"Somos dos grandes países. Lo podemos llamar el G-2". En una entrevista en la Fox, emitida este viernes, Donald Trump aludía a la relevancia del encuentro con el líder chino, Xi Jinping, en Pekín, a quien ha rendido los elogios que solo destina a quienes cree que están a su altura. Xi ha logrado que China sea vista por Trump como una potencia equiparable, con la que ha de tratar los grandes asuntos. A las dos les interesa estabilizar su relación bilateral y evitar la rivalidad. Con mucho simbolismo pero escasa concreción estratégica, ha transcurrido una cumbre que marca en realidad un impás, dada la debilidad de Trump por su empantanamiento en la guerra en Irán.
Todo ha sido cuidadosamente pensado en Pekín. Han tratado a Trump con deferencia pero siempre parecía a la altura de Xi. El líder chino mide 12 centímetros menos que el presidente de Estados Unidos pero en ningún momento lo ha parecido. Incluso cuando estaban sentados. Y es que Xi, y así lo dejó claro con la alusión a la trampa de Tucídides, se sabe líder de una potencia pujante que puede amenazar la supremacía de EEUU. Pero es una salida que no conviene a ninguno de los dos.
En Pekín estos dos días han buscado cómo pueden mantener una relación mutuamente fructífera. El respeto mutuo es básico para conseguir avances en el futuro. En su cuenta de Truth Social, a la vuelta de Pekín, Trump ha escrito sobre una imagen con Xi: "El hombre con el que estoy caminando es el presidente Xi, de China, uno de los líderes más extraordinarios del mundo".
La cooperación depende de Taiwán
Para empezar Xi ha sido muy claro al establecer hasta qué punto Taiwán preocupa a China. Xi quiere pasar a la historia como el líder que logre la unificación de China al incorporar la isla. Y Estados Unidos hasta ahora es un obstáculo. El mensaje de Xi es que la cooperación con China pasa por un cambio de posición sobre Taiwán.
"La cuestión de Taiwán es la más importante en las relaciones chino-estadounidenses. Si se gestiona adecuadamente, se convertirá en una fuente de estabilidad para nuestras relaciones bilaterales. De lo contrario, ambos países pueden entrar en una vía de confrontación, incluso de conflicto", advirtió China en la primera jornada de la visita.
Trump ha reconocido que han hablado largo y tendido sobre Taiwán, y en concreto sobre las ventas de armas de EEUU. "Tengo que tomar algunas decisiones", ha dicho Trump, aunque no ha precisamos más. "Creo que lo último que necesitamos ahora mismo es una guerra a 15.000 kilómetros de distancia", ha añadido.
China quiere que Estados Unidos declare que está "en contra" de que la isla proclame su independencia (ahora rige una fórmula más neutral, según la cual EEUU "no apoya" este giro). El segundo es de carácter militar: se trata de aplazar el contrato previsto para el suministro de armas estadounidenses a Taiwán por valor de 14.000 millones de dólares. El año pasado ya destinaron 11.000 millones. En Taipéi se recibió esta noticia con gran inquietud. Hasta ahora, la cooperación militar entre Estados Unidos y Taiwán nunca había dependido de la postura de China.
Sin cambios sobre Irán
Trump ha remarcado también: "Hemos resuelto muchos problemas distintos que otros no habrían sido capaces de resolver". Y ha querido trasladar la impresión de que China entiende la posición de EEUU sobre el estrecho de Ormuz. La Casa Blanca difundió el jueves un comunicado en el que decía que los dos líderes "coincidieron en que el estrecho de Ormuz debe permanecer abierto para garantizar la libre circulación de energía". Añadía que "el presidente Xi también dejó clara la oposición de China a la militarización del estrecho". Pekín en lo que insistió es en que abran el estrecho. Al tiempo, reiteró que se consolide el alto el fuego.
La mayor amenaza para la economía china es que el conflicto en Oriente Medio provoque una recesión mundial que merme la demanda de sus exportaciones. Tiene capacidad de presión sobre Irán, pero considera que la crisis no es su responsabilidad.
Trump ha asegurado que China ha acordado comprar petróleo, soja y 200 aviones Boeing a Estados Unidos, con un compromiso potencial de adquirir hasta 750 aviones, aunque las autoridades chinas no lo confirmaron. Sin embargo, en muchas cuestiones clave, parece que apenas se ha llegado a ningún acuerdo concreto.
Cambio de enfoque hacia China
En suma, Trump ha cambiado su enfoque hacia China porque se ha dado cuenta de que no conseguirá doblegarla. Ya es demasiado tarde para eso: el país asiático ha crecido demasiado. Durante la reunión celebrada en Seúl hace seis meses con Xi, el líder estadounidense aceptó suspender durante un año los aranceles del 145%. Se mantuvo el acuerdo por el que los aranceles estadounidenses sobre las importaciones chinas ascienden a alrededor del 47%, mientras que los chinos sobre los productos importados de EE. UU. son del 30%. A ambos países les interesa mantener esta tregua.
Trump, incluso sin el conflicto comercial con China, tiene entre manos los problemas económicos causados por la catástrofe iraní, que seguramente le costarán a los republicanos la mayoría en la Cámara de Representantes en noviembre. Pero, según el FMI, el crecimiento económico de la República Popular China se ralentizará este año hasta el 4,4 %. Este país, orientado a la exportación, está pagando las consecuencias de una coyuntura mundial cada vez peor, así como de los problemas en el mercado inmobiliario interno.
China, cada vez más independiente
A pesar de todo, al menos desde la gran crisis financiera, los chinos están convencidos de que EEUU es una potencia en declive, de cuyo dominio se podrán liberar. A pesar de la guerra comercial declarada por Trump, China ha logrado en los últimos doce meses un superávit comercial récord de 1,2 billones de dólares. Han encontrado nuevos mercados, reduciendo su dependencia del mercado estadounidense.
En el comercio con Estados Unidos, este superávit se ha reducido teóricamente a la mitad en un año, hasta unos 200.000 millones de dólares. Sin embargo, se trata en gran medida de una maniobra contable: los chinos venden ahora sus productos a los estadounidenses a través de otros países.
Xi quiere construir esa independencia de EEUU también en el ámbito tecnológico. Trump ha dado luz verde a la venta de semiconductores avanzados por parte de Nvidia. Sin embargo, los gigantes tecnológicos chinos, como Alibaba o Tencent, no tienen tanta prisa por cerrar contratos al respecto. Las autoridades chinas les han recomendado que desarrollen su propia tecnología, algo que están haciendo con gran eficacia. La lucha por el futuro de la Inteligencia Artificial (IA) entre Washington y Pekín está cada vez más reñida.
Los chinos consideran que el tiempo juega a su favor no solo en el ámbito comercial y tecnológico, sino también en el geoestratégico. La prueba más clara de esta tesis es, desde su punto de vista, la desastrosa campaña iraní, de la que los estadounidenses no pueden salir ahora. En todo caso, la apuesta de Pekín es de largo plazo. De momento intentan coexistir con Trump y que su inestabilidad les dañe lo menos posible.
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