Birmania ha entrado en el túnel del tiempo en este mes de febrero. El golpe perpetrado por la Junta Militar, encabezada por el general Min Aung Hlaing, ha llevado al país asiático a la casilla de salida en su rumbo a la democracia. Birmania ha retrocedido una década.

Y los militares no cederán el poder de nuevo sin antes asegurarse de que Aung San Suu Kyi, la líder de la sociedad civil que les hace frente, no va a ponerse a su altura, o sobre ellos. En una mesa redonda organizada por Casa Asia, los tres especialistas convocados, el periodista Isidre Ambrós, el historiador Daniel Gomà, y la periodista Paloma Almoguera, coincidían en que los uniformados no van a ceder el poder dentro de un año, como han prometido.

Un locutor de Myawaddy, la televisión de las Fuerzas Armadas, anunciaba el pasado 1 de febrero que el país estaba en estado de emergencia y bajo el control de Min Aung Hlaing. Las elecciones de noviembre no salieron como esperaba el Ejército. La Liga Nacional para la Democracia había reforzado la mayoría que ya logró en 2015.

Aung San Suu Kyi volvió a ser arrestada. Vivió así en los 90 y en los primeros años del siglo XXI. Hija de Aung San, el héroe del movimiento nacionalista birmano, que fue asesinado poco después de ser elegido presidente en 1947. Tenía 32 años. Su hija Aung San Suu Kyi recogió su testigo y es venerada en el país.

En Birmania solo hay dos bandos: los militares y su partido afín y la Liga Nacional para la Democracia y, sobre todo, Aung San Suu Kyi»

daniel gomà

 «En Birmania solo hay dos bandos: los militares y su partido afín (Partido de la Unión para la Sociedad y el Desarrollo) y por otro lado la Liga Nacional para la Democracia y, sobre todo, Aung San Suu Kyi. Pero, ¿qué hay después de Aung San Suu Kyi? Tiene 75 años y no hay nadie más. No se ha preocupado de buscar un sucesor. Y hay que tener en cuenta que en noviembre no ganó la Liga, ganó ella. Es preocupante que no haya alternativa. Es una señal de la falta de pluralidad política», afirma Daniel Gomà, historiador especializado en el Sudeste Asiático.

Esa aplastante victoria no era lo que querían los uniformados. Especialmente, el general Min Aung Hlaing, que se habría jubilado en julio, y quería dejarlo todo atado y bien atado. Con Aung San Suu Kyi al frente de nuevo no tendría tanta libertad de acción.

Los militares modificaron la Constitución al impulsar la política de apertura democrática en 2011, de modo que ningún birmano con parientes cercanos extranjeros pudiera ser presidente o primer ministro. Aung San Suu Kyi se casó con un británico y tiene dos hijos de esa nacionalidad.

Sin embargo, la Liga buscó las rendijas que los uniformados descuidaron. Aung San Suu Kyi ejercía como consejera presidencial, de nombre. De facto ella era la presidenta. Y ahora seguiría siéndolo, de no haberse dado el golpe.

La asonada se venía fraguando desde el momento en que la Liga Nacional para la Democracia, es decir, Aung San Suu Kyi, se negaba a aceptar las demandas de los militares tras su victoria en las elecciones de noviembre. No aceptaban quedar relegados. La Liga obtuvo el 83% de los escaños y el partido afín a los militares tan solo el 7%. Aún así los militares tienen reservado un 25% de los puestos en el Parlamento, lo suficiente para evitar un cambio constitucional.

Adiós a la esperanza de democratización

«El proceso de democratización no era perfecto pero suponía una cierta oportunidad para la sociedad. Había posibilidad de atraer inversiones y de impulsar la digitalización del país. El Ejército aún controlaba tres Ministerios: Interior, Defensa y Fronteras. No era perfecto pero suponía una esperanza», dice Paloma Almoguera.

¿Por qué apostaron en 2011 los militares por la apertura? «Había dos razones para dejar paso a un gobierno civil. La primera que los militares estaban preocupados sobre la dirección que estaba tomando el país. Tras décadas de aislamiento diplomático desde Occidente, Birmania se había inclinado hacia la órbita de China, y los militares no terminaban de sentirse cómodos. La economía iba de mal en peor. En 1962, Birmania era uno de los países más ricos de Asia. Cincuenta años después, uno de los más pobres», señala The Economist en un artículo titulado Myanmar’s coup turns the clock back a decade.

«En segundo lugar, iniciaron el proceso para permitir un gobierno civil porque creían que podrían hacerlo sin perder realmente poder. Diseñaron un sistema híbrido. En la Constitución lo llamaba ‘democracia de disciplina floreciente'», añade The Economist.

Ahora serán ellos lo que intentarán hacer reformas electorales con el fin de evitar que Aung San Su Kyi vuelva a estar en primera fila. De momento, se están encontrando unas protestas inesperadas en las calles. Como si los birmanos creyeran que tienen poco que perder.  

Activismo a través de las redes

Las redes sociales están jugando un papel importante en este plante frente a los militares. De hecho, hay una coordinación del movimiento de activistas en Tailandia, Hong Kong, Taiwan y ahora en Birmania.

Por ello, la Junta recurre a los apagones, aunque aún de forma intermitente. Mientras, fragua una ley de ciberseguridad. Sus aliados chinos pueden ayudar mucho en este sentido.

El 3 de febrero hicieron huelga los sanitarios de 70 hospitales en 30 localidades del país, lo que es particularmente grave por la pandemia. La Federación de Estudiantes se ha puesto del lado de Aung San Suu Kyi para quien la Junta está fabricando cargos para impedir que vuelva a ejercer el poder.

Desde el domingo por la tarde los vehículos blindados se han desplegado por Rangún, la capital económica del país, y por otras como Mytkyina y Sittwe.

A los manifestantes se han unido funcionarios y eso sí que preocupa a los uniformados. De ahí que hayan dado una rueda de prensa este martes en la que tildaban de terroristas a los manifestantes, en línea con lo que han hecho otros dirigentes en países vecinos como Tailandia. Su primero objetivo será controlar la revuelta en las calles y luego encauzar el proceso político. Saben que Aung San Suu Kyi no tiene heredero.

Aun San Suu Kyi decepcionó a Occidente, que la había encumbrado con el Nobel de la Paz, en 2017 al permitir la masacre de población rohynga (musulmana) a manos del Ejército. Los uniformados anclan su poder en la fuerza impuesta al centenar de minorías del país. La Premio Nobel llegó a testificar en La Haya a favor de los generales, acusados de cometer un genocidio.

La estela de Tailandia

Los militares birmanos parecen seguir la senda de los tailandeses, que en 2014 afrontaron una situación similar que acabaron controlando hasta que reformaron la ley electoral de modo que la situación quedó bajo su control.

«Son dos juntas militares en procesos parecidos. Hacen lo mismo que Tailandia en 2014, donde hubo protestas en las calles también. Imagino que los birmanos estarán estudiando cómo lo hicieron en Tailandia», afirma Isidre Ambròs.  

China es el gran inversor en territorio birmano, pero los militares no quieren depende solo de Pekín. También mantienen relaciones con Moscú. Y, a juicio de Ambròs, «buscarán alguna fórmula de acercamiento a Washington, quizá con liberación de detenidos».

Ambròs señala que el calendario de la Junta Militar, que asegura que convocará elecciones en un año, no está claro. «Cuando los militares asumen el poder dicen siempre que en unos meses o un año habrá elecciones, pero eso se suele prolongar en el tiempo. Habría que observar lo que ha pasado en Tailandia. Dieron el golpe en 2014, reformaron la Constitución, la ley electoral tras muchos cálculos y hasta que no tuvieron todo atado no convocaron elecciones. Es posible que intenten hacer lago parecido».