La grieta que nos separa en las sociedades del siglo XXI es cada vez mayor. El periodista argentino Jorge Lanata fue el primero que aludió a esa grieta para referirse primero a la dictadura militar, los que la defendían y los que estaban en contra, y luego a los kirchneristas y antikirchneristas. Esa grieta simboliza la polarización, hoy un fenómeno global.

Es una grieta que se aprecia cada vez más en las convocatorias electorales. Ahora, en Madrid. «Socialismo o libertad». «Comunismo o libertad«. Es el «yo o el caos» de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, con vistas a las elecciones anticipadas tras su ruptura con Ciudadanos que se celebran el próximo 4 de mayo.

Enfrente de la grieta se ha situado Pablo Iglesias, que más que previsiblemente será la cabeza de cartel de Unidas Podemos. Iglesias, que para dar el paso renunciará a la segunda vicepresidencia del gobierno, evoca el «no pasarán» y coloca en el mismo bloque a toda la derecha, desde el PP a Vox.

Madrid será escenario de unas elecciones con gran eco nacional marcadas por la polarización. ¿Es España el país más polarizado de Europa? ¿De qué hablamos cuando hablamos de polarización?

En una entrevista en www.ethic.es el director del CIDOB, Pol Morillas explica que «la polarización es la expresión de una serie de fenómenos convergentes en el ámbito político, que tienen que ver con factores estructurales que se remiten al aumento de las desigualdades en muchas sociedades democráticas, a la influencia de las redes sociales y a la fragmentación y segmentación de la opinión pública y de los medios de comunicación». A ello suma Morillas cómo el liderazgo político ha derivado en hiperliderazgos. Y concluye: «La polarización es la expresión de estos elementos de fondo y que, juntos, producen sistemas políticos que impiden la acción concertada, el diálogo entre partidos o los grandes acuerdos o mass policies para llevar a cabo reformas».

La polarización afectiva

Un estudio de Noam Gidron, James Adams, and Will Horne, titulado How Ideology, Economics and Institutions shape affective polarization in democratic politics, basado en 76 encuestas electorales nacionales en 20 países entre 1996 y 2015, señala en qué países la polarización afectiva, entendida como la antipatía de un votante hacia el resto de los partidos, es mayor. España encabeza la lista, seguido de Grecia y Francia.

La polarización afectiva responde a cuestiones identitarias y emocionales. Se basa en las valoraciones que realizamos sobre los miembros de otros grupos y en nuestras actitudes hacia ellos. En España la polarización ha aumentado considerablemente en las últimas décadas, desde las elecciones generales de 1996 a las de abril de 2019.

Esta investigación da mucha importancia a los elevados niveles de desempleo para explicar la polarización afectiva. En otros estudios también se vincula la desigualdad con la fractura ideológica, política y afectiva.

En España el deterioro de la economía afecta a los ciudadanos que buscan responsables: los políticos. A ello se suma que a partir de 2015 surgen alternativas políticas más extremas: primero Podemos, a la izquierda de la izquierda, y más recientemente, Vox, a la derecha de la derecha.

A finales de 2019 el 15% de los españoles se situaba en posiciones extremas. Es el doble que diez años antes. El acuerdo entre los polos resulta imposible.

Los autores señalan cómo la polarización ha aumentado en todos los países, desde la India a Polonia. Estados Unidos sería el paradigma: es posible predecir a qué partido votará un ciudadano en función de su renta, lugar de residencia, raza, edad y género. La identidad define el voto.

En 2019 el Financial Times observaba las elecciones anticipadas del 28 de abril como una competición que «refleja una aguda polarización de la política española, la peor desde los tensos momentos de la transición democrática cuando los franquistas intentaron hacer descarrilar sin éxito en 1981». David Gardner, entonces corresponsal en Europa, se refería a cómo las tensiones se habían agudizado por el choque entre el nacionalismo español y los separatistas catalanes.

Según Andrés Rodríguez-Pose, profesor de Geografía Económica en la London School of Economics, «España no es el país más polarizado de Europa. Dependiendo de los índices que se utilicen, somos un país bastante polarizado en el espectro político – entre derecha e izquierda – pero estamos muy cercanos a la media de polarización en valores o en temas que afectan a nuestras concepción del mundo, como la integración europea».

España, como muchos países europeos, se ha polarizado muy rápidamente. La polarización política ha influido en un cambio de posición de los partidos tradicionales, que se escoran a los extremos

andrés rodríguez-pose

«Lo que sí está ocurriendo es que España – como muchos países europeos – se ha polarizado muy rápidamente. La polarización política, con la aparición de partidos antisistema tanto a la derecha como a la izquierda del espectro político, ha influido en gran medida en un cambio de posición de los partidos tradicionales, que se han escorado también hacia los extremos. Esto, por ahora, no ha llevado a los extremos de polarización que se ven en el Reino Unido o a la explosión del sistema anterior de partidos, como ha ocurrido en Italia o en Francia», añade Rodríguez-Pose, director de Economic Geography.

Luis Miller, científico titular del CSIC y vicedirector del Instituto de Políticas y Bienes Públicos, señala en un estudio publicado por Esade en octubre de 2020, que en España «estamos mucho más polarizados respecto a cuestiones identitarias (ideológicas o territoriales) que respecto a políticas públicas concretas». En los datos que analiza, la polarización ideológica y territorial es entre dos y tres veces mayor que la polarización en torno a impuestos e inmigración, o seis veces mayor que la polarización sobre la sanidad pública.

La grieta

¿A qué se debe esta polarización? A juicio de Héctor Sánchez Margalef, investigador del CIDOB, bebe de dos fuentes principales. «Una es la desigualdad creciente. Los que se quedan atrás culpan al sistema. Y la otra es la cuestión identitaria, que cobra más relevancia cuando no están cubiertas las necesidades materiales. Entonces te refugias en lo más cercano, en tu identidad».

Sánchez Margalef destaca cómo la polarización afectiva, cuando se deja de reconocer al otro como interlocutor válido, se da en el Reino Unido del Brexit, la Francia de los chalecos amarillos, la Italia de Salvini y 5 Stelle, en la Hungría de Orban y en países como Malta o Eslovenia, donde el poder ha colocado a los periodistas en el punto de mira.

Como señala Víctor Lapuente, catedrático de Ciencia Política en la Universidad de Gotemburgo, «hay un trasfondo socioeconómico de fondo explotado por los actores políticos, y se ve en el Brexit, en los chalecos o en Cataluña, aunque sean fenómenos diferentes».

Destaca Lapuente, y cita a Rodríguez-Pose, cómo «la polarización viene dada por la sensación de que hay regiones que se quedan atrás, son grupos geógraficamente concentrados que se sienten perdedores. La paradoja de la globalización es que hay más convergencia entre países pero más divergencia dentro de los países».

Las redes juegan su papel y alimentan la formación de sociedades burbuja. También lo hacen los políticos y los medios. «Muchos políticos de todo el espectro se aprovechan de la polarización y florecen en la polarización, y la pandemia lo ha puesto de manifiesto», añade Sánchez Margalef.

En cada orilla de la grieta hay un partido o candidato y como no hay adversarios sino enemigos, ni ideas contrapuestas sino batallas culturales, todo lo que está en medio, en la grieta, desaparece del imaginario colectivo»

xavier peytibi

¿Son los políticos los que alientan la polarización o reflejan una sociedad dividida? «Sin políticos incendiarios no habría tanta polarización, pero si usan mensajes polarizantes es porque saben que hay seguidores que sí ven la política como una guerra abierta con buenos y malos, blancos y negros. Podríamos entenderlo con una metáfora, visualizando una grieta enorme, una orilla a cada lado de esa grieta. En cada orilla, un partido o candidato/a, y como no hay adversarios sino enemigos, ni hay ideas contrapuestas sino batallas culturales, todo lo que está en medio, en la grieta, desaparece del imaginario colectivo. La polarización permite que lo que queda en medio desaparezca», afirma Xavier Peytibi, consultor político en Ideograma y autor de Las campañas conectadas. Comunicación política en campaña electoral.

Desde el punto de vista de la comunicación política, la polarización genera movilización. Ese «conmigo o contra mí», como señala Peytibi, hace que los votantes «sientan que han de elegir entre las dos orillas, alejándose de la grieta que está en el centro y nadie tiene interés en ocupar».

¿Son efectivas las declaraciones incendiarias que solemos escuchar cada vez más frecuentemente? En campaña electoral son aún más comunes. Peytibi explica que logran dos olas comunicativas. «En primer lugar, tras cualquier declaración -siempre bien comunicada en redes sociales-, se consigue el apoyo de las personas más politizadas y polarizadas que nos apoyan. Es la primera ola de notoriedad. Al cabo de unas horas, cada vez menos, se logra una segunda ola de notoriedad, por parte del signo contrario, que vuelve a hablar de esas declaraciones pero, en este caso, atacándolas. Y vuelve a lograr visibilidad. Por eso, cuando estamos polarizados (como lo está España) esas declaraciones incendiarias consiguen visibilidad, y llaman la atención de los medios, y movilizan votantes, que deben elegir en qué punta del cleavage político quieren situarse».

La dinámica es de amigo/enemigo de modo que no hay posibilidad de acercamiento o diálogo. «Es una espiral que se refuerza mutuamente. El sistema de valores propio es genuino y el del adversario todo lo contrario. Está pasando en todo el mundo avanzado. En Estados Unidos es más grave porque está más avanzado», afirma David Sarias, profesor de Historia del Pensamiento Político en la Universidad Rey Juan Carlos.

Imposible el consenso

¿Cuál es la consecuencia de la polarización? Aumenta el ruido en el día a día político, pero va más allá. Esa puesta en escena trasciende porque el acuerdo entre los antiguos opositores políticos se hace imposible.

«La polarización está afectando, de manera muy importante, a nuestra capacidad como sociedad para alcanzar consensos y tomar decisiones. Si a esto unimos que, según los índices de calidad de gobierno, después de un periodo relativamente largo de mejora durante la transición, la calidad de gobierno tanto a nivel nacional como regional lleva más de una década y media de declive, la polarización puede incidir en que haya cada vez menos confianza en el sistema en general y en la capacidad de los gobiernos a cualquier nivel para afrontar retos y encontrar soluciones a los mismos», afirma Rodrígez-Pose.

Lo que está en crisis es la dimensión liberal de la democracia; es una renuncia a esos principios correctores de la democracia»

david sarias

¿Conduce a una perversión de la democracia? Según David Sarias, «no se trata de una perversión de la democracia si no de una radicalización de la democracia llevada a su conclusión más lógica. Es el régimen de las mayorías. La decisión de la mayoría se impone sobre toda la sociedad. Es una renuncia a los principios correctores liberales de pacto, diálogo, compromiso. Lo que está en crisis es la dimensión liberal de la democracia. Así surgen las democracias iliberales, según el término acuñado por Fareed Zakaria». 

Para revertir esta tendencia habría que volver a las políticas concretas, ya que es donde menos divergencias hay. Además, cualquier avance revierte en mejora en la calidad de vida de los ciudadanos.

«Son los gobiernos locales los que pueden facilitar que no haya tanta polarización al facilitar que trabajen de forma conjunta comunidades distintas, organizaciones de la sociedad civil para alcanzar objetivos concretos», apunta Sánchez Margalef.

De alguna manera, se trata de reconstruir la sociedad civil desde la base. A Alexis de Tocqueville lo que le sorprende de la democracia en América no es tanto sus grandes ideales, sino su práctica, como describe Anne Applebaum en The Atlantic. «Los americanos no solo tienen asociaciones comerciales e industriales sino miles de otro tipo: de lo más general a lo más particular, inmensas y minúsculas. Las usan para organizar seminarios, festejos, o recoger fondos, y así crean escuelas, hospitales… Allí donde ves gobierno en Francia en Estados Unidos encontrarás una asociación».

Esa cultura asociativa está en la base de una democracia sólida que no se deja intimidar por los gritos y que no sabe de grietas porque está en lo que de verdad importa.