Pável Dúrov, fundador de Telegram, vuelve a estar en el centro de la tormenta rusa. El Servicio Federal de Seguridad (FSB) ha ordenado su búsqueda y captura internacional. El movimiento no es un hecho aislado ni una reacción improvisada. Forma parte de una ofensiva más amplia de Moscú contra una herramienta (Telegram) que, para millones de usuarios, es sinónimo de privacidad, canales informativos y comunicación sin intermediarios.
Sin embargo, para el Estado ruso se ha convertido en un espacio incontrolable, útil para la oposición, incómodo para la censura y, según la versión oficial, también aprovechado por criminales y redes vinculadas a Ucrania.
Un choque de fondo
Antes de responder por qué Rusia actúa ahora contra Pavel Dúrov, conviene recordar quién es. El empresario, nacido en Rusia y con ciudadanía francesa desde 2021, ya había roto con el poder ruso cuando fundó VKontakte, la gran red social del país. Fue ahí cuando se negó a bloquear a grupos opositores durante las protestas de 2011. Aquel choque con el Kremlin acabó con la venta de VK en 2014 y empujó a Dúrov a un exilio tecnológico desde Dubái, donde ha construido Telegram como una plataforma global de más de mil millones de usuarios.
Telegram nació en 2013 como una app de mensajería cifrada, pero pronto fue más allá. Canales, grupos masivos, bots, acceso multidispositivo y una mezcla de red social y medio de masas que la hizo especialmente poderosa en países con censura o fuerte polarización política. Esa autonomía, que Dúrov defiende como neutralidad, es precisamente lo que Moscú considera una amenaza.
¿Por qué lo persigue Rusia?
Rusia busca y captura a Pavel Dúrov por tres razones que se superponen. La primera es política: Telegram sigue siendo un canal difícil de domesticar, útil para la oposición, para la circulación de información incómoda y para saltarse la censura. La segunda es de seguridad: el Kremlin aprovecha casos reales de sabotaje, fraude o reclutamiento para justificar una respuesta ejemplarizante. Y la tercera es estratégica: castigar a Dúrov sirve para presionar a Telegram y, al mismo tiempo, mandar un mensaje a cualquier empresa digital que quiera operar en Rusia sin someterse del todo al Estado.
En el fondo, la batalla no va solo de un empresario ni de una app. Va de quién controla la conversación pública en Rusia, de si internet puede seguir siendo un espacio relativamente libre y de hasta dónde está dispuesto a llegar el Kremlin para cerrar los huecos de la censura. Pavel Dúrov, que hizo de la independencia su marca personal, se ha convertido así en el adversario perfecto; ruso, famoso, global y difícil de doblegar.
La respuesta oficial rusa
La versión del FSB es clara. Telegram no habría eliminado canales, chats y bots utilizados por "agencias de inteligencia ucranianas, organizaciones extremistas y terroristas" para organizar sabotajes, atentados, asesinatos en masa y fraude cibernético dentro de Rusia. El caso se apoya en la legislación penal rusa sobre asistencia a actividades terroristas, concretamente el artículo 205.1. Según medios citados por agencias rusas podría acarrear una pena muy severa, incluso de cadena perpetua.
El relato oficial también se alimenta de cifras. El FSB sostiene que en el último año fueron detenidos 46 jóvenes rusos, de entre 18 y 22 años. Estos fueron supuestamente reclutados a través de un chatbot de citas en Telegram para tareas de sabotaje. Además, el Ministerio del Interior habla de decenas de miles de usos criminales de la plataforma por estafadores, traficantes y autores de ciberataques. El objetivo es presentar a Telegram no como una aplicación neutral, sino como una infraestructura de riesgo nacional.
La guerra por internet
La ofensiva contra Dúrov encaja con una estrategia más amplia del Kremlin. Controlar internet, frenar la circulación de información no alineada y empujar a los ciudadanos hacia servicios nacionales supervisados. Rusia ya restringió Telegram en etapas anteriores, intentó bloquearlo en 2018 y ha endurecido en 2026 las medidas sobre la aplicación. El argumento es sostener la seguridad nacional y la lucha contra el fraude y el terrorismo.
Pero el efecto ha sido limitado. La propia presión estatal ha reforzado el prestigio de Telegram entre jóvenes, empresarios, militares y sectores críticos. Al mismo tiempo, el intento del Kremlin de impulsar alternativas como MAX no ha logrado sustituir de verdad a Telegram, que conserva un peso decisivo en la esfera pública rusa.
Dúrov contra el Kremlin
Dúrov, fiel a su imagen de empresario casi invisible y combativo, suele presentar Telegram como una plataforma "neutral". Con ello, aplica las mismas reglas a oposición y poder. Su discurso choca frontalmente con la lógica del Estado ruso, que ve en la neutralidad tecnológica una excusa para no colaborar con sus requerimientos.
Además, el fundador de Telegram ya había sido detenido en Francia en 2024 y se había enfrentado a nuevas presiones judiciales en distintos países. Esa trayectoria alimenta la idea de que Dúrov ha convertido su figura en un símbolo de la autonomía digital frente a gobiernos que quieren más control sobre datos, mensajería y contenidos.
Te puede interesar
Lo más visto
Comentarios
Normas ›Para comentar necesitas registrarte a El Independiente. El registro es gratuito y te permitirá comentar en los artículos de El Independiente y recibir por email el boletin diario con las noticias más detacadas.
Regístrate para comentar Ya me he registrado