Sostiene Charles Powell, parafraseando la máxima del autor británico Walter Bagehot, que Juan Carlos I ejerció el “derecho a ser consultado, a alentar, y a advertir” en asuntos internacionales en momentos cruciales de su reinado, desde La Marcha Verde a la integración en la Unión Europea, de la que se cumplen 40 años. Caído en desgracia desde su abdicación y posterior 'exilio' en Abu Dabi, el hoy rey emérito gozó de un margen de acción que Felipe VI no ha tenido desde que accedió al trono.

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Una intervención en la posición de España en el mundo que practicó, por ejemplo, en sus audiencias semanales con los sucesivos presidentes de Gobierno, una tradición hoy desterrada. Durante la etapa de Felipe González, por ejemplo, esos encuentros sumaron 2.650 horas. A lo largo de sus casi 39 años de reinado, Juan Carlos, casi siempre acompañado por doña Sofía hasta el cambio de siglo, efectuó unos 275 viajes de trabajo, oficiales y de Estado, que le llevaron a 103 países. En total, fueron 137 visitas de Estado, y en 1977 y 1980 llegó a realizar 10 en un solo año. Son algunos de los datos que proporciona Powell en El rey Juan Carlos I y la proyección exterior de Exterior, recién publicado por Galaxia Gutenberg. A modo de comparación -desliza el director del Real Instituto Elcano- durante sus setenta años en el trono, Isabel II realizó 89 viajes de Estado.

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Juan Carlos se entendió mejor con los presidentes de izquierdas que con los de derechas

El ensayo, que se publica apenas mes y medio después de Reconciliación, considera que su vasta proyección internacional y su liderazgo en diplomacia económica -fuente también de los escándalos que condujeron a su abdicación- se asentaron en “la existencia de un amplio consenso político y social respecto a las prioridades de la política exterior española, y la naturaleza de su relación con los sucesivos presidentes del Gobierno”. “Durante los periodos de consenso estable y baja polarización política, don Juan Carlos pudo encarnar y proyectar con éxito la idea de una España nueva y democrática más allá de sus fronteras, aprovechando al máximo la capacidad de representación simbólica de la Corona. En ausencia de este consenso, su papel e influencia tendieron a disminuir, como ocurrió de forma recurrente tras el cambio de siglo”.

El libro -fruto de entrevistas con la mayoría de los protagonistas, incluida una visita a Abu Dabi para conversar con el monarca- disecciona más de cuatro décadas y reconoce que “Juan Carlos se entendió mejor con los presidentes de izquierdas que con los de derechas, debido sobre todo a que los primeros carecían de convicciones monárquicas cuando llegaron al cargo, por lo que el monarca tuvo que hacer un esfuerzo especial para ganárselos, lo cual no fue necesario con los segundos”.

Pregunta.- ¿Qué aporta El rey Juan Carlos I y la proyección exterior de España?
Respuesta.- Aporta sobre todo los documentos que he ido encontrando en archivos de fuera de España, fundamentalmente británicos y estadounidenses, que son inéditos. Esto me ha permitido, por ejemplo, reproducir todas las conversaciones del rey con diez presidentes americanos, desde Gerald Ford a Barack Obama y también muchas de sus conversaciones con seis presidentes franceses, de Giscard d'Estaing a François Hollande. Como historiador, la principal novedad radica básicamente en esa documentación. He tenido también luego conversaciones con muchos de los protagonistas, jefes y secretarios generales de la Casa del Rey, el propio don Juan Carlos. Estuve con él dos veces en Abu Dabi. A lo largo de mi carrera he hablado con todos los presidentes del Gobierno de España y creo que con todos los ministros de Exteriores y esas conversaciones también se reflejan en el libro.

En febrero de 1976, Hasán II llamó a don Juan Carlos para pedirle ayuda militar contra el Frente Polisario. Le respondió: 'Me encantaría ayudarte, pero no me parece conveniente en este momento'

P.- ¿Qué pasajes arrojan luz nueva sobre esa trayectoria del rey emérito?
R.- Por ejemplo, en el viaje de Estado a Estados Unidos en octubre de 1981,después ya de la aprobación de la Constitución, el rey tuvo un protagonismo que sorprendió a los propios interlocutores americanos. De hecho, el asesor de Seguridad Nacional de Reagan, Richard Allen, se mosqueó y dijo: “Vamos a ver, yo había venido aquí a hablar con el ministro de Exteriores y estoy hablando con el rey de España. No me habían dicho que yo iba a tener que negociar con dos a la vez”. Esto refleja un poco la situación tan especial que se produjo después del golpe de febrero de 1981. Leopoldo Calvo-Sotelo, que era un monárquico, tenía otros problemas más perentorios en casa, obviamente, y permitió que el rey tuviera más protagonismo. El protagonismo del rey no se agota con la aprobación de la Constitución, ni mucho menos. Es verdad que cambia. Yo diría que hay una transformación en el tipo de influencia que ejerció, pero estuvo muy presente. Y luego, quizás a mí mismo me ha sorprendido un hecho en concreto: ¿cuál es el objetivo más importante de política exterior de España durante estos años? El ingreso en la Comunidad Europea.

Obviamente, el rey no participa en las negociaciones para la adhesión, pero sí participa en dos cosas que hemos olvidado un poco. Y es que había dos vetos a la adhesión de España. El más explícito era el veto británico. El Parlamento Británico no hubiera aprobado el ingreso de España en la Comunidad Europea si antes no se hubiera restablecido completamente la comunicación entre Gibraltar y España. Y esto es algo en lo cual participa muy activamente don Juan Carlos. De hecho, esto quizá sorprenda e incluso haya personas que se ofendan por esto. En 1983, don Juan Carlos, a tres actores británicos, el ministro de Exteriores, el embajador y a Hugh Thomas, el famoso historiador, les dice claramente: 'Nosotros no queremos Gibraltar. Lo importante es el ingreso en la Comunidad Europea, pero digamos que yo tengo que hacer como que sí queremos Gibraltar. Entonces, vamos a intentar contentar a la opinión pública, pero sin poner nunca en peligro el objetivo fundamental, que es el ingreso en la comunidad'.

En el libro, Powell ahonda en el asunto que desbloqueó la oposición de Londres a la adhesión española: en el verano de 1983 Don Juan Carlos citó al embajador británico en España, Sir Richard Parsons, en La Zarzuela. Le insistió en que, «en privado, ambos gobiernos debían tener muy claro que en realidad España no buscaba una pronta solución al problema de la soberanía» sobre Gibraltar, por los motivos que ya le había explicado en marzo [entre ellas, la advertencia de Hasán II de, en el caso de que España recuperara el peñón, Marruecos reclamaría de inmediato Ceuta y Melilla]. Por ello, el rey era partidario de que los ministros de Asuntos Exteriores respectivos abrieran cuanto antes unas «conversaciones confidenciales» para llegar a un acuerdo que les permitiera diferenciar «entre su verdadero objetivo y los métodos a utilizar para ganarse a la opinión pública», como explicó el embajador a sus superiores en impecable jerga diplomática. Fiel a su estilo, don Juan Carlos lo había expresado sin tantos rodeos, sugiriendo que ambas partes «adopten alguna medida sobre Gibraltar para que la opinión pública esté callada por ahora». Esto fue muy bien recibido por Parsons, que comunicó con indisimulada satisfacción que «quizás no sea mala cosa que la opinión pública española, así como el Gobierno español, hayan empezado a comprender que el objetivo principal de su política exterior, la adhesión a la CEE, podría estrellarse contra el peñón de Gibraltar».

El otro veto es la relación con Israel. Este es un veto implícito. No está en los tratados, pero las grandes potencias europeas habían decidido que para ser miembro de la Comunidad Europea, un país tenía que tener relaciones diplomáticas con Israel. Y aquí el rey juega un papel decisivo, fundamentalmente con los países árabes. En buena medida, es el rey quien va presentando a Felipe González a los jefes de Estado de los países árabes, para que les convenza, y él también lo hace. España tiene que establecer relaciones diplomáticas con Israel, porque es lo que le corresponde y también, sobre todo, porque, como digo, si no lo hubieran hecho, pues eso habría dificultado mucho el ingreso en la Comunidad Europea. O sea, que estos son ejemplos de una acción que va mucho más allá de lo simbólico. Estas son intervenciones directas, conversaciones directas con otros jefes de Estado.

P.- Dos ejemplos de realpolitik
R.- Absolutamente. Y que quizás no hubieran sido entendidos en el momento si la opinión pública los hubiese conocido. Hay otro episodio que es que en el año 1979 don Juan Carlos le dice a un visitante americano importante que a lo mejor hay que entregar a Melilla a Marruecos en algún momento. Yo fui el primero en publicar este documento y básicamente lo explico en función de la intervención de don Juan Carlos en su relación con Hasán II de Marruecos, que es una relación muy compleja porque Hasán II acababa de hacer lo que había hecho en el Sáhara Español, obligando de hecho a España a salir en febrero de 1976. Ahí hay un tira y afloja constante y el rey estuvo dispuesto a contemplar esta cuestión. No hay ninguna evidencia de que hubiese planes específicos. Pero de nuevo, si en ese momento se hubiese sabido en Ceuta y Melilla que esto estaba incluso planteándose en abstracto, pues eso lógicamente habría generado una gran preocupación. Esto no significa que el rey no pensara que Ceuta y Melilla eran españolas y debían seguir siéndolo.

De hecho, Moratinos comenta que una de sus principales alegrías como ministro fue poder organizar la primera visita oficial de don Juan Carlos y doña Sofía a Ceuta y Melilla, en la época de Rodríguez Zapatero. Es increíble, si lo pensamos. Hasta Zapatero, los reyes no habían podido ir a Marruecos por temor a ofender a los marroquíes. Suarez había ido en 1980, fue el primero, Y Zapatero había ido también nada más llegar al Gobierno en el 2005. Pero esto da una idea de lo complicado que era ese asunto. Hay otros ejemplos de su actuación. Por ejemplo, en un momento en que se está negociando un acuerdo sobre la pesca, esto lo cuenta Jaime Lamo de Espinosa, ministro de Agricultura, para desbloquear la negociación llaman a don Juan Carlos a altas horas de la noche, que a su vez llama a Hasán II y al final se conforma o accede a desbloquear las negociaciones, porque Juan Carlos le convence de que le va a ayudar. Tenía interés en repoblar una de sus fincas de caza y el rey le envía unas cabras ibéricas para repoblar su finca de caza y eso desbloquea las negociaciones. Nos puede parecer un poco pintoresco, pero esto es así.

¿Vale la pena sacrificar el Sáhara para garantizar la unidad de las Fuerzas Armadas y una transición pacífica a la democracia? En mi opinión, evidentemente sí

P.- Su primera acción de política exterior es la entrega del Sáhara Español, en los últimos días de Franco en el poder  en contra de lo que había dicho previamente en un viaje a El Aaiún. Para algunos sectores de la sociedad española, más aún después de su caída en desgracia, Juan Carlos es  un traidor. ¿Aquello fue un peaje a pagar o una muestra de debilidad ante Marruecos?
R.- Don Juan Carlos tenía dos preocupaciones en ese momento. En primer lugar, le preocupaba mucho la unidad del ejército español. No olvidemos que en ese momento estaba activa la Unión Militar Democrática, que era un grupo de unos 200 oficiales de las Fuerzas Armadas de orientación democrática, en algunos casos de orientación incluso izquierdista, que estaban siguiendo un poco el ejemplo del movimiento de las Fuerzas Armadas que había derribado al régimen portugués. Entonces, una cosa que casi ha pasado desapercibida, cuando Juan Carlos va a El Aaiún, el 4 de noviembre de 1975, ve a un comandante que es el jefe de la UMD en el Sáhara, con el cual había estado en la Academia Militar de Zaragoza y le dice: 'No os preocupéis, yo entiendo vuestras aspiraciones profesionales, toda son legítimas. Yo voy a ser el rey de una monarquía democrática y parlamentaria, y por lo tanto veréis satisfechas vuestras aspiraciones. Pero en este momento, por favor, no pongáis en peligro la unidad de las Fuerzas Armadas'. Por lo tanto, le preocupaba la situación interna del ejército, que podía haberse visto en crisis, si hubiese habido un enfrentamiento militar con Marruecos. Y en segundo lugar, le preocupaba que esto coincidiera con su proclamación como rey porque era muy importante que eso se produjera en una situación de relativa tranquilidad.

Las encuestas de la época demuestran que los españoles no querían ir a la guerra con Marruecos por el Sáhara occidental. Prácticamente no había población española en el Sáhara español. Has mencionado la Realpolitik; fue de nuevo una operación de Realpolitik. Don Juan Carlos habla con Estados Unidos, fundamentalmente con Henry Kissinger, secretario de Estado, y con Giscard d'Estaing, presidente de Francia. Y lo que les dice, básicamente, es que le ayuden a evitar un conflicto armado con Marruecos. Es un momento de debilidad para España. Hasán II, muy hábilmente, aprovecha el momento para ir más allá de lo que jamás se hubiera atrevido viviendo Franco. Se aprovecha la enfermedad de Franco y de la necesidad del rey de buscar una cierta tranquilidad en el momento de la sucesión para ocupar de facto el Sáhara. Hay una anécdota inédita, que es de la documentación americana también. Don Juan Carlos comenta luego al agregado militar americano en Madrid una conversación entre don Juan, su padre y Hasán II, y don Juan le dice: 'Cabrón, ¿cómo has puesto a mi hijo en este apuro justo en el momento en que está a punto de llegar al trono?'. Y Hasán le dice: '¿Y en qué otro momento hubieses querido que lo hiciera?'. Hasán era perfectamente consciente de que estaba poniendo en un apuro a don Juan Carlos. Pocos meses después, en febrero del 76, llama a don Juan Carlos para pedirle ayuda militar contra el Frente Polisario. Don Juan Carlos, obviamente, le dice: 'Me encantaría ayudarte, pero no me parece conveniente en este momento'. Sí, es un ejercicio de pragmatismo y de realismo político. Pero yo comento, y esto también es inédito, cuatro años después, el rey le dice a Jimmy Carter en el despacho oval, que quizás sí, los españoles habían traicionado la confianza que los saharauis habían depositado en España, al no garantizar la realización de un referéndum de autodeterminación. O sea, que en privado, Juan Carlos sí se sentía culpable por no haber garantizado aquello a lo que el Estado español se había comprometido.

P.- En esos ejercicios de realpolitik, no sé si Juan Carlos jugó a decir una cosa en público y hacer otra en privado…
R.- Eso es injusto. Si uno revisa el texto de lo que dijo en El Aaiún, él no dice 'vamos a quedarnos aquí para siempre'. Él lo que dice es vamos a salir de aquí con la cabeza alta y no vamos a matar a niños y mujeres civiles que no están armados, porque eso es indigno del ejército español. Eso es lo que dice. A él le interesa, sobre todo, salvaguardar la dignidad de las Fuerzas Armadas. Por supuesto, había y puede haber gente todavía hoy que diga que la mejor manera de salvaguardar esa dignidad era enfrentarse militarmente a Marruecos. Eso habría implicado la pérdida de muchas vidas humanas, civiles, en el caso marroquí. Y estamos hablando de un momento en el cual en la propia España no se percibía eso como una guerra que mereciera la pena. Lamentablemente, incluso las encuestas en el año 79, cuando el rey hace este comentario al visitante americano, hay una encuesta del CIS que pregunta por Ceuta y Melilla: ¿Qué debería hacer España si Marruecos intenta ocupar militarmente Ceuta y Melilla? La mayoría de los españoles no creían en el uso de la fuerza para defender Ceuta y Melilla. Las dos opciones que se mencionan es marcharse o intentar negociar. Por lo tanto, yo creo que es injusto. Y además, palabras como traidor las carga el diablo. Don Juan Carlos se sintió siempre muy militar. Eso es algo que a veces no hemos entendido. Y esto está vinculado al 23 de febrero. Después del 23 de febrero el rey se reunió con el embajador de Alemania y le dio una explicación de lo que había ocurrido, que cuando se desclasificó ese telegrama, 30 años después, en España generó bastante controversia.

Pero de nuevo, si se lee el original, pues no es tan disparatado. El rey, lo que le dice, es Adolfo Suárez no comprendió nunca las Fuerzas Armadas. Yo le insistí mucho en que las cultivara y no lo hizo. Le hice advertencias reiteradas sobre la existencia de conspiraciones militares que él ignoró. Y por cierto, yo aporto aquí documentación americana nueva sobre esto. Viene a decir que no es tan sorprendente que hubiera ocurrido un golpe. Él, obviamente, no justifica el golpe, pero intenta explicarle a un observador alemán los motivos que hubo detrás del golpe. Y el motivo fundamental que él subraya es que en el año 80, ETA había asesinado a 100 personas, muchos de ellos altos mandos militares de la Policía Nacional y de la Guardia Civil.  Dn Juan Carlos tenía preocupaciones mayores, yo diría. ¿Vale la pena sacrificar el Sáhara para garantizar la unidad de las Fuerzas Armadas y una transición pacífica a la democracia? En mi opinión, evidentemente sí.

A Thatcher se le mete en la cabeza la idea de que si hay un golpe que triunfa, una junta militar en España podría atacar Gibraltar. Acabó enviando misiles tierra-aire

P.- ¿Cuál es la posición del emérito en Gibraltar?
R.- El rey se pasa la vida buscando equilibrios. Por ejemplo, su discurso de proclamación en las Cortes, que en sus memorias don Juan Carlos dice haberlo escrito todo y su jefe de protocolo asegura que es el 70% obra de Alfonso Armada. Callaghan, ministro de Exteriores Británico, le dice a Kissinger: 'La única parte del discurso que han aplaudido los procuradores en cortes fue lo referido a Gibraltar. Los demás no han aplaudido, pero la reivindicación de Gibraltar, se partían las manos'. Y Callaghan le dice a Kissinger: 'Dígale, por favor, al rey, que bajen un poquito el pistón, porque si no las relaciones con el Reino Unido son imposibles'. Tiene gracia cómo lo de Gibraltar obstaculiza absolutamente la reconciliación con Londres hasta los años 80, realmente hasta la visita del rey del 86 y luego la visita de la reina aquí en el 88. Y de nuevo, ahí él juega un papel clave, porque uno de mis argumentos es que las relaciones con las monarquías, con la británica, con los países del Benelux y con los escandinavos, el hecho de que el jefe de Estado sea el monarca facilita enormemente las cosas, porque añade otro nivel de relación entre los países. Pero bueno, no, en relación con Gibraltar. Don Juan Carlos entiende que, de nuevo, las encuestas lo dicen. Para los españoles, Gibraltar no era importante en los años 70-80. Ahora, a lo mejor para Vox resulta que sí lo es, pero en los años 70 y 80 había cosas muchísimo más importantes.

Cuento cosas inéditas que no se sabían sobre Margaret Thatcher, que es muy graciosa. Después del golpe, a Thatcher se le mete en la cabeza la idea de que si hay un golpe que triunfa, una junta militar en España podría atacar Gibraltar. Y entonces pide un informe sobre las defensas de Gibraltar. El ejército británico le hace un informe diciéndole: No pasa nada. Y ella, de su puño y letra, dice: 'Esto se parece sospechosamente a lo que escribisteis antes de la invasión de las Malvinas'. Y entonces insiste en que la guarnición de Gibraltar, que son 40 señores, reciban misiles tierra-aire Blowpipe, que es un misil bastante potente, supuestamente, para derribar aviones españoles en el caso de que se produjera un intento de invasión de Gibraltar. Y lo recibieron. Y lo recibieron. Ella constantemente pregunta por cómo va lo de los misiles y cómo va lo del reforzamiento de la guarnición de Gibraltar. Los diplomáticos ingleses solo pensaban en darle lo que sea para que los dejara en paz.

P.- En el libro se aborda la diplomacia económica del emérito. Dice que “en su trato con estados no democráticos, fuesen monarquías o repúblicas, a menudo se alentó al rey a que desarrollara estrechos lazos personales con otros jefes de Estado, y se esperaba de él que utilizase estas relaciones para ayudar a las empresas españolas a operar con éxito en el exterior. “En teoría, al menos, esta actividad debía ser supervisada por altos cargos del Gobierno, en especial los ministros que le acompañaban y los diplomáticos destinados en los países que visitaba, pero algunas de estas relaciones requirieron tal grado de confidencialidad (cuando no de secretismo) que ello no siempre resultó posible (ni deseable), lo cual suscitaría posteriormente dudas sobre la motivación y los objetivos del monarca, que también reciben la debida atención”. Resulta paradójico porque esa precisamente fue una de las perdiciones…

R.- Esto es así incluso en la época como príncipe de España. El Gobierno le envía Arabia Saudí porque después de la guerra árabe-israelí, se produce una crisis de petróleo, de embargo de petróleo y algunos países europeos lo pasaban muy mal. Y en España, que depende completamente del petróleo, estaban muy preocupados. Entonces, el régimen de Franco le envía con la misión de garantizar suministros. Y ahí es donde empieza esta relación como mediador. Lo hace en las dos crisis de petróleo, la del 73 y la del 79, tras la caída del Sha de Irán. En 1979 y 1980, don Juan Carlos va al Golfo, básicamente con este propósito. Yo no he encontrado ninguna evidencia de que don Juan Carlos haya recibido jamás comisiones por su tarea como intermediario.

Pero sí cito un documento inédito en el cual él le dice a un visitante americano que después de una visita a Arabia Saudí en el año 79 ha logrado que se firme un contrato muy favorable a España Y dice: 'Es la primera vez que los saudíes no piden comisión'. Entonces, yo no sé qué significa esto. Es la única referencia documental americana que he encontrado.

El problema es que Juan Carlos parte de la base de que se le debe una disculpa. De que el pueblo español es desagradecido. Se equivoca

P.- Usted asegura que, tras estudiarlas, las acusaciones de haber recibido comisiones por actuar de intermediario en las compras de petróleo a países del Golfo, en las ventas de armamento español a países terceros, y en la realización de grandes obras de infraestructura en el extranjero como el tren de alta velocidad Meca-Medina no resulta posible sustanciarlas documentalmente. Argumenta, además, que la donación de 100 millones de dólares efectuada por el rey Abdalá de Arabia Saudí en 2008 no se realizó a cambio de una supuesta mediación del rey en la operación Meca-Medina. Aunque sí subraya que eso no exime el error de haber evadido impuestos…

P.- Absolutamente. Es decir, cuando el rey de Jordania le regala la Mareta, la finca de Tenerife, el rey va a ver a Solchaga y le dice: 'Ministro, ¿qué hago con esto?'. Y Solchaga le responde: 'Si se lo queda como propiedad privada, va a tener que pagar impuestos y además va a tener que mantenerlo. ¿Por qué nos lo traslada a Patrimonio Nacional? Pasa a ser propiedad del Estado y el Estado se ocupa de todo. Y usted puede utilizarlo en vacaciones, lo podemos utilizar para cumbres bilaterales, etcétera. Y el rey dice: Perfecto'. Entonces, al recibir en 2008 ese dinero, el rey tendría que haberle dicho al ministro de Hacienda o al presidente del Gobierno: 'El rey de Arabia Saudí que es muy amable, me ha regalado 100 millones de euros. ¿Qué hago con esto?'. Bueno, el Estado podía haber dicho 50% Estado, 50% don Juan Carlos, o el impuesto que se considerara oportuno.

Que falleciera en Abu Dabi sería sobre todo una gran tristeza. Sería una especie de fracaso histórico. Para él y para el país

P.- ¿Le preguntó por qué no lo hizo así?
R.- No. Te confieso que esa pregunta es un poco delicada para hacérsela. Él reconoce aquí en las memorias que fue un error. Pensó que la gente no lo entendería, que la gente pensaría que era a cambio de algo. Estamos en un momento de dificultades económicas en España. En un momento en el que estás diciendo que duermes mal por las noches porque hay un desempleo juvenil muy alto, es un poco complicado decirle al país: 'Por cierto, me acaban de regalar 100 millones de dólares'. Yo creo que es lo que hubiera tenido que hacer, aunque no se hiciera público necesariamente en ese momento. ¿Se podía haber mantenido en secreto? Pues yo creo que sí. Y al final, ese es el desencadenante de casi todo, porque luego le cede este dinero a Corina. Dos años después, intenta que se lo devuelva. En fin, y esto es el desencadenante de todo ese conflicto.

P.- En Reconciliación, el emérito critica “el revisionismo histórico” al que asegura haber sido sometido. ¿Usted cree que España ha sido injusta con Juan Carlos?
R.- No. Por eso no he entendido lo de las memorias. Supuestamente se titula Reconciliación porque él quiere poner en valor que tuvo un papel crucial en la reconciliación entre españoles. Y eso está fuera de duda. Hacia adentro y hacia afuera. Por ejemplo, en su viaje a México, que para mí es lo que mejor capta esto, insiste en reunirse con Dolores Rivas Cherif, la viuda de Manuel Azaña, y le dice: 'Señora, tanto usted como yo somos parte de la historia de España'. Eso es la reconciliación hacia afuera. O cuando va a los campos de concentración, habían muerto miles de presos republicanos. Eso es reconciliación. Hacia adentro y que tiene su proyección hacia afuera. Y yo creo que los españoles han reconocido eso sin ningún problema. Entonces, al contrario, el juancarlismo es una especie de mito fundacional de la democracia española. Y se reconoce, yo creo, su papel en la transición. Se reconoce su papel en el 23 de febrero, aunque, por supuesto, hay revisionismo al respecto. Creo que ahí se equivoca. España no ha sido injusta con el rey. Aquí hay una pregunta para la cual yo no tengo respuesta y es: ¿por qué el rey no puede volver a España?

No ha habido nunca una negociación al respecto. De hecho, en su relato sobre su salida de España es un poco confuso, porque dice que el rey don Felipe no sabía nada. Bueno, eso no está claro del todo. Yo he estado con el embajador en Abu Dabi, amigo mío, y él tenía instrucciones de no verse con el rey. Yo en Abu Dabi, en un momento dado, le digo a don Juan Carlos: Anoche estuve con nuestro embajador, y dice: '¿Pero tenemos embajador aquí?' Eso sí le crea cierto resquemor.El problema de las memorias no es el hecho de que él quiera poner en valor su protagonismo, que hace con excesiva insistencia y con cierto narcisismo. El problema es que parte de la base de que se le debe una disculpa. De que el pueblo español es desagradecido. Yo creo que el pueblo español ha sido enormemente agradecido con don Juan Carlos.

P.- ¿Cómo de problemático resultaría que Juan Carlos I falleciera en Abu Dabi?
R.- Para mí sería sobre todo una gran tristeza. Porque un hombre que nace en el exilio en Roma, que muriese en el exilio sería una especie de fracaso histórico. Para él y para el país. A mí me gustaría que don Juan Carlos pudiera regresar a España, vivir una vida tranquila, a ser posible, bastante anónima. Es decir, que no interfiriera con la actuación extraordinaria de su hijo como jefe del Estado y que tuviera una vejez y los últimos años de su vida, al margen de los focos y al margen de la notoriedad.

Es como si viviera mentalmente en España, pero físicamente en Abu Dabi. Y eso causa una profunda pena.

P.- En Reconciliación, proyecta una imagen de aislamiento, soledad y pesadumbre sobre su existencia Abu Dabi, un sitio realmente aburrido….
R.- Absolutamente cierto. [¿Cómo lo vio usted?] Soledad y nostalgia absolutas. Abu Dabi es un entorno extraño, donde prácticamente no se puede hacer vida social tal y como la entendemos en Europa. Y efectivamente, aunque recibe visitas de amistades y miembros de su familia, no son muy frecuentes. Y él está absolutamente pendiente de todo lo que ocurre en España. Es como si viviera mentalmente en España, pero físicamente en Abu Dabi. Y eso causa una profunda pena.

P.- Él insiste en querer ser enterrado en España “con honores”. “España decidirá, la Historia nos juzgará”, escribe.
R.- En fin, la historia juzga y luego vuelve a juzgar lo contrario. La historia no acaba nunca. Es lo que tiene el pasado. Como decía alguien, no hay nada más imprevisible que el pasado. Pero sí, la historia le juzgará y creo que al final de forma razonablemente favorable, por lo menos en esta dimensión internacional, su actuación fue muy importante. Y yo creo que debería ser posible negociar su regreso a España.