.

Peregrinos «juancarlistas» como José Manuel, oriundo de Carballedo. «He venido expresamente a ver al rey», desliza, colocado en primera línea de la valla que acota el espacio por el que desfilará unos minutos después el Volvo gris que transporta al anciano, con evidentes problemas de movilidad. «A mí me parece que no tenía que haberse ido fuera de España», desliza.

Una de las imágenes de visitas previas del emérito que cuelgan de los muros del club náutico. FRANCISCO CARRIÓN

«Me gustaría que viviera aquí»

Una opinión que comparten en las dependencias del club. «Aquí lo recibimos fenomenal porque se le quiere muchísimo. Es totalmente injusto lo que le están intentando hacer desde el Gobierno. Él ha hecho muchísimo por España y no me gustaría que viviera fuera de España. Me gustaría que viviera aquí, ni en Portugal y mucho menos en Abu Dabi», murmura Pikika Vela, una abogada retirada que disfruta de una jornada de sol estival desde el restaurante de la tercera planta del club.

Que Juan Carlos I se empadrone en alguna de las siete parroquias que componen Sanxenxo no entra dentro en los cálculos de su alcalde, el popular Telmo Martín, que no oculta su amistad y veneración por el octogenario. «El Rey ha ostentado la jefatura del Estado durante casi 40 años y por haber cometido algún error pagó con su abdicación», comenta Martín desde el paseo marítimo. «Bajo mi punto de vista es una persona libre, que puede circular por cualquier lugar del mundo cómo y cuándo le apetezca», agrega.

Hábilmente, el regidor aprovecha el asunto para asestar un golpe a los políticos de partidos rivales al suyo, los que desde Madrid denuncian el «bochorno» de las imágenes de furor que llegan del municipio. «Lamentablemente aquí en España hay políticos que en vez de dedicarse a trabajar para los demás, que es lo que debían de hacer, se dedican a dar opiniones, juicios de valores morales. Quizás son ellos los que deberían dar muchos más explicaciones e incluso dimitir», dispara.

Juan Carlos I es ayudado a bajar al Bribón 500 SailingShots by María Muiña Photography SailingShots by María Muiña Photography

Lleno hotelero

La visita del emérito, anunciada a principios de semana, ha llenado de curiosos el enclave, situado en la ría de Pontevedra. La localidad, con cerca de 18.000 habitantes, multiplica por cinco su población en julio y agosto. De las 16.000 vivienda que figuran en su término municipal, 11.000 son segundas residencias. «Hay vecinos de todas las provincias de España salvo Granada», comenta el alcalde, con el censo en la memoria. Este año, sin embargo, la afluencia de forasteros ha comenzado antes, como si la temporada alta se hubiera adelantado, mecida por el buen tiempo -26 grados de máxima y cielos despejados- y el periplo del monarca, perseguido por cientos de cámaras y periodistas.

«Los hoteles de mayor categoría, de 4 estrellas, están al cien por cien. El resto a un 70 por ciento», confirma a este diario Alfonso Martínez, presidente del Consorcio de Empresarios Turísticos de Sanxenxo. «No cabe la menor duda de que la visita del rey emérito tiene influencia pero no toda la afluencia de este fin de semana se debe a él», advierte el empresario. A pesar de curiosos, nostálgicos y visitantes de fin de semana, el pueblo luce a medio gas, con alojamientos y negocios aún cerrados, aguardando la explosión que sucede cada julio y agosto.

En el callejero de Sanxenxo, Juan Carlos sigue recibiendo el trato de majestad. Los vecinos que acuden a recibirle parecen disculparle las aventuras amorosas y las investigaciones judiciales por ocultar a la Hacienda española una fortuna en el extranjero durante años y que hizo uso de ella incluso después de abdicar. Las diligencias fueron archivadas en marzo por su inviolabilidad, la prescripción de los posibles delitos cometidos y las regularizaciones fiscales que presentó su defensa.

«Me descoloca todo esto»

«Ha estado desaparecido por esos delitos y ahora aparece por aquí, pero a la hora de la verdad viene a una competición», comenta Carlos, camarero en uno de los restaurantes del pueblo que antaño frecuentaba el emérito. «Es que aquí ofrecemos el mejor marisco de los alrededores», dice el empleado con una sonrisa. «Le están dando mucho boom al regreso pero hay cosas más importantes».

La discreción a la que se había comprometido es ya imposible de guardar

Desde la tercera planta del club náutico, el mar aparece como una inmensidad que se pierde en el horizonte. Francisco, uno de sus 800 socios, disfruta de una caña y unas patatas fritas. Alterna la visión marítima con la lectura de un diario deportivo. A diferencia de aquella cena de agosto de 2020 que le vio partir, la discreción a la que se había comprometido el octogenario con su hijo Felipe VI es ya imposible de guardar. Su decisión de pasar por España -tras una suerte de destierro para alejarse del runrún mediático y las investigaciones judiciales- le ha reconciliado con sus viajes de hace años.

«Me descoloca todo esto», asevera Francisco, el socio que trata de disfrutar de la jornada sin sobresaltos, ajeno al circo que le rodea. «Es la mejor época del año. En julio y agosto esto parece la hora punta en el metro de Madrid», bromea. «Con todo lo que está pasando en el mundo, que un español venga a su país no tendría que ser noticia», protesta. El emérito, que abandonará Sanxenxo el lunes para una breve visita al palacio de la Zarzuela antes de emprender camino hacia Abu Dabi, ya tiene fecha de regreso: el 10 de junio, con motivo de las regatas mundiales de vela. «Aquí todo el mundo es bienvenido», concluye Francisco.

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