Teodulfo Lagunero era empresario. Esa fue su vocación toda su vida y a ella se dedicó mientras tuvo fuerzas. Pero era también comunista. Es decir, era un comunista rico. Era también alguien muy generoso que ayudó económicamente al amplísimo número de personas que dentro del PCE tuvieron en él un soporte constante para los momentos de escasez económica. Nunca dejó la militancia aunque la ejerció de su peculiar manera.

Como empresario de la época, estamos hablando de los años 60 y 70 del siglo pasado, Teodulfo Lagunero estaba muy bien relacionado con los círculos de poder del régimen franquista, que eran los que proporcionaban las obras y licitaban los proyectos en los que el empresariado español de entonces podía crecer.

Pero, aunque nadie podía saberlo, Teodulfo era un comunista convencido. Y desde su privilegiada posición contribuyó decisivamente a que el proceso de Transición española avanzase y finalmente se consolidase en una Constitución que, 44 años después, sigue amparando a todos los españoles.

La primera vez que Teodulfo Lagunero intervinó en el largo proceso de acercamiento entre el secretario general del PCE, Santiago Carrillo y el entorno de la Monarquía se produce en Paris en el verano de 1974  y tiene a Don Juan de Borbón como epicentro. La idea era la siguiente: Don Juan, llevando a toda la oposición antifranquista detrás, levantaría la bandera de la Monarquía democrática frente a su hijo, Don Juan Carlos, designado por Franco para que sea el continuador de su régimen, con el Movimento y todo franquismo detrás levantando la bandera de una Monarquía autoritaria y de un evidente continuismo político.

Las consecuencias de un planteamiento así tienen todos los ribetes de un enfrentamiento dinástico y, si se hubieran hecho realidad, habrían modificado muy notablemente el curso de nuestra Historia.

Yo envío a Lagunero a ver a Don Juan, aunque sin albergar ninguna ilusión al respecto», dice Santiago Carrillo, «para que conociera la posición del PCE sobre la política de reconciliación nacional»

Aquí ya entró Lagunero porque él es el enviado por Santiago Carrillo para acudir a ver a Don Juan que en ese momento estaba de visita en París, con el siguiente cometido: «Yo envío a Lagunero a ver a Don Juan, aunque sin albergar ninguna ilusión al respecto», dice Santiago Carrillo, «para que conociera la posición del PCE sobre la política de reconciliación nacional. Que le haga saber a Don Juan que para nosotros la cuestión esencial en España no es la forma de Estado sino la existencia o no de democracia. Y que le diga también que en el caso de que el pueblo español se decida por la Monarquía [por entonces Carrillo todavía creía que podría imponer un referéndum sobre la forma del Estado] nosotros íbamos a respetar esa decisión. Pero en el caso de que se pronunciara por la República, nosotros vamos a proponer que se considere a Don Juan, si contribuyese a ese cambio, como una figura nacional y se le dé un trato semejante al que recibió De Gaulle como artífice, en lo personal, de la liberación de Francia».

De la gestión de Teodulfo Lagunero salió solo un comentario por parte de Don Juan, que dijo al enviado de Carrillo que «los comunistas son unos patriotas». «De ahí yo deduzco que algo hemos obtenido, independientemente de la influencia que vaya a tener Don Juan en el cambio», dijo Carrillo. Pero lo que no sale adelante es la pretensión, largamente intentada, de una parte de la oposición democrática de que Don Juan levantase bandera contra Don Juan Carlos.

En el mes de agosto de ese año, inmediatamente antes de que Franco anunciase por sorpresa que retoma las funciones de Jefe del Estado que había ocupado provisionalmente su sucesor, Don Juan Carlos, Teodulfo Lagunero volvió a entrar en escena en una operación que, de haberse conocido en los círculos franquistas, habría agitado hasta lo más hondo las aguas del régimen. Lo que sucedió es que Nicolás Franco, sobrino del general, se entrevistó personalmente con Santiago Carrillo. Se citaron en Paris.

Este encuentro fue el resultado final de una larga operación iniciada desde Madrid por Don Juan Carlos con la ayuda de su amigo de la infancia, Nicolás Franco y Pasqual de Pobil, con quien había compartido juegos en Estoril, donde el padre de Nicolás era embajador de España.

Y que contó con la impagable ayuda de José Mario Armero y de Teodulfo Lagunero, dos de los hombres que más han contribuido al acercamiento y a la comprensión recíproca de políticos situados por entonces en posiciones antagónicas y en principio destinadas no sólo a no entenderse sino incluso a chocar frontalmente en medio de aquel difícil tiempo político.

Es José Mario Armero quien se pone en contacto con Lagunero para concertar una cita con Santiago Carrillo y “una importante personalidad del régimen”. No le dijo más. 

Lagunero se puso en marcha, localizó al líder comunista en Italia y le convenció para que regresase a París y se viese con “ese hombre” del que ambos desconocían su identidad.

La cita es en el restaurante Le Vert Galant y allí acuden Carrillo y Lagunero. Llegaron los primeros y esperaron en la barra. Directamente del aeropuerto acudieron Armero y su acompañante, nada menos que el sobrino de Franco.

Carrillo, que era lobo viejo, dominó su sorpresa. Incluso le preguntó con aparente naturalidad: «¿Cómo está su tío?». El sobrino, con la misma naturalidad, le dio cuenta del parte de la mejoría de Franco.

-«Como usted verá, los comunistas no tenemos cuernos ni rabo», dijo Carrillo

-«Nunca he pensado que los comunistas los tuvieran. Y como usted verá, yo tampoco me como crudos a los niños proletarios», contestó Nicolás Franco.

A partir de esa introducción de humor negro, tan español, se habló ya de política.

«La conversación», recordaría Carrrillo, «es rara y ambigua. Yo no sé exactamente lo que pretende ni en un principio sé de parte de quién viene”.

Teodulfo Lagunero sí se dio cuenta enseguida de quién es el que está detrás de esa gestión y de a qué iba el enviado. “Nicolás Franco insinuó que venía de altas instancias y no precisamente de su tío. Pero al final del almuerzo comentó que conocía al Príncipe y que de pequeños jugaban juntos. Yo tuve claro que venía de parte del Príncipe. Lo que él quería saber era la postura que iba a tener el Partido Comunista en el momento en que se hiciera cargo del poder”, aseguraría.

Insistí mucho en decirle a Carrillo que tuviera el absoluto convencimiento de que el Príncipe apostaba por una evolución política»

NICOLÁS FRANCO

“Yo insistí mucho en decirle a Carrillo que tuviera el absoluto convencimiento de que el Príncipe apostaba por una evolución política pero quería saber cuáles eran sus exigencias y su postura respecto a la Monarquía que iba a encarnar Don Juan Carlos. Él partía, obviamente, de la base de considerar al Príncipe como el continuador de Franco, pero me pareció que estaba dispuesto a concederle por lo menos el beneficio de la duda”, recordaría Nicolás Franco.

“También le digo que nosotros no tenemos ningún deseo de revancha y que lo que nos interesa es la posición que se va a adoptar ahora en relación con democracia o no democracia”, dijo Carrillo

“Lo que Santiago dice también”, apuntó Lagunero, “es que esa voluntad democratizadora que Nicolás asegura que tiene el Príncipe tendrá que demostrarla con hechos. Y que los primeros hechos tendrán que ser una amnistía para los presos políticos, que no hubiese torturas en las comisarías, que hubiese libertad de expresión, que a él le diesen el pasaporte, que todos los exiliados pudieran volver a España… porque la democracia se demostraba con hechos”.

“El Príncipe», contestó Nicolás Franco, “necesita seis meses de tranquilidad. Él va a traer la democracia pero  necesita que no se le fuerce y que no se le acorrale con incidentes que pueden tener gravísimas consecuencias y que pueden impedir la consolidación de los avances hacia la democracia”. 

“Santiago no se comprometió a nada”, comentó Lagunero, “pero tampoco le amenazó diciéndole que fuera a sacar a las masas a la calle”.

“De todos modos”, recordaría Carrillo, “después de esta conversación yo pensé que en el régimen se estaban moviendo muchísimas cosas cuando nada menos que el sobrino del dictador estaba conspirando. Porque aquello era en cierto modo una forma de conspiración para cambiar a su tío”.

A finales de enero de 1976, todo está preparado para dar el gran y arriesgado salto para Santiago Carrillo: entrar en España. Clandestinamente, por supuesto. Y ahí está de nuevo Teodulfo Lagunero para proporcionar al líder comunista todo lo necesario para llevar a cabo esa peligrosísima operación. Incluido el acompañarle en el viaje.

Nadie, ni sus más íntimos colaboradores lo saben. Sólo su familia y Teodulfo, la persona que le va a ayudar a dar ese trascendental y peligroso paso.

“Yo ya le había dicho que era muy peligroso, que la situación estaba muy tensa, que estaban los Guerrilleros de Cristo Rey, que había grupos militares y que tuviera en cuenta que él era el secretario general del Partido Comunista, a quien se hacía responsable de la matanza de Paracuellos del Jarama, Pero él estaba decidido”.

A pimeros de febrero le llegaron a Carrillo dos elementos esenciales para acometer la operación: un pasaporte falso a nombre de Raymond B. de profesión arquitecto, que le había confeccionado el comunista Domingo Malagón, y unas pelucas encargadas a Gonzalo Arias, el peluquero de Pablo Picasso.

Carrillo alertó a Lagunero: «Ha llegado el momento». Le dijo: “Teodulfo, yo creo que con quien mejor puedo pasar es contigo. No estás obligado a decirme que sí, tienes todo el derecho a negarte”.

Lagunero, un empresario que vivía en Madrid, estaba dispuesto a correr tan alto riesgo  para acompañar al líder comunista en la aventura

“Yo inmediatamente, sin la menor jactancia de heroísmo, le dije que contara conmigo y que cuando él dijera yo le acompañaba”, recordaba Lagunero. Lagunero, un empresario que vivía en Madrid, estaba dispuesto a correr tan alto riesgo  para acompañar al líder comunista en la aventura. Pero en su opinión, además de la peluca y el pasaporte, Carrillo necesita tener el aspecto de un arquitecto y un arquitecto jamás iría vestido de ese modo.

«Así que le dije `Santiago no te ofendas pero si nos cogen, tú eres el secretario del Partido Comunista de España que tiene una tradición de lucha y de heroísmo, representas la lucha antifranquista y a una parte importante del pueblo español. Y no puede ser, si nos pasa algo, que te maten desharrapado'».

Lagunero, hombre adinerado y elegante, sabía que si alguien se daba cuenta de que ese arquitecto francés era en realidad Santiago Carrillo y quería pegarle un tiro allí mismo, podría hacerlo con toda tranquilidad: Carrillo iba a viajar con una identidad falsa y se le podía hacer desaparecer fácilmente porque administrativamente ese señor no existía.  Así de fácil, así de peligroso. Por eso, si tenía que morir, que fuese con distinción.

“En España tienes que entrar con otra representación, Santiago, que también es importante la presencia”, le dijo. Y allí, en la mejor tienda de Cannes, donde Lagunero tenía un chalet frente al mar, “se vistió de arriba abajo: traje , corbata, zapatos, un abrigo estupendo. Estaba impecable”, recuerdaría Teodulfo que fue quien sufragó todos estos gastos.

A primera hora del 7 de febrero, el secretario general del Partido Comunista de España se preparaba para dar el salto decisivo. Peluca gris, de melenita corta, se quita las gafas, que sustituye por lentillas y pone rumbo a España. Carrillo iba acompañado por Teodulfo Lagunero y por la mujer de éste, Rocío, que entonces tenía nacionalidad ecuatoriana. Viajaron a bordo de un Mercedes gris propiedad de Teodulfo. Iban a entrar por La Junquera.

“El paso de la frontera fue muy simple. Ese es un paso que habían hecho centenares de camaradas, de ida y de vuelta. Y en la frontera, como no estuvieras denunciado, la verdad es que no había ningún peligro. Podía pasar cualquiera”, recordaría Carrillo.

Las cosas, sin embargo, se pusieron feas al poco de atravesar la frontera. En el interior del territorio español y a un kilómetro del paso fronterizo, había un puesto de la Guardia Civil que hacía controles aleatorios a los coches que entraban procedentes de Francia.

¡Registraron hasta los asientos y el techo del coche por dentro! Y nosotros fuera. Hacía mucho viento y Santiago se sostenía la peluca con la mano»

recordaba lagunero

“Nos pararon”, contaba Lagunero, ”y un sargento nos manda a todos salir del coche. Nos quedamos horrorizados, no pensamos en ese momento que estaban haciendo un control habitual. ¡Registraron hasta los asientos y el techo del coche por dentro! Y nosotros fuera. Hacía mucho viento y Santiago se sostenía la peluca con la mano. Yo dije, aquí se va a armar la de Dios. Este señor está buscando cajetillas de tabaco y se va a encontrar con el secretario general del Partido Comunista. Y, para colmo, y esto aseguro que es verdad, allí parado, un camión inmenso de transportes ¡Transportes Carrillo! O sea, esto ya es el colmo. En fin, el hombre vio que no teníamos nada y nos mandó marchar. Pero el rato que pasamos…”

En Madrid, donde Carrillo se iba a instalar, Lagunero había comprado un chalet en el barrio de El Viso que había acondicionado para la estancia clandestina del líder comunista en la capital de España. “Yo había puesto blindadas algunas de las ventanas donde suponía que iba a trabajar Santiago, que me había dicho que pensaba escribir un libro, Eurocomunismo y Estado. Claro, yo había blindado esas ventanas por si había un atentado, lo cual era una ingenuidad porque si querían ir a por él pues entrarían dentro a buscarle, no le iban a disparar solo unos tiros desde la calle”.

Desde su refugio en Madrid, Carrillo se puso en contacto con sus camaradas pero también con algunos de los líderes de la oposición. Pero pasaron los meses y el gobierno, en este caso ya de Adolfo Suarez, no hizo ningún movimiento hacia el líder del PCE. 

Carrillo pasó ese verano en casa de Lagunero en Cannes. “Y ya enfadado, me dice: yo esto no lo aguanto más, si no me dan el pasaporte yo entro en España y monto un cisco, convoco una rueda de prensa, llevo a periodistas de toda Europa y pongo al gobierno en un compromiso».

Entonces Lagunero le dijo:

-Santiago ¿quieres que yo haga un último intento? Aurelio Menéndez, ministro de Educación, es compañero mío, yo preparé la carrera con él, es un buen amigo. ¿Quieres que yo se lo plantee a Aurelio o a José Mario Armero? Armero tiene relaciones con el gobierno y es amigo mío también.

-«No lo vas a conseguir pero hazlo si quieres», contestó Carrillo.

Teodulfo Lagunero no se dejó amilanar por el pesimismo de su amigo y, hombre entusiasta y emprendedor como era, se fue acto seguido a España.

Y a partir de ese momento da comienzo uno de los procesos más delicados pero también más esenciales que explican por qué el último tramo del proceso de transición hacia la democracia, el tramo más difícil y más peligroso, pudo culminarse con éxito y en paz. Y se inicia exactamente así, como una reclamación de pasaporte pero irá abriendo cauce nada menos que a la integración plena de España en el camino de la reforma.

Teodulfo Lagunero acudió a visitar a Aurelio Menéndez y a Armero a quienes les dijo lo mismo: «Es imprescindible negociar con Santiago Carrillo». Ambos le contestaron algo muy parecido: 

«Sí, sí, Teodulfo, pero tú frena a Santiago que yo hablaré con Suárez y le contaré la conversación que he tenido contigo», dijo Menéndez, a lo que Armero añadió: «Teodulfo, yo hablo hoy mismo con el gobierno y vamos a intentar lo que sea. Vete a Cannes, que yo te llamo por teléfono».

Se fue a Cannes, le contó a Santiago sus dos entrevistas pero él seguía muy escéptico. Le dijo:

-Tú eres un ingenuo. Nada, Teodulfo, ¿no ves que no van a hacer nada? Si quieren la democracia lo tienen que demostrar con hechos y eso es lo que no se ve. Ten  seguridad de que el pasaporte no me lo dan, ya lo verás.

En Madrid, el ministro de Educación por un lado y José Mario Armero, abogado y presidente entonces de Europa Press, se ponen en marcha.

Este que sigue es el relato hecho por sus protagonistas, de ese primer contacto que es histórico por lo que tiene de punto de partida de uno de los aspectos clave de la transición.

El objetivo del viaje es obtener información de cuál es la posición del Partido Comunista ante la situación política del momento

ARNERO

Armero: “Después de una conversación con Adolfo Suárez y con el vicepresidente Alfonso Osorio, yo me voy a Cannes para entrevistarme con Santiago Carrillo. Tengo que suponer que esto lo sabe el Rey. Los demás ministros me consta que no saben absolutamente nada. El objetivo del viaje es obtener información de cuál es la posición del Partido Comunista ante la situación política del momento. Tengo una reunión muy larga, no se discuten asuntos muy trascendentales, no se plantea en aquel momento la legalización. Ni él habla de esto ni yo tampoco, lo que se plantea son una serie de condiciones para echar a andar. Yo tomo, con autorización de él, una serie de notas que podrían ser las pretensiones del Partido Comunista en esta nueva etapa.

Teodulfo Lagunero: “Yo fui a recoger a Armero al aeropuerto de Niza. Viene entusiasmado porque dice que Suárez está receptivo. Llegamos a casa, comemos juntos y empieza la conversación. Yo siempre estuve con ellos. Estuvieron hablando de eso, de lo que quería el partido y lo que le pedía al gobierno. Armero le repetía a Santiago que el gobierno quería de verdad la democratización de España, que quería resolver los problemas y actuaba de buena fe, pero que la situación era muy delicada y que pedía al partido que tuviera paciencia. Lo que Armero dice allí es que era necesario actuar con mucha prudencia pero que Santiago Carrillo tuviera la seguridad de que el gobierno iba a hacer todo lo posible por traer la democracia a España.

[…] Yo no creo que Armero viniera sólo a buscar información. Venía a algo más que a eso, venía a iniciar un contacto entre el gobierno y el partido y la prueba de eso es que allí, sobre la marcha, se buscaron unos intermediarios. O sea, que a partir de ahí se iba a iniciar un diálogo entre el gobierno de Adolfo Suárez y el Partido Comunista. Ésta es la realidad”.

Contactos que se mantuvieron desde entonces contra viento y marea y superaron las más difíciles y trágicas circunstancias por las que atravesaría en los meses posteriores el proceso de transición política a la democracia. 

Hasta que llegó el día señalado. El Sábado Santo, 9 de abril, el gobierno  legalizó el Partido Comunista de España. Éste fue el paso más difícil y más arriesgado de todos cuantos se han podido dar en ese periodo. Pero era el último, si salía mal todo el esfuerzo de esos meses se derrumbaría en un instante pero si salía bien el camino hacia la democracia quedaría definitivamente despejado y el país viviría libremente y en paz.

Santiago Carrillo estaba en Cannes. Se había ido junto a su amigo Teodulfo Lagunero porque esperaba que el gobierno se decidiera a legalizar el PCE. Era ahora o nunca.

“Yo nunca había visto a Santiago tan nervioso. Es un hombre muy templado, tiene nervios de acero, pero aquella vez estaba impaciente, ansioso. No es que desconfiara, no, pero quería que todo fuera ya, que todo sucediera de una vez”, recuerda Lagunero.

Y sucedió. El camino hacia la libertad quedó ese día abierto. Se celebraron las primeras elecciones generales y el 22 de julio se abrió la sesión solemne y conjunta de las Cortes Generales. Personas como Santiago Carrillo, Rafael Alberti, Dolores Ibárruri, Marcelino Camacho, Felipe González, Alfonso Guerra, entraron en el hemiciclo después de haber recibido el saludo oficial de la Policía Armada que custodia la entrada al Congreso. Junto a ellos circulaban por entre los escaños diputados de centro, de derecha y ex ministros de Franco: Laureano López Rodó, Manuel Fraga, Gonzalo Fernández de la Mora, Licinio de la Fuente

No estaba entre ellos Teodulfo Lagunero. Ése no era su lugar, no era el sitio en el que él desea situarse. Pero sin su colaboración desinteresada, sin su generosidad desbordante y sin su sentido del destino futuro de España y su honda comprensión de hacia dónde debían dirigirse los pasos de nuestro país y de cuál era la meta que había de alcanzarse, no estaríamos hoy donde estamos ni habríamos podido llegar a alcanzar las libertades en paz.

A personas como él, que nunca dejó de ser comunista y que desde una posición de segunda fila, desde la sombra, contribuyeron a llevar a nuestro país hacia la democracia, debemos nuestro permanente homenaje.