Con gesto adusto y paradójico buen humor, Scott Kelly, el astronauta que protagoniza junto a su hermano gemelo uno de los experimentos que más datos está aportando a la investigación médica espacial, asegura que lo que más echó de menos tras estar un año entero en la ingravidez del espacio fue sentarse sin flotar y el agua cayendo sobre su cuerpo: “En cuanto regresé a la Tierra me metí en la ducha”, ha explicado hoy durante la presentación de sus memorias, Resistencia (Editorial Debate).

Tras esa mágica ducha Scott se puso en contacto con Tom Wolfe, a quien admiraba desde su juventud, y le preguntó qué debía hacer para escribir sus memorias. El periodista le respondió: “Empiece por el principio”. Así lo hizo. Scott Kelly relata en su libro cómo nació su pasión por el espacio y los retos extremos que tuvo que afrontar en su misión: los devastadores efectos corporales, el total y absoluto aislamiento de todas las comodidades terrestres, los catastróficos riesgos de chocar contra basura espacial, sus emociones y reflexiones.

El singular experimento consiste en comparar el cuerpo de los gemelos idénticos genéticamente tras la larga estancia de uno en el espacio mientras el otro permancía en suelo firme. Scott partió hacia la Estación Espacial Internacional (EEI) en marzo de 2015, donde ha estado 340 días ininterrumpidos. Allí arriba ha visto 10.880 amaneceres y anocheceres y ha dado 5.440 vueltas alrededor de la Tierra. Era su cuarta subida a la EEI, donde ya había trabajado durante 159 días.

Su hermano Mark, también astronauta, ha subido cuatro veces al espacio, en total 54 días a merced de la ingravidez, una minucia (muy útil) al lado del récord de su hermano. Se jubiló cuando su esposa, la congresista Gabrielle Giffords, fue tiroteada en un atentado en 2011. Sobrevivió. Mark se volcó en ayudarla en su larga recuperación.

A Scott le costó conseguir el puesto, por sus problemas de salud. Las ocasiones anteriores en que había abandonado la atmósfera –y, por tanto, en las que se había visto sometido a un exceso de radiación– le habían provocado problemas de visión y, más importante, había desarrollado un cáncer de próstata que logró superar con cirugía. Este historial médico hacía inviable su elección para la misión. Kelly insistió a sus superiores en que él era el candidato ideal porque tenía un hermano gemelo con quien podrían cotejar los cambios experimentados en su cuerpo tras pasar un año en el exterior. Fue una propuesta irresistible para los científicos.

Sobre el anuncio en diciembre del presidente estadounidense Donald Trump de su intención de regresar a la Luna, Scott comenta que sería “un buen sitio para practicar antes de ir a Marte”, pero considera “el anuncio es propaganda”. Recuerda que el dirigente “ha recortado el presupuesto de la NASA” y que desde la renuncia de Charles Bolden “aún no hay nadie como administrador”. Viajaría a Marte si se lo propusieran, lo haría con una condición: “Si pudiera volver. No me interesaría un viaje solo ida”, aseguraba durante el acto celebrado en Espacio Fundación Telefónica.

La pasión de estos hermanos por el espacio nació cuando tenían cinco años. Estaban frente al televisor en el momento en el que Neil Armstrong se convertía en el primer humano pisar la Luna. Desde entonces, los dos supieron que querían volar al espacio. Lo lograron a pesar de crecer con «un padre alcohólico, maltratador y resentido que no les incentivó a conseguir sus objetivos, pero al mismo tiempo contaban con una madre que les enseñó a perseguir sus sueños».

Scott fue un pésimo estudiante, pero se esforzó por entrar en la Marina y convertirse en piloto de un F-14. “Estar en un escuadrón de aviones F-14 en los años noventa era una mezcla entre ser deportista profesional y formar parte de un grupo de rock. La película Top Gun no llega a captar la arrogancia y la bravuconería que se respiraba”, relata. Al astrogemelo le gustaría que su libro sirviera para hacer entender que “si te preparas y adquieres las habilidades necesarias puedes conseguir lo que te propongas”.