El incendio forestal que avanza por el levante almeriense y se ha cobrado la vida de al menos 11 personas golpea una de las zonas de mayor contraste y complejidad geográfica de la provincia: el complejo serrano de las Sierras de Cabrera y Bédar. Este espacio natural, protegido bajo la Red Natura 2000 como Zona Especial de Conservación (ZEC), ejerce de transición entre la aridez de las llanuras costeras y las primeras estribaciones montañosas del interior, configurando un terreno tan rico en biodiversidad como hostil para las tareas de extinción.
Una trampa topográfica de barrancos y antiguas minas
Cuando las autoridades que dirigen las tareas de extinción del incendio de Los Gallardos aluden a una "topografía malísima", se refieren a un relieve marcado por una intensa erosión. La Sierra de Bédar está surcada por una densa red de barrancos profundos, cárcavas y hendiduras rocosas de materiales carbonatados. A este relieve natural se suma la alteración histórica del suelo de la zona, un importantísimo núcleo de minería de hierro y plomo durante el siglo XIX y principios del XX.
Esta actividad dejó un paisaje salpicado de antiguos caminos mineros, escombreras y taludes que hoy, abandonados y colonizados por la vegetación baja, impiden el acceso de maquinaria pesada y convierten los fondos de los barrancos en auténticas chimeneas para el fuego.
El Pinar de Bédar
El foco del incendio abarca una serie de núcleos y pedanías rurales situadas a mil metros de altitud –es el caso de Bédar– que comparten un mosaico de vegetación mediterránea altamente combustible en época estival. Considerado uno de los pulmones verdes de la comarca, el Pinar de Bédar alberga excepcionales masas forestales de pino carrasco. Aunque algunas son repoblaciones de finales de los años 60, forman un dosel continuo que, en pendientes pronunciadas, propicia los incendios de copas, los más difíciles de controlar. Bajo su sombra sobreviven manchas dispersas de encinas primitivas.
Las pedanías de Almocáizar, Fuente del Albarico y La Serena se asientan en un paisaje de media montaña rodeadas de zonas de cultivo abandonadas y comunidades de matorral, espino negro, enebros y bolinas. En las laderas más expuestas y secas de Los Pinos y las zonas bajas de Los Gallardos predomina el espartal y el tomillar. El esparto y el albardín forman un tapiz herbáceo que, si bien tiene un valor ecológico incalculable para frenar la desertificación, funciona como un combustible fino que arde a gran velocidad bajo la acción del viento.
Pese a su apariencia austera, este complejo serrano actúa como un corredor ecológico crucial en el sureste peninsular. Es un área clave para la conservación de la avifauna, destacando la presencia de grandes rapaces que anidan en sus pasillos rocosos, como el águila real, el halcón peregrino, el águila perdicera y el búho real. El suelo que hoy devoran las llamas alberga además elevados índices de endemismos botánicos, plantas exclusivas de este rincón de Almería que han desarrollado estrategias extremas de suculencia y reducción de hoja para sobrevivir al rigor del clima mediterráneo subárido.
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