Cuatro palabras. No a la guerra. Suficientes para conducir al electorado progresista hasta 2003. Un ejercicio que Pedro Sánchez acometió casi desde el principio de su mensaje televisado de este miércoles en respuesta a la última (y grave) andanada de Donald Trump, en la que amenazó con cortar de raíz toda relación comercial con España y hasta con imponerle un embargo. El presidente del Gobierno mostró su condena al ataque a Irán, dijo no temer las represalias de Washington, quiso aguantar el pulso, esculpir todavía más su imagen de líder antagonista al mandatario norteamericano. Plantarse ante él. Y, de paso, refrescar el recuerdo de las gigantescas movilizaciones ciudadanas que tomaron España y medio mundo hace 23 años como protesta por la invasión estadounidense de Irak.

Un grito, ese icónico No a la guerra, que se convirtió, aquí, en el catalizador de la ira contra José María Aznar, impulsor, junto a George Bush y Tony Blair, de una agresión que la opinión pública percibió como injusta e ilegal. Y ahora, en 2026, Sánchez volvió a tocar esa misma tecla para combatir duramente a EEUU y confiando de paso, y esto es relevante, en despertar a sus bases. En activarlas. No hay generales a la vista, y en la Moncloa insisten en que en absoluto las habrá, pero el movimiento sí pretende servir para movilizar a una izquierda que, según todas las encuestas (y las urnas parciales del carrusel electoral que comenzó en Extremadura en diciembre y concluirá en Andalucía en primavera), se halla desfondada y desilusionada.

Sánchez despliega un mensaje profundamente político, de contrastae con el Ejecutivo de Aznar, de alerta ante las consecuencias "graves" de la guerra, de defensa de la soberanía española frente al "seguidismo ciego y servil" del PP y otros países

El presidente, durante casi 11 minutos, no hiló una declaración —por cierto, sin preguntas y sin periodistas delante— programada para encadenar un anuncio tras otro. No. Desplegó sobre todo un mensaje político, profundamente político, de contraste con el Ejecutivo de Aznar de 2003, de alerta ante una guerra contra Irán que puede convertirse en un nuevo avispero con consecuencias "graves" para la economía global. De defensa también de la soberanía española frente al "seguidismo ciego y servil" que practican, a su juicio, el PP y otros países europeos. De anuncio, solo pespunteado, de que el Gobierno tomará las medidas que sean necesarias para mitigar el "impacto" de una potencial ruptura de los vínculos económicos con EEUU.

La clave era, por tanto, la reivindicación de la posición "clara y consistente" de España, la que ha mantenido en Ucrania o Gaza, la que ha sostenido en defensa de la legalidad internacional, la que cree que el mundo no puede "resolver sus problemas a base de conflictos, de bombas", la que renuncia a "repetir los errores del pasado". "En resumen, la posición del Gobierno de España se resume en cuatro palabras: no a la guerra". Sánchez acababa de enlazar con el pasado, trazando un link muy poderoso como para pasar desapercibido. El resto de su intervención arropaba esa idea central, esa potente imagen de 2003.

El paralelismo con 2003 y el trío de las Azores fue constante, lo reivindicó sin ambages: "El mundo, Europa y España ya han estado aquí antes". Trazó un marco claro y también incómodo con el PP

"El mundo, Europa y España ya han estado aquí antes —avisó—. Hace 23 años, otra Administración estadounidense nos arrastró a una guerra en Oriente Medio", en Irak, "una guerra que, en teoría, se dijo entonces, se hacía para eliminar las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein [que nunca existieron], llevar la democracia y garantizar la seguridad global, pero que, en realidad produjo el efecto contrario. Desencadenó la mayor oleada de inseguridad que ha sufrido nuestro continente desde la caída del Muro de Berlín. La guerra de Irak generó un aumento drástico del terrorismo yihadista, una grave crisis migratoria en el Mediterráneo oriental y un incremento generalizado de los preciso de la energía y, por tanto, del coste de la vida. Ese fue el regalo del trío de las Azores [Bush, Blair, Aznar] a los europeos de entonces. Un mundo inseguro y una vida peor".

El jefe del Ejecutivo no citó expresamente a Trump para evitar el cuerpo a cuerpo con él y poner los pies en el barro que el mandatario estadounidense busca. Pero fue durísimo contra él. Tampoco mentó a Aznar. Pero no hacía falta. Su mensaje era nítido, diáfano, canalizado a través de un discurso pulcramente trabajado y pensado para disparar al corazón del electorado progresista y para esos "muchos otros gobiernos" que piensan como el español y "millones de ciudadanos que en toda Europa, en Norteamérica y en Oriente Medio lo que piden al mañana no es más guerra o más incertidumbre, sino más paz y más prosperidad". Sánchez volvió a condenar el régimen de los ayatolás y reivindicó que su posición no es "ingenua". Lo que es "ingenuo", siguió, es "pensar que la solución es la violencia" o creer que "practicar un seguidismo ciego y servil es una forma de liderar". "No vamos a ser cómplices de algo que es malo para el mundo y que es contrario a nuestros valores e intereses, simplemente por el miedo a las represalias de algunos", remató. Tras su comparecencia en la Moncloa, Sánchez partió para el acto institucional por el Día de la Mujer en el Museo del Prado. Y allí fue recibido al grito de No a la guerra. Nada casual.

El grito que ayudó a Zapatero

Y es que la potencia del recuerdo del No a la guerra es tal que resultaba complicado este miércoles no pensar en la derivada electoral. A fin de cuentas, aquel era el grito que, sumado al hastío por el rodillo de la mayoría absoluta de Aznar, catapultó definitivamente a José Luis Rodríguez Zapatero y a su partido, el PSOE, primero en las autonómicas y municipales de mayo de 2003 y luego en las generales de marzo de 2004, tras los atentados del 11-M en Madrid. En la Moncloa no negaban que "obviamente la trascendencia del momento recuerda momentos anteriores". "Esto activa al electorado, totalmente. Y tiene mucho más potencial movilizador que nuestra posición sobre Palestina, mucho más", comparte un ministro muy cercano al presidente.

Esto activa al electorado, totalmente. Y tiene mucho más potencial movilizador que nuestra posición sobre Palestina, mucho más", comparte un ministro muy cercano al presidente

Si algo ha probado Sánchez en sus casi ocho años en el poder es su habilidad para manejarse en la arena internacional y para tocar la fibra sensible de la ciudadanía. El año pasado, se marchó de vacaciones con el golpe brutal del caso Cerdán a la espalda que le había llevado incluso a pensar si debía dimitir. A la vuelta del parón estival, recuperó el control de la agenda situando en primera línea la masacre de Israel sobre Gaza, rotulándola como "genocidio", sin subterfugios, anunciando (y aprobando) el embargo de armas, poniéndose a la cabeza de una ola internacional de denuncia de los crímenes de Benjamin Netanyahu. La calle respondió y dejó al PP en una situación difícilmente sostenible, en tierra de nadie. Ahora, el presidente cree, como hace unos meses, que el tiempo acabará dándole la razón en su combate contra Trump.

Por lo pronto, su órdago fue aplaudido por la prensa internacional y recibió la solidaridad y el apoyo de los presidentes de la Comisión y del Consejo Europeos, Ursula von der Leyen y António Costa, y del presidente francés, Emmanuel Macron, además de otros aliados europeos. Del otro lado del Atlántico le llegó el calor del presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva. La UE tuvo que salir en defensa de uno de sus miembros más leales, España, también para recordar a EEUU que "cualquier amenaza comercial dirigida a un Estado miembro es, por definición, una amenaza contra la UE", en palabras (en castellano) del vicepresidente del Ejecutivo comunitario encargado de la política industrial, el galo Stéphane Séjourné. El respaldo a Madrid contrastaba con el silencio que guardó el martes ante Trump el canciller alemán, Friedrich Merz, en su encuentro en el Despacho Oval. Una actitud, por cierto, por la que España se quejó: el ministro de Exteriores, José Manuel Albares, trasladó a su homólogo alemán su "sorpresa" por el comportamiento de Merz, que habría sido inimaginable, apostilló, en sus antecesores, la democristiana Angela Merkel y el socialdemócrata Olaf Scholz.

En la Moncloa creen que Sánchez conecta con el sentimiento antibelicista mayoritario: "No hacemos otra cosa que representar a la mayoría social de este país y lo hemos hecho siempre"

"Esto convierte a Pedro en un líder internacional", observa un veterano dirigente socialista muy conectado con Sánchez y que tiene bien fresco el recuerdo del No a la guerra. "Es indudable que políticamente es positivo, lo que no sabemos es cuánto", añade. El insólito gesto de plantarse ante Trump, por tanto, apuntalaría su proyección de dirigente antitético. Su némesis. Una imagen que se había ido construyendo desde la vuelta del republicano a la Casa Blanca y que esta declaración "clara y valiente", como la definió Albares en Hora 25 este miércoles, ayudaba a perfeccionar.

En la Moncloa están seguros de que Sánchez no se equivoca, porque su posición conecta con la de la mayoría de la población española, como ocurrió en 2003, y por eso, según su análisis, el PP de Alberto Núñez Feijóo tropieza de nuevo en la misma piedra: "La sociedad española es antibelicista y esos momentos anteriores nos recuerdan y nos retrotraen a sentimientos de unión y de movilización contra algo, la guerra de Irak, que se consideraba injusta. Pero eso también lo sabía el Partido Popular. Nosotros no hacemos otra cosa que representar a la mayoría social de este país y lo hemos hecho siempre". El presidente, continúan en su círculo, "lidera los valores mayoritarios" y además encarna "una respuesta de esperanza" para buena parte del mundo.

"Elevar la mirada"

Sánchez no piensa adelantar las generales, previstas para julio de 2027, por este choque con Trump, por mucho que le pueda resultar rentable. Es lo que repiten desde la Moncloa: "Un poco de tranquilidad. La situación internacional lo que nos exige es estabilidad y liderazgo internacional, y eso es lo que estamos intentando hacer y transmitir. No estamos ahora ni muchísimo menos pensando en elecciones, ni tampoco estamos haciendo cuentas electorales, que además de ser una irresponsabilidad no tendría ningún sentido". "Se ha empleado el No a la guerra porque la gente lo entiende muy bien, le gusta el lenguaje claro. Pero como con otras cosas, no se hace con otra intención que ser coherentes. No es estrategia, sino sentido común", abunda otra fuente monclovita.

No estamos ahora ni mucho menos pensando en elecciones, ni estamos haciendo cuentas electorales, que además de ser una irresponsabilidad no tendría ningún sentido", indican en el Gobierno

En el Ejecutivo advierten de que el mundo vive "días y semanas muy trascendentes", y por eso hay que mantener la calma, preservar la cabeza fría, "analizar correctamente la situación mundial y gestionar y liderar de la mejor manera posible" para lograr el objetivo que se persigue, y es "un mundo en paz". Porque "responder una ilegalidad con otra", conducirse hacia una escalada bélica, puede llevar a un escenario similar al de la Primera Guerra Mundial, a la que se llegó, recordó el líder socialista, por un cúmulo de errores de cálculo, fallos técnicos y acontecimientos imprevistos.

El fin, según reiteran en el Gobierno, no es calentar el ambiente hacia unas generales, sino "elevar la mirada", y sumar más voluntades de países y de personas alrededor de la propuesta del presidente. "Las encuestas y las elecciones convocadas al calor de las encuestas las carga el diablo. El plan es el que es y seguimos con él. Y esto sirve para justificarlo aún más", apunta un integrante de mucho peso del Gabinete. Lo que Sánchez está construyendo, en consecuencia, es el relato de que su coalición progresista es la única capaz de parar el avance de la derecha y la ultraderecha, cuyo espejo exterior es Trump. Según esta lectura, su pulso a campo abierto con el presidente de EEUU no precipitaría las generales, pero sí fortalecería la narrativa socialista, aportaría más argumentos al electorado progresista. Despertándolo con una bandera muy icónica, la del No a la guerra.

"Aquello, lo de 2003, fue impresionante, y creo que quienes lo vivimos hemos sentido un escalofrío al recordarlo este miércoles —describe una integrante de la ejecutiva federal del PSOE con mucha trayectoria orgánica e institucional detrás—. Las circunstancias fueron distintas porque España estaba implicada en aquella guerra... y por el posterior atentado del 11 de marzo. Pero recibo muchos mensajes de movilización de parte de los que llamo agnósticos. ¡Sin duda esto cala!". "Es una idea buena y justa, aunque el ambiente es distinto al de entonces. Pero sí, algo movilizará", añade una exintegrante del Ejecutivo de Sánchez. Ambas responsables coinciden en advertir que el clima no es simétrico al de 2003. Porque entonces miles y miles de ciudadanos salieron a las calles para protestar contra un Gobierno que no solo respaldó la invasión de EEUU en Irak, sino que participó de manera activa en la operación militar. Ahora es el Ejecutivo el que rechaza la intervención en Irán y el que se sitúa a la cabeza de la manifestación del No a la guerra. La izquierda se hallaba en un momento de efervescencia. Hoy está desmovilizada.

Una dirigente que vivió muy de cerca el impacto del 'No a la guerra' dice haber sentido un "escalofrío" al escuchar a Sánchez. "Esto es convencimiento y valores. Las elecciones están lejos", afirma otra

"Esto es tener a un Gobierno en el lado correcto de la historia. Esto es convencimiento y valores. Las elecciones aún están lejos. Y ya vemos dónde se sitúa cada uno. Cuando al PP le toca sacar la bandera, saca la de EEUU", valora otra responsable de la dirección de Sánchez, que admite, como sus compañeros, el poder movilizador del No a la guerra y cómo la batalla de las generales, pese a que las encuestas hoy apuntan a una victoria arrolladora de PP y Vox, no está sentenciada: "En 2023 ya demostramos que la ola no es imparable. Si salimos, ganamos". Y es que los socialistas están convencidos de que su mayor problema es la falta de motivación de su parroquia. Si logra sacarla de sus casas, subrayan, mantener la Moncloa no es un imposible.

Desmentido "tajante" a Leavitt

Lo que el Gobierno dejó meridianamente claro este miércoles es que no piensa arrugarse por mucho que presione Trump. No lo hizo con la exigencia de llegar a un gasto militar del 5% del PIB —España se plantó en el 2,1% en la última cumbre de la OTAN—, ni tampoco lo hará ahora. De hecho, la Moncloa primero y Albares después negaron la afirmación de la portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, de que España había "acordado cooperar con el Ejército estadounidense".

En el Ejecutivo no se explican por qué la portavoz de la Casa Blanca habló de un acuerdo de "cooperación militar" con España, pero niegan que el origen sea la reunión de la ministra Robles con el nuevo embajador de EEUU en España

"Lo desmiento tajantemente. La posición del Gobierno de España sobre la guerra en Oriente Medio, los bombardeos en Irán y sobre el uso de nuestras bases no ha cambiado ni una coma", afirmó el ministro de Exteriores en una entrevista en Hora 25 (Cadena SER). ¿Mentía Leavitt? "Ella será la portavoz de la Casa Blanca, pero yo soy el ministro de Asuntos Exteriores del Gobierno de España y le digo que nuestra posición no ha cambiado", insistió Albares, quien dijo no tener "ni la menor idea" de por qué la representante de Trump había hecho tal aseveración, pero no tenía ni "gana" ni "casi tiempo" para especular sobre sus razones. "Lo único que sabemos es que desde ese atril se han lanzado muchos bulos en el último año. No tenemos una explicación, pero sí decimos que lo que ella aseguró es falso", apuntalaron en la Moncloa, negando de paso que el origen pudiera hallarse en la reunión de la tarde entre la titular de Defensa, Margarita Robles, con el nuevo embajador norteamericano en España, Benjamín León.

La guerra de Irán ha profundizado la sima ya existente con EEUU. Pero ahora Ejecutivo y PSOE esperan que reverdecer el No a la guerra ayude a sacar de la desgana a su electorado. Pintando un rival claro, dibujando a Sánchez como contrapunto, reivindicando un lema talismán para la izquierda y signo de toda una época en la historia reciente del país y en la memoria colectiva.