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Quebec: de faro del independentismo a ejemplo para el constitucionalismo

José Cuenca con su libro Cataluña y Quebec, Las mentiras del separatismo

Carmen Vivas

La provincia canadiense de Quebec ha sido, tradicionalmente, uno de los referentes favoritos del independentismo. Junto a Escocia, son las dos únicas regiones pertenecientes a democracias occidentales que han celebrado referendos de independencia. Con 8 millones de habitantes, tres veces la superficie de España, francófona y católica frente al conjunto anglófono y protestante del resto de Canadá, Quebec representa el espejo en el que gusta de mirarse el nacionalismo catalán, que ha tejido fuertes lazos políticos con el Partido Quebequés (PQ) desde los tiempos de Jordi Pujol.

Un espejo al que volvía hace apenas unas semanas la nueva consejera de Exteriores de la Generalitat, Victoria Alsina. Aunque el objetivo principal de la visita no fuera esta vez la Asamblea Nacional del Quebec sino Toronto, donde se ubica Citizen Lab, el laboratorio que acreditó los espionajes con Pegasus a decenas de dirigentes independentistas.

Sus dos referendos y la Ley de Claridad del Gobierno canadiense de Jean Chrétien son lugares comunes del discurso independentista para señalar la supuesta falta de valores democráticos de España.

Pero obvian que tras los dos referendos el independentismo ha caído hasta convertirse en una fuerza minoritaria en Quebec, al tiempo que la provincia intenta recuperarse de los efectos económicos y sociales de su casi secesión de Canadá en 1996. Una caída que, dos décadas después, aún no se ha revertido.

Tomar la iniciativa

Es lo que explica José Cuenca, ex embajador de España en Canadá, en Cataluña y Quebec, las mentiras del separatismo. «¿Qué ha sucedido? ¿Por qué ese cambio radical? Muy sencillo. Canadá hizo en su día lo que nosotros no hemos sabido –o querido– hacer: tomar la iniciativa (dictamen del Tribunal Supremo y «Ley de la Claridad») y abrir los ojos de los ciudadanos mediante una inteligente y clarificadora labor de pedagogía».

El diplomático elogia el papel jugado por el ex premier, Jean Chrétien, y el ministro Stéphane Dion. También por haber sabido «manejar hábilmente los cordones de la bolsa, esa llave maestra que tampoco hemos sabido –insisto, o querido– utilizar. Resultado: el PQ ha casi desaparecido. Les ha costado tiempo, pero lo han logrado».

Las mentiras

El volumen publicado originalmente en 2019, en plena explosión de los disturbios por la sentencia del procés, vuelve ahora de la mano de Editorial Renacimiento con el objetivo de hacer pedagogía del caso quebequés. Y desmontar el argumentario independentista.

Con especial mención a la campaña internacional del ex conseller Raül Romeva, y recuperada ahora por Alsina. «Sin exprimirme el caletre con exceso, estaría en condiciones de sugerir a don Raúl una docena de estos estrafalarios personajes, amigos de enredar que, por una mariscada, una noche en un hotel de lujo en Barcelona o una razonable cantidad de billetes de cincuenta –tampoco demasiados–, están dispuestos a decir y sostener lo que les pidan» apunta Cuenca para describir a los avalistas internacionales del procés.

Lo hace tras desmentir las «mentiras» que sustentan a su juicio el discurso independentista catalán. La permanencia de Cataluña en la Unión Europea, la mejora económica que llegaría con la independencia, el aval de Naciones Unidas a la autodeterminación de una región de España, o el «España nos roba».

La Ley de claridad

Cuenca hace además un detallado recorrido por el proceso de aprobación de la Ley de Claridad, que habitualmente invocan algunos líderes independentistas, para explicar cómo supuso, de facto, el fin de las consultas secesionistas en Quebec. Por lo menos durante las últimas casi tres décadas.

Analiza primero la respuesta del Tribunal Supremo a la consulta realizada por el Gobierno sobre cual debía ser el marco legal de un eventual proceso de secesión. La «respuesta clara, contundente y bien articulada» del alto tribunal advierte en primer lugar algo que suele obviar el independentismo: «en ningún caso es posible la declaración unilateral de independencia de una provincia, sea Quebec o cualquier otra».

El Supremo canadiense si reconocía que la Constitución «no se opone a esa secesión, si así lo decide una amplia mayoría de la población en respuesta a una pregunta clara». La gran diferencia entre los casos catalán y quebequés, repite insistentemente Cuenca, quien recuerda que España, como EE.UU, Alemania o Francia consagran explícitamente en sus constituciones la unidad nacional.

Pero incluso en caso de victoria en un referéndum, «las autoridades provinciales tienen la obligación de negociar la secesión con el Gobierno federal, las restantes provincias y las minorías autóctonas».

No basta con la mitad más uno

Además, Los jueces no se pronunciaron sobre lo que debe entenderse por «respuesta clara» a la pregunta. Pero sí sientan una norma que carece de excepciones: la regla del «cincuenta por ciento más uno» no es aplicable. Se precisa una «mayoría reforzada».

Añaden dos puntos que no suelen tenerse en cuenta en los análisis independentistas. «No cabe recurrir al derecho de autodeterminación, ya que Quebec no es un territorio sometido a dominación colonial». Tampoco Cataluña.

Y la posibilidad de separarse la tiene «no solo la provincia, sino cualquier otra ‘comunidad aborigen’ suficientemente bien articulada». Es decir: si Canadá es divisible, también lo es Quebec».

Este corpus jurídico, el Gobierno lo convierte con la Ley de claridad en tres exigencias claves: claridad en la pregunta -aprobada por el Parlamento federal-, claridad en la respuesta -es la Cámara de los comunes la que valora si la victoria es suficiente para negociar la secesión- y el deber de negociar.

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