Lleva la RAE toda la vida intentando promover el aprendizaje del español insistiendo en el buen uso y el respeto de las normas y ahora resulta que lo que tenía que hacer para que nos tomásemos la lengua en serio era justamente abrazar los vulgarismos. ¡Haber empezado por ahí! Es la magia de la psicología inversa.

Las palabras en desuso, como las tildes y las cafeterías viejunas, solo las reivindicamos cuando desaparecen. Y lo mismo que cuando se anunció el cierre de Nebraska o de Embassy a todo el mundo le entró una morriña desbordante en defensa de esos establecimientos a los que no se habían acordado de volver desde 1997, ahora hay un grupo de  indignados a punto de manifestarse a las puertas de la RAE desde que el académico Pérez Reverte ha anunciado el entierro de idos, el imperativo de ir que nadie utilizaba. Pues iros acostumbrando.

Y claro que todavía había quien se tomaba emparedados con un cóctel de champán en el Embassy igual que habrá quien ahora diga que era muy de decirle a los niños «idos a la ducha». Pero no me creo que sumen suficientes para el trending topic que ha formado el irosgate. El también académico Fernando Fernán Gómez está claro adónde habría mandado a todos esos indignados de boquilla. Ahí mismo, sí.

Reaccionamos mal cuando la RAE acepta palabras vulgares de uso común porque no nos gusta que el espejo nos llame garrulos. La Academia dice que su diccionario no autoriza el uso de las palabras, que no son ellos las que las perpetran. Solo son notarios tardíos del uso común. Al final van a tener que pedir disculpas porque la gente se empeñe en seguir diciendo cocretas.

Más que indignación, lo que ha desatado la inminente entrada en el diccionario de la versión más folclórica del imperativo de ir es una oleada de postureo. Palabra, por cierto, que la RAE aún no acepta en su seno. Y ya pueden darse prisa, porque resulta imprescindible para explicar el revuelo que ha creado iros.