Era el 30 de junio de 1908. Las aguas del Río Pedregoso de Tunguska, en Siberia, brillan en la oscuridad. Sobre ellas arde parte del bosque siberiano. Esa mañana, hacia las 7.20, el cielo había saltado por los aires. Un bólido de aproximadamente 80 metros de diámetro había entrado en la atmósfera provocando una explosión que hoy sabemos fue equivante a un arma termonuclar de 30.000 kilotones (Hiroshima tenía una potencia de 15 kilotones).

109 años después, Naciones Unidas celebra oficialmente desde este viernes el Día Internacional del Asteroide para alertar sobre el permanente peligro que nos acecha. Eso, pese a que nadie ha podido demostrar al cien por cien que lo que ocurrió en Tunguska fuera obra de un asteroide.

 A diferencia de lo que retrata la película Armageddon, detonar una bomba nuclear en el corazón de un asteroide no es la mejor idea para los más grandes. Lejos de pulverizarlos, los fragmentaría en pedazos descontrolados. 

 

Es verdad que, por fortuna para los terrícolas, no es frecuente este tipo de eventos. En el caso del supuesto asteroide de 1908, sí que se pulverizaron casi todos los registros. Los habitantes hablaban de un hongo gigante que se elevaba por los aires. Los animales huyeron, y las tiendas de los tunguses, a más de 50 kilómetros de distancia volaron por los aires. No dejó cráter alguno ya que, por fortuna, la explosión al tocar la atmósfera lo hizo pedazos.

Arbolado arrasado tras la explosión de Tunguska

Arbolado arrasado años después de la explosión de Tunguska Leonid Kulik

Algo así sucedió en Cheliábinsk, al sur de los montes Urales en 2013. En aquel caso, el meteoroide explotó a unos 20 km de altura, esparciendo hasta 6 toneladas de pedacitos de roca. Pero fue la onda expansiva de la detonación la que dejó unos 1.500 heridos. Al romperse la barrera del sonido los frentes de onda que genera comienzan a solaparse el uno contra el otro.

Ciencia española contra la amenaza asteroide

A partir del millar fragmentos que dejó la explosión de Cheliábinsk, un equipo español de científicos del Institut de Ciències de l’Espai de Barcelona empezó a estudiar las propiedades de estos objetos de cara a futuras misiones encaminadas a desviar o destruir asteroides amenazantes para la Tierra.

El trabajo, liderado por los investigadores Josep Maria Trigo y Carles Moyano, se publicó en enero en Astrophysical Journal. Según sus autores, «el estudio de la composición química y mineralógica del meteorito Cheliábinsk nos permite conocer detalles fundamentales de los procesos de compactación por colisiones que han sufrido los asteroides cercanos a la Tierra».

«Los resultados de este trabajo son muy relevantes para una posible misión en que se desee desviar de manera eficiente un asteroide próximo a la Tierra». En los asteroides de un tamaño relativamente pequeño, los modelos apuntan a que la estrategia del impacto es buena. Además de la anticipación, el éxito del desvío  depende de cuánto conozcamos el terreno sobre el que se lanza el proyectil. Cuanto más rígido, más probabilidades de éxito.

Los planes que, sobre el papel, tradicionalmente han trazado NASA y ESA van encaminados a desviar la trayectoria de los objetos celestes amenazantes. «Lo que ayuda a que un asteroide se desvíe es que, tras el impacto (de aquello que estrellemos), la superficie se rompe y libera material en la dirección opuesta a la del choque. Ese material mueve el cuerpo principal hacia el otro lado», explica Moyano.

El estudio descubrió de manera  sistemática las propiedades de los materiales de un asteroide; en particular, la dureza, la elasticidad y la resistencia a la fractura, fundamentales para que el impacto de «un proyectil cinético lograse desviar la órbita de este objeto».