Cuatro años después de la carta que Pedro Sánchez envió a Mohamed VI, el documento que quebró la histórica posición española sobre el Sáhara Occidental sigue rodeado de sombras. Aquel giro abrupto, comunicado sin debate parlamentario ni consenso político, continúa sin una explicación pública convincente por parte del ala socialista del Gobierno. La opacidad que desde entonces han denunciado diplomáticos y analistas no solo persiste sino que se ha convertido en el principal rasgo de una decisión que ha dañado el papel de España en uno de los conflictos más longevos del planeta.
El volantazo en la que fuera la provincia número 53 de España, ocupada ilegalmente por el régimen alauí desde 1975, se produjo semanas después del inicio de la invasión a gran escala de Ucrania por Rusia y ha convivido desde entonces con los golpes de pecho de Sánchez y su ministro de Exteriores José Manuel Albares sobre la supuesta “coherencia” y “el respeto al derecho internacional” de la política exterior española. Pedro Sánchez ha reivindicado en repetidas ocasiones la necesidad de mantener posiciones firmes en escenarios como Ucrania, Gaza, Irán o Venezuela, insistiendo en que España actúa guiada por principios y por el multilateralismo. Ha convertido en eslogan de su actuación “estar el lado correcto de la historia”.
Según Albares, España "dice lo mismo en distintos conflictos"
Albares lo ha convertido en un mantra de su limitado discurso. El mes pasado, por ejemplo, reivindicó que el objetivo de España es mantener una política exterior “coherente”, “diciendo lo mismo en distintos conflictos” y avanzando además “en una alianza mundial en favor del multilateralismo y del Derecho Internacional”. Ha repetido el mismo mensaje una y otra vez: “España tiene una posición y una política exterior que es coherente. Nosotros decimos exactamente lo mismo, por los mismos principios, y con los mismos objetivos, que es defender la paz, la estabilidad mundial, el derecho internacional”.
La doctrina de la coherencia, que en el caso de la guerra contra Irán ha sido empleada como un reproche a otros países miembro de la Unión Europea, encuentra en el Sáhara su mayor contradicción. La excepción que desmonta el relato de Moncloa y abre la puerta a la lectura del electoralismo de muchas de sus apuestas en política exterior. De hecho, Albares ha defendido públicamente la apuesta por la autonomía marroquí para el Sáhara Occidental -en contra del derecho internacional- como una solución “realista” y alineada con la estabilidad regional.
Desde el Frente Polisario, la crítica es frontal y se articula precisamente sobre esa grieta entre discurso y práctica. Abdulah Arabi, representante del Polisario en España, lo expresa en términos que resumen el malestar acumulado en estos cuatro años. “Estar en el lado correcto de la historia es defender el derecho internacional en cualquier parte del mundo, también en el Sáhara. Estar en el lado correcto de la historia no es defender el derecho internacional cuando convenga y cuando no”, desliza en conversación con El Independiente. Para Arabi, el PSOE ha incurrido en una incoherencia estructural que socava la credibilidad del Gobierno en otros escenarios internacionales.

No puedes defender el derecho internacional y negarlo en un sitio donde es más nítido, más necesaria su defensa, que es el Sáhara Occidental
El propio Arabi profundiza en esa idea al comparar el Sáhara con otros conflictos donde España sí invoca el derecho internacional. “No puedes defender el derecho internacional y negarlo en un sitio donde es más nítido, más necesaria su defensa, que es el Sahara Occidental. Y ahí lo que ha hecho es negarlo y posicionarse al lado de la potencia ocupante. Con lo cual, eso sigue siendo la incoherencia y el lunar que tiene ese discurso del presidente del Gobierno de España”. Sus palabras reflejan una percepción extendida en ámbitos diplomáticos y académicos: el Sáhara se ha convertido en la excepción que deslegitima el relato global de la política exterior española.
Soledad parlamentaria del PSOE
El giro copernicano en el contencioso del Sáhara -cuya solución la administración Trump trata ahora de buscar impulsando las negociaciones- ha enfrentado al PSOE con sus socios de gobierno y legislatura. Así lo atestigua el aislamiento parlamentario del PSOE, que se ha convertido en una constante que la propia hemeroteca refleja con claridad. Desde 2022, los socialistas han sufrido al menos una sucesión de derrotas relevantes en el Congreso de los Diputados en votaciones directamente vinculadas a la nueva posición sobre el Sáhara Occidental. La primera fue en abril de 2022 —cuando la Cámara respaldó el referéndum de autodeterminación y dejó solo al PSOE— y la segunda más notoria en junio de 2024, con otra iniciativa que instaba a rectificar el respaldo al plan marroquí. El ala socialista del Ejecutivo ha quedado sistemáticamente en minoría en este asunto, con sus propios socios alineándose con la oposición, consolidando una imagen de aislamiento político que refuerza la idea de que el cambio de postura rompió el consenso histórico en política exterior.
Cuatro años después, además, el distanciamiento entre Madrid y el Polisario es total. “Absolutamente ninguno”, responde Arabi cuando se le pregunta por los contactos mantenidos con el ala socialista del Gobierno español en este periodo. La ausencia de interlocución confirma el cambio de paradigma: España ha dejado de desempeñar un papel activo en la búsqueda de una solución negociada y ha optado por una alineación tácita con Rabat que ha reducido su capacidad de mediación sin disminuir su responsabilidad como potencia administradora de un territorio pendiente de descolonización, el último de África.
La pregunta central sigue siendo la misma que en marzo de 2022 y continúa sin respuesta oficial: el por qué. Arabi la formula de manera directa y apunta a una explicación que, aunque nunca reconocida por Moncloa, sobrevuela todos los análisis. “Mi pregunta sin respuesta es por qué; qué es lo que ha originado ese cambio de la noche a la mañana. Y no puede ser más que algo gordo y que seguramente dentro de un tiempo lo conoceremos, pero ahora mismo es producto de lo que siempre hemos señalado los saharauis: el cambio no se puede entender el cambio de posición de España en el Sáhara si no es por el chantaje permanente de Marruecos”.
Esa hipótesis conecta con un contexto marcado por episodios de presión migratoria, crisis diplomáticas y tensiones bilaterales que precedieron al giro. La crisis de Ceuta en 2021, con miles de migrantes cruzando la frontera en cuestión de horas, evidenció hasta qué punto Rabat dispone de instrumentos de presión sobre Madrid. Desde entonces, la estabilidad de la relación con Marruecos se ha convertido en una prioridad estratégica para el Gobierno español, incluso a costa de sacrificar posiciones históricas y tolerar los ninguneos públicos de Marruecos, incluidas sus reclamaciones expansionistas sobre las aguas de Canarias y las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla.
En la carrera diplomática española, la decisión sigue generando inquietud. Un diplomático consultado por este diario describe las consecuencias del giro en términos que apuntan a un problema estructural de la política exterior, a la luz además de la posición adoptada desde el inicio hace tres semanas de la agresión de EEUU e Israel contra Irán: “Cuando una y otra vez haces hincapié en la coherencia de tu política exterior pones de relieve las incoherencias del prójimo. Y, además, es incorrecto: la mejor política exterior es la que logra gestionar de la manera más satisfactoria posible las incoherencias derivadas de una actuación en que se persiguen valores e intereses al mismo tiempo”. “En una guerra que involucra a Israel, todos los grandes deben ser conscientes del estrecho margen de actuación que tiene Alemania, y no ponérselo aún más difícil. El modelo a seguir era el francés o el británico, y no este choque total alardeando de coherencia que, por otra parte, no se tiene en otros ámbitos”, apunta este diplomático en referencia el contencioso saharaui.
“Estamos sembrando vientos, y vamos a terminar recogiendo tempestades. El problema de la conversión de la política internacional de Estado en una política internacional de Gobierno es que nada garantiza su sostenibilidad. Si, además, la política internacional de gobierno es, en el fondo, política electoral de partido, se pierde la noción del medio y largo plazo y dejan de analizarse todas sus derivadas”, advierte esta fuente.
En medio de un Oriente Próximo en llamas y un orden global amenazado por Trump, “la coherencia” de la política exterior española -vendida a los cuatro vientos por Moncloa- se deshace como un azucarillo en el Sáhara Occidental, la excolonia española que medio siglo después sigue siendo el termómetro de la incapacidad de la clase política española para saldar sus deudas con el pasado más reciente.
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1 Comentarios
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hace 2 horas
Aquí Pedro y sus amigos nadan en la tranquilidad…
Dentro de un tiempo nos sacarán a Franco una vez más, del armario
Y tal vez, porque no , nos sacarán aquel otro episodio vergonzoso de Aznar. Se atreverán?
Un gobierno que habla de transparencia pero que no nos explica el apagón o sin ir más lejos Adamuz
O porque no que paso con Pegasus y Marruecos….
Cómo nos va a explicar porque tira a la basura ni lo que en la dictadura se tiró?
Pero eso sí, la culpa la tiene la derecha, la prensa y los que les critican
Porque?
Vaya a saber vd porque