Desde el inicio mismo de su dictadura, Venezuela ha sido uno de los objetivos principales de la codicia de Fidel Castro. Si extender su permanencia en el poder, al costo que fuese, fue siempre el primero de sus propósitos, la riqueza petrolera de nuestro país estuvo siempre en su mira. Más que eso: Venezuela fue su obcecación. Una de sus ambiciones cruciales.

Muy pronto Castro comprendió que Cuba podía erigirse en un potente artefacto de ilusiones. Podía encarnar a la figura del pequeño David enfrentado al poderoso Goliat norteamericano. Armó una trampa propagandística de notable eficacia. Un canto de sirenas que provenía de una isla del Caribe.

Ese canto no se limitó a lo estrictamente político. Estaba envuelto de elementos culturales, relatos históricos y hasta de un sensualismo climático. Tenía en José Martí, escritor, pensador y político republicano que, en 1895 fue protagonista de la Guerra de Independencia de Cuba, un héroe que podía resultar simbólico e inspirador.

Rápidamente, fueron numerosas las personas que, en Venezuela y en América Latina, se hicieron aliados de Castro y de la Revolución cubana. Intelectuales, escritores, artistas de todas las disciplinas, comenzaron a unirse a un propagandismo a favor del proceso cubano. Esa solidaridad política fue aprovechada por Castro: dio inicio a una práctica, la de exportar sus prácticas de violencia hacia varios países de América Latina.

Castro fue un adorador de la violencia. Creía en ella. La soñaba, la planificaba y la utilizaba. Fue un activo promotor de los movimientos guerrilleros en América Latina, lo que incluyó a Venezuela, con los resultados que ya conocemos: una considerable mortandad, miles de jóvenes que perdieron sus vidas en 15 países de Centroamérica y América del Sur, sin que ello produjese ningún otro resultado que no fuese sufrimiento para miles y miles de familias, situaciones de nefasta incertidumbre e inestabilidad para las instituciones y la economía de la región.

Invadió dos veces a Venezuela, y en ambas oportunidades los guerrilleros venezolanos estuvieron acompañados de soldados cubanos. Pero ahí no terminan las cosas. Cuando Guevara anuncia las tesis del llamado foquismo, que tuvo en Bolivia y más adelante en El Salvador, sus sanguinarios laboratorios, Castro fue cómplice, de muchas maneras, de las atrocidades que se cometieron.

A lo largo de décadas, Fidel Castro nunca mostró arrepentimiento alguno por el uso de la violencia dentro y fuera de su país»

A lo largo de las décadas, Fidel Castro nunca mostró arrepentimiento alguno por el uso de la violencia dentro y fuera de su país. La cuenta de los cubanos asesinados por su régimen, que sobrepasan las que se imputan a Pinochet, están todavía por contabilizarse del todo. De acuerdo a líderes opositores cubanos, sin sumar a quienes han muerto por hambre o enfermedad, la cifra espeluzna: alrededor de 30.000 cubanos han sido asesinados por Castro. La mayoría fusilados después de ser juzgados por «tribunales populares».

 Como parte de su legado hay que listar el desastre del sandinismo en Nicaragua, la virulencia fallida de Salvador Allende en Chile, las debacles del MIR y el PCV en Venezuela, la redonda inutilidad, desangramiento vano, de decenas de movimientos guerrilleros en América Latina.

En estos casi 60 años, los intentos de Castro por controlar a Venezuela, fueron insistentes. A Rómulo Betancourt debemos no pocas y tempranas advertencias al respecto. De Raúl Leoni al segundo mandato de Rafael Caldera, las relaciones de Venezuela con Cuba fueron complejas, posiblemente de más aciertos que desaciertos, pero sin que nunca se llegase al extremo de comprometer ninguna de las variables clave de la soberanía de Venezuela.

Pero la longevidad de Fidel finalmente vio cumplido su sueño de codicia: Hugo Chávez, el golpista herido en su autoestima, el maníaco de su ego desesperado por encontrar reconocimiento, se arrodilló ante Castro. El viejo astuto lo detectó apenas lo tuvo enfrente: supo, sin lugar a error, que podría dominarlo, apropiarse de sus decisiones, influirle del modo más unilateral, doblegarlo, usarlo a su antojo. Esto hay que decirlo con todas sus letras: Chávez se rindió ante Castro, como un títere al titiritero.

La longevidad de Fidel, finalmente vio cumplido su sueño de codicia… Chávez se arrodilló ante Castro… se rindió como títere al titiritero»

Y así, bajo el manto de una supuesta cooperación entre los dos países, la violencia en distintos formatos, se ha reinstalado en el país. Chávez y sus títeres, le han entregado petróleo a Cuba, a precios de escándalo mientras Venezuela se empobrecía y Cuba lo revendía en los mercados internacionales; puso en manos del gobierno de ese país, nada menos que el control y la gestión de notarías y registros; le abrió las puertas de los servicios de identificación y extranjería; autorizó e impuso que oficiales de inteligencia de Cuba tuviesen la responsabilidad de vigilar a las FANB (Fuerza Armada Nacional Bolivariana) y a dirigentes de la oposición; se aprobaron compras de medicamentos de pésima calidad, que hasta los propios médicos cubanos de Barrio Adentro, recomendaban entre susurros no utilizar; empresas estatizadas fueron entregadas a funcionarios cubanos para que terminaran cerradas, se organizó todo un programa de peregrinación política a La Habana, consistente en llevarle regalos a Castro y arrodillarse ante su presencia.

Venezuela es hoy un país donde la muerte campea: por hambre, por enfermedad, por acción de la delincuencia. Los venezolanos viven entre el miedo y la tristeza. La alta tasa de mortandad venezolana tiene múltiples causas, pero entre ellas, ninguna tan decisiva como la política económica intervencionista y destructora del sector privado nacional.

Las consecuencias de este diseño, castrismo puro, están la vista. Agobian el acontecer diario de los venezolanos. Son obra de Fidel Castro y de sus títeres locales. Títeres que son los verdaderos traidores a Venezuela. 


Miguel Henrique Otero es presidente editor del diario venezolano El Nacional.