Durante miles de años, los arrecifes del Caribe sostuvieron cadenas alimentarias complejas, con grandes depredadores en lo alto y una amplia base de especies en los niveles inferiores. Ese equilibrio se ha estrechado. Un estudio publicado este martes en la revista Nature ha documentado que la red trófica en dos sistemas coralinos –uno en Bocas del Toro, Panamá, y otro en la cuenca del Enriquillo, en República Dominicana– se ha reducido entre un 60 y un 70% respecto al Holoceno medio, hace unos 7.000 años.
El trabajo se ha basado en el análisis de otolitos –pequeñas estructuras de carbonato de calcio que forman parte del oído interno de los peces–, una suerte de archivo biológico o caja negra que conserva información sobre edad, crecimiento y posición en la cadena alimentaria de los individuos. Los investigadores han extraído estas piezas tanto de depósitos del Holoceno medio como de arrecifes actuales. En total, se han estudiado 91 especímenes de Panamá y 42 de República Dominicana, comparando la proporción de isótopos de nitrógeno para reconstruir la arquitectura trófica de cada época.
Las conclusiones son nítidas: las cadenas alimentarias modernas son entre un 60 y un 70 por ciento más cortas que las prehistóricas. Las especies que antes ocupaban posiciones altas han descendido escalones. También se ha reducido la variación alimentaria. “Lo que significa que más organismos compiten por un conjunto menor de recursos alimentarios y que hay menor disponibilidad de presas en los extremos superior e inferior de la cadena alimentaria”, ha explicado a EFE la investigadora panameña Brígida de Gracia, del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI).
Ese deterioro, añade, “hace a los arrecifes modernos cada vez más vulnerables a factores de estrés como el cambio climático, la sobrepesca y las enfermedades, y facilita el colapso de estos ecosistemas esenciales para, al menos, un 25 por ciento de las especies marinas”.
Olocitos, las "piedras" mágicas que atesoran la historia del mar
De Gracia forma parte del equipo firmante del estudio y es una de las especialistas del STRI en el análisis de otolitos fósiles, las estructuras calcáreas del oído interno de los peces que permiten reconstruir su edad, crecimiento y posición en la cadena alimentaria. Por su resistencia mineral, esas “piedras” del oído de los peces sobreviven donde los huesos se degradan. Cada especie deja una huella distinta; con práctica y colección de referencia, pueden identificarse familias, géneros e incluso especies.
“He procesado muchas muestras de otolitos de sedimentos del holoceno (10.000 años hasta el presente) y de otolitos actuales del Caribe. Es un trabajo muy especial porque hay que conocer la taxonomía, consultar la literatura y diferenciar los morfotipos, es decir, las impresiones”, explicó en 2021 en una entrevista concedida al diario panameño La Estrella de Panamá.
La única paleontóloga ngäbe
Nacida en Cerro Gato –hoy comarca Ngäbe-Buglé–, en el seno de una familia numerosa del pueblo originario ngäbe, De Gracia fue maestra de primaria antes de licenciarse en Geografía e Historia por la Universidad de Panamá. Durante años trabajó como secretaria en la Asamblea Nacional de Panamá –el órgano legislativo del país– y más tarde fue representante de corregimiento, una figura equivalente a concejal en el ámbito local, encargada de la administración y gestión de una demarcación municipal, siguiendo los pasos de su padre. Su tesis reconstruyó la evolución administrativa y política de la comarca Ngäbe-Buglé.
El giro llegó en 2006, cuando leyó un anuncio en el departamento de Historia de la facultad: “Se solicitan voluntarios en el departamento de paleontología”. “Me dije: ¡esto es lo que estoy buscando! Para aprender, uno tiene que empezar desde abajo y echarle ganas a lo que se quiere”, recordó en la entrevista con La Estrella de Panamá. Entró como voluntaria en el laboratorio del paleobiólogo marino Aaron O’Dea. Desde entonces, ha participado en publicaciones científicas, ha intervenido en simposios internacionales y ha contribuido a consolidar una de las colecciones de referencia de esqueletos de peces tropicales más completas de Centroamérica.
Un fósil con su nombre
El pasado noviembre, su nombre ha quedado literalmente inscrito en el registro fósil. Una nueva especie descubierta en la Formación Chagres del Mioceno tardío ha sido bautizada como Hoplostethus boyae en su honor. “Que nombre esta especie en mi honor es sinónimo de mucha alegría y emoción para mí, mi familia y amistades”, declaró al STRI. El paleobiólogo Aaron O’Dea justificó la elección: “Elegimos el nombre Hoplostethus boyae porque Boya es el nombre tradicional de Brígida en Ngäbere, el idioma de los Ngäbe. La etimología también reconoce cómo los Ngäbe y sus antepasados han habitado el istmo de Panamá durante milenios, desarrollando conocimientos ecológicos tradicionales profundamente conectados con los ciclos de productividad marina, creando un puente entre entonces y ahora”.
La especie –un pequeño pez de aguas profundas de la familia Trachichthyidae– vivió hace unos siete millones de años en un Caribe que, según describen los investigadores, rebosaba de vida. En ese mismo yacimiento se han recolectado más de 6.200 otolitos fósiles y se han identificado 31 especies pertenecientes a 12 familias.
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